Mujeres de Bogotá



El siguiente testimonio narra las textualidades de la carne en el cuerpo de los amores clandestinos, muchas veces intrincadas y enigmáticas y en ocasiones mortales. Según la costumbre[1], la primera de las novelas de la trilogía de Gonzalo Mallarino Flórez, -escritas en lo que se ha caracterizado como nueva novela histórica-, es como un camino pedregoso y obligado, pleno de imágenes vívidas, coloridas y tremendamente reales y humanas. Cuenta la lucha del médico Anselmo Piñedo por evitar la propagación de las enfermedades resultado de los amores breves y sombríos en las casas de lenocinio y del enano Calabacillas, un hombrecito feo por sobre todo, que para sobrevivir se dedica a la trata de mujeres y niñas provenientes de pueblos cercanos a la capital. Delante de ellas, la segunda, narra las vicisitudes de Alicia Piñedo, médica ginecobstetra, en tres momentos de su vida. En 1926, cuando como su padre, Anselmo Piñedo, se empeña en hallar una cura para las fiebres y las infecciones de las parturientas; en 1946, cuando Noemí su hija se enamora apasionada y dolorosamente de uno de sus profesores del colegio; y en 1962, cuando está a punto de ser abuela de una niña que se llamará Adelaida. En la tercera, Los otros y Adelaida, la historia de Adelaida la nieta de Alicia y la bisnieta de Anselmo, el autor empieza diciendo:


Por un sueño que tuve recordé una tarde en la que llovió a cántaros hace más de diez años. Yo iba para la universidad y cerca del Observatorio Nacional me metí a una casa vieja a escampar. Subí por una escalera destartalada y en el último piso entré a un salón. Un relámpago iluminó el salón oscuro y vi un ángel. Un ángel de yeso con los ojos entornados. En el sueño me di cuenta de que era idéntico a la niña. De no haberme resultado el puesto en el Instituto la niña estaría viva….


Cuando le pedí al autor que me narrara la historia de estas historias, esto fue lo que me contó:


Hace quince años, cuando me empeñé en escribir las novelas de la Trilogía Bogotá -Según la Costumbre, Delante de Ellas y Los Otros y Adelaida-, pensé en Bogotá y sus mujeres. Las mujeres que vivieron, que vivían antes en esta ciudad. Pensé en sus cuerpos. Pensé en sus almas. Estudié cientos de documentos, monografías, tesis y artículos, buscándolas. Poco a poco empecé a encontrar sus rastros, sus señales doloridas. Primero me topé con un número y una palabra desconocida. El número era el 606 y la palabra el Salvarsán. Se trataba de un remedio que vendían en las boticas y que se administraba en los hospitales, proveniente de Europa y usado para detener la sífilis, que no para curarla pues terminado el tratamiento siempre quedaba alguna posibilidad de que la espiroqueta siguiera viviendo en el plasma sanguíneo del paciente, aun años después de concluida la administración cuidadosa y puntual del remedio. Por lo demás, el organismo, el cuerpo de los infectados, sufría inmensamente con el remedio, la arsfenamina, un compuesto a base de arsénico que en efecto desaparecía las manifestaciones de la horrible enfermedad, pero a costo de destruir prácticamente su tracto digestivo, empezando por la úvula, los dientes y el velo palatino, y siguiendo por los intestinos y el estómago. Después, podía deteriorar y destruir los riñones y el hígado, y en ocasiones el sistema cardiovascular. Sin embargo el compuesto descubierto por el profesor Ehrlich, de Alemania, era esperado con angustia en Bogotá, pues era lo único que así fuera a medias, combatía la enfermedad y permitía robarle algunas vidas a una muerte segura, dolorosa, y humillante.


La sífilis estaba muy extendida en Bogotá cuando terminaba el siglo XIX, cuarenta o cincuenta años antes de que Pasteur y Flemming se pusieran en la senda que llevaría finalmente al descubrimiento de la penicilina y los antibióticos. Y estaba extendida no sólo entre los hombres del común, los parihueleros, los indios de pata al piso, los campesinos llegados a la ciudad en busca de un porvenir lejos de sus comarcas atrasadas y precarias, los jornaleros y peones, sino entre los caballeros de la alta sociedad. Los primeros se emborrachaban hasta la animalidad y la demencia consumiendo chicha, y se iban después a oscuras a pulperías y a turbios locales en La Perseverancia o en San Victorino a buscar a las pobres mujeres que tendidas en un jergón y casi derrengadas, atendían a treinta y cuarenta clientes en una noche, por un real o por mucho menos, si ya clareaba la aurora. Los segundos, los señoritos, los padres de familias tradicionales y aún eméritas, los comerciantes, los banqueros, los hacendados que tenían esta inclinación, se emborrachaban con cognac o whisky en sus salones y clubes y se iban después en busca de las mujeres a burdeles y casas de lenocinio refinadas y lujosas, hechas a espejo de las mejores de París y Madrid. Con pianista y madame que presidía, con cristal de bacarat y cubiertos de plata, con viandas refinadas, risas, cabellos y cuellos besados con labios inflamados de pasión. Pero la sífilis era la misma, para ricos y para pobres. Los que podían comprar el Salvarsán y obtener atención médica y privada, ya lo sabemos, se sometían al devastador tratamiento y se retraían de la vida social. En sus hogares, cubiertos por el manto de las costumbres conservadoras y los preceptos de la religión católica, el sufrimiento era enorme e inconfesable, la vergüenza, la tristeza, la ruina…. ¿Y las mujeres? Ellas acababan vencidas, enfermas, y se morían cubiertas de llagas y úlceras en cualquier barraca o en cualquier solar. Muchas veces no sabían de su enfermedad sino hasta muy tarde, o no tenían cómo comprender cabalmente qué les estaba pasando y los peligros mortales que corrían, y veían horrorizadas cómo sus niños nacían ciegos, o con las cabezas gigantescas, o con los pulmones marchitos, o sencillamente deformes y debilitados en extremo. Mucho tardaría el estado en ayudarlas, en ayudar a todos, creando un verdadero sistema de salubridad e higiene. Hubo que esperar hasta bien entrado el siglo XX, para que las cosas empezaran a cambiar un poco. A finales de 1800, por ejemplo, fue necesario cerrar completamente el pabellón de maternidad de uno de los principales hospitales de la ciudad, pues se había muerto la totalidad de las mujeres que se encontraban internas, jóvenes mujeres embarazadas que habían ingresado sanas o relativamente en buen estado de salud, y que fueron víctimas de los estreptococos, los estafilococos y las fiebres puerperales. Hubo gran escándalo en la prensa y en la sociedad bogotana, especialmente en la comunidad médica. Esto sucedió hace cien años largos, pero aún en los años veintes y treintas del siglo pasado, es decir, hace apenas sesenta o setenta años, en Bogotá se morían por lo menos dos mujeres de cada cinco, después del parto.


Herencia de la Colonia, la práctica médica de los primeros años de la república, en el seno de una sociedad patriarcal y provinciana, era de domino casi exclusivo de los hombres. De los médicos y fisiólogos. Y como además las mujeres pobres que conseguían llegar a un hospital o clínica, desde los arrabales de Bogotá o los poblados de Cundinamarca, eran las menos, la práctica que se extendió fue la que estuvo en vigencia desde la alborada de nuestro mundo precolombino: los hijos venían al mundo en las manos de las parteras o comadronas. Esto es aún así, en alguna medida, pues el sistema hospitalario y de salud no alcanza a cubrirnos y a protegernos a todos los colombianos, y mucho menos, a todas las mujeres parturientas. Y no fue fácil, naturalmente, incorporar a las comadronas a la práctica de una medicina más preventiva, higiénica y científica, sin querer decir con esto que aquellas mujeres hubieran hecho siempre mal su labor en veredas, ranchos y aun en las mismas casas bogotanas, durante siglos. Las primeras mujeres que entraron a este mundo de los hombres, a esta esfera de un mundo privilegiadamente masculino, el de las facultades de medicina, los hospitales y la práctica médica, desde doña Ana Hotz a finales del siglo XIX, hasta las primeras ginecólogas en los años treintas y cuarentas del siglo pasado, enfrentaron toda clase de vicisitudes y obstáculos. Primero, los convencionales, los referidos a su credibilidad dentro del propio cuerpo médico, regido por prácticas férreas y muchas veces anacrónicas, que no les daban con facilidad la posibilidad de practicar su profesión, de investigar, de escribir y de progresar como científicas y facultativas. Y era de esperarse, pues lo mismo ocurriría en muchas otras profesiones a medida que las mujeres reclamaban su posición en la sociedad moderna, sólo que en este campo de la actividad humana se trataba de la salud reproductiva puesta al cuidado de las mujeres mismas, como madres y como médicas. De aquellos comienzos trabajosos dan cuenta algunos autores y autoras, dedicados a la historiografía de nuestra medicina. De lo que sigue a continuación, no, es de la cosecha de este novelista y es especulativo hasta cierto punto.


Creo, y aunque esto ha sido sólo materia de mis novelas no he hallado evidencia en contrario al término de mis investigaciones, que las primeras médicas, ginecólogas y obstetras advirtieron que en la práctica médica era común la mutilación por parte de los médicos, si pudiéramos decirlo así, de los órganos del aparato reproductor de las mujeres, en defensa de una obsesiva ambición por evitar las muertes por infecciones de las parturientas, lo que mancharía el historial médico de los doctores y cirujanos. Histerectomías, ovariectomías y otros procedimientos quirúrgicos, eran realizados a troche y moche sin consideración alguna por la propia voluntad de las madres, por su futuro, por su integridad femenina y humana, por su felicidad y su dignidad. Desde los antiguos grabados e ilustraciones sobre la historia de la práctica médica en occidente, siempre me impresionó ver a las mujeres tendidas en las camillas, bajo el efecto de la anestesia, rodeadas exclusivamente por hombres, por médicos, por sabios de la medicina. Circunspectos, pulcros, con sus barbas y sus manos divinamente aseadas, poco antes de manchárselas de sangre. Acerca de ese instante, de esa sangre, de ese dolor, de esa esperanza, son las novelas de la Trilogía Bogotá.



[1] El autor de la trilogía, nació en Bogotá en1958. Sus primeros poemas aparecen en el periódico El Tiempo en 1984, y su primera colección de poemas en la antología Se nos volvieron aves las palabras, editada por El Gimnasio Moderno, en 1986. También es autor de los libros Cármina (1986), Los llantos (1988), La ventana profunda (1995), La tarde, las tardes (2000), con los que ha obtenido varios reconocimientos importantes, entre ellos: Mejor envío extranjero en el concurso literario Javiera Carrera, Valparaíso(1986); Mención de Honor en el concurso hispanoamericano de poesía Octavio Paz, Cali (1988),y Primer Premio en el concurso literario Brantevilla, Bogotá (1993).Sus poemas han sido incluidos en diversas publicaciones y antologías. Según la costumbre (2003), Delante de ellas (2005)y Los otros y Adelaida (2006), todas ellas publicadas por Alfaguara, conforman su ya célebre Trilogía Bogotá. Su más reciente novela es Santa Rita (Alfaguara, 2009).



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