La identidad personal entre afectos y afectaciones


Introducción*

La identidad personal entre afectos y afectaciones, es la continuación de un viaje iniciado años atrás, y en el cual he comenzado a captar un silencio en el pensamiento que nos relaciona con la vida. Los afectos que nos afectan, y que hacen parte de una estética de la existencia, serían una de las maneras en que se comprende ese ser y estar en el mundo, el cual está pleno de colores, sabores, olores, sensaciones… Es una dinámica que vincula y nos vincula a una existencia que no se reduce a una lógica de las precisiones, de las exactitudes, de las coherencias, del orden, de lo predecible, a una razón escrita con mayúsculas que pretende abarcarlo todo y que en su accionar reduce y simplifica todo lo vivo a un programa de cálculo establecido en abstracciones que encuentran en sí mismas una infinidad de posibles explicaciones. Detrás de estos procesos no faltan los recursos intelectuales y disciplinarios que separan, fragmentan, trozan lo real, en el afán de hacerlo encajar en modelos a priori para convertirlos en modelos de modelos con su propia autosuficiencia: mundo de cuadrados, paralelogramos, líneas y rectas. Es una estética cognitiva que desaparece lo polisémico y plural de la existencia en la búsqueda de engranajes perfectos en la construcción de tipos ideales. Como sostiene Italo Calvino: “El modelo es por definición aquel en el que no hay nada que cambiar, aquel que funciona a la perfección, en cambio la realidad vemos perfectamente que no funciona y se desintegra por todas partes; por lo tanto, no queda sino obligarla a tomar la forma del modelo, por las buenas o por las malas” (Calvino, 2002, 65).


El modelo de perfectibilidad se fue construyendo en la negación y negatividad de lo oscuro, la sombra, lo extraño, lo ajeno, lo diverso, lo incierto, lo caótico, lo sensible, lo afectivo, para potenciarse en su hegemonía homogeneizante de todo lo real. Cincelando la realidad con el concepto, el racionalismo, con sus variaciones, dividió para reducir lo armonioso de una sinfonía multidimensional de la existencia en un binarismo: lo interior de lo exterior, lo visible de lo invisible, lo material de lo inmaterial, lo verdadero de lo falso, el cuerpo del alma, lo sensible de lo inteligible, la pasión de la razón. Perdida en los meandros de la lógica, la razón excluyó el otro de sí en, por y para la mismidad. Además, jerarquizó en un supuesto orden de importancia todo lo que respondía y permitía a su modelo consolidarse en todos los espacios y perpetuarse en un tiempo sin tiempo.


Una razón de-vitalizante que es abordada en el primer capítulo para precisar cómo, desde los principios de la cultura occidental, el dualismo operó activamente en el control de la afectividad, en la medida que la reducía a la pasividad y a la inferioridad. Todo en ella no era vista como motor de subjetividad, sino como lo absurdo que debe ser limitado por su capacidad de perturbar los procesos del intelecto. Incluso se le redujo a ser confinada en los anaqueles del olvido, ya que su carácter patológico podría afectar la normalidad de un mundo construido en la exclusión, la sexualización, la racialización, la naturalización del otro. En la falta de lo esencial como es la vida, se apela a un sujeto corporizado y encarnado para rescatar lo afectivo en términos del sentir, como potencia, como fuerza de existir. También se asume la interconexión del cuerpo y la mente, la razón y la emoción, lo cual es expresado en forma hermosa por Emily Dickinson:


La Capital de la mente es el Corazón

La Mente es un solo Estado

Juntos el Corazón y la Mente

Son un solo Continente


Vale la pena aclarar que afecto corresponde al latín affectus, y al griego pathos, y relacionan los estados afectivos con emociones, sentimientos, pasiones. Las afectaciones también remiten al griego pathos y al latín passio, que también refieren a los estados afectivos en general, lo que nos lleva a precisar que todos los afectos son afectaciones. En esta posición, y muy de acuerdo con Espinoza, se asume el presente texto: “Entiendo por afecto las afecciones del cuerpo, mediante las cuales se acrecienta o disminuye, se refuerza o se restringe la potencia de actuar del cuerpo, ocurriendo simultáneamente lo mismo con las ideas de estas afecciones” (Espinoza, citado por Rábade, en Fernández y De la Cámara, 2007:209). Indudablemente, esta razón abstracta no es tan abstracta, ya que en los procesos del capitalismo contemporáneo evidencia la capacidad de control de lo material y lo inmaterial en el saqueo constante de la vida y sus expresiones. Asistimos a un nuevo intento de buscar esencialismos en la naturaleza humana, y reducirla a algo que permanece inmutable como resultado de sustancialismos biológicos. Es una de las tantas paradojas que caracterizan a la cultura dominante: celebración de todo lo nuevo con sus tecnologías mientras niega todo movimiento y transformación.


También hay una reterritorialización de los deseos en una sociedad de consumos, cuya propuesta conduce a reafirmar el individualismo a través de un proceso de privatización, en el cual se encuentra el paraíso perdido de la autorrealización. El yo pasa por el yo, y la identidad personal se reduce a una continuidad en sí misma que se reafirma en la adquisición de objetos con marcas y logotipos en los cuales se encuentra el espíritu de la elección y la decisión. Es una forma vieja reactualizada de la razón y la voluntad en la compulsión que genera una supuesta ancla a la existencia como es el comprar. Como una especie de virus, todo es invadido por el provecho comercial, incluyendo lo más íntimo de la subjetividad, al tiempo que la reduce a su capacidad de consumo.


Nuevas fantasías se erigen en aras de la perfectibilidad como una política de la vida en que el ser humano podrá determinar su existencia en la finitud ilimitada que lo constituye. Los límites son extendidos en la capacidad de generar deseos volátiles y efímeros con el consiguiente placer que genera displacer, dando espacio a nuevas formas de control (noo-política) que se vuelcan sobre el cuerpo, en la explotación de las propiedades vitales, y en la memoria concebida como un solo recuerdo en medio de añoranzas perdidas. Es un modelo, regido por la tecnología, que controla la vida, tanto en lo biológico, como lo mental, lo relacional y lo afectivo. Dicha euforia contrasta con la melancolía de los estados maníaco-depresivos que caracterizan el capitalismo como esquizofrenia. Esta es la intencionalidad del segundo capítulo, cuyo título “El control vital del existir” busca evidenciar los procesos de control de la afectividad que caracterizan la época contemporánea. La noo-política, como nueva tecnología de poder hegemónica, articulada con la disciplina y la biopolítica, lleva aparejada un control sobre y de la vida (bíos/zoé). Paralelo al énfasis puesto en la negatividad y la carencia que caracterizan los deseos promovidos y estimulados por el consumo, se perfilan formas alternativas que encuentran en un enfoque materialista de la afectividad, es decir, una subjetividad no unitaria, nómada y rizomática, la posibilidad de un devenir minoritario de mujer, otro, animal, mundo, un flujo de devenir múltiple. También son formas de resistencia que encuentran en otros saberes la posibilidad de romper con la terapeutización de la cotidianidad que reduce la corporeidad al cerebro-mente. Así, el control que ejerce la noo-política debe pasar necesariamente por el autocontrol, ya que a través de diversos dispositivos y tecnologías del sí mismo, supuestamente, se podrá el individuo encontrar con lo que lo caracteriza y define en su existencia, en una ética de la autenticidad. Más allá de esta concepción dualista y reduccionista, se propende por un cuidado de sí y de los otros en una estética de la existencia, a favor de la producción de una subjetividad fluida y porosa que se constituye en lucha contra los dispositivos de poder-saber. En este proceso des-cognoscitivo se asume la vida desde la vida misma. Así, en contra de los dispositivos de control se liberan nuevas modalidades perceptivas y sensoriales que permitan sentir la vida en lo viviente. Es habitar el mundo con un pensamiento capaz de superar los juegos identitarios centrados en el sí mismo, lo que a su vez permitirá disminuir las relaciones de poder en la sustracción del control social total y de la colonización de la vida. En este acercamiento a nuevas miradas se estructura el capítulo III, cuyo recorrido intenta ver otras interconexiones en la trama de la vida. Apertura, dinamismo, flexibilidad, son los referentes de un pensamiento que se perfila en procesos autoorganizativos y autopoiéticos, los cuales nos permiten redefinir la relación existente entre el interior y el exterior de todo organismo vivo. En dicha complejidad se descentraliza, se des-uniformiza, se des-jerarquiza, se des-esencializa, lo que aparecía en el paradigma de la simplificación como condición de lo vital. La vida se amplía en relación con lo viviente y lo vivido, superando la idea de la unidad de la razón. Así, el vitalismo emerge en todos los poros de la existencia configurando nuevas formas de ser al mundo con el mundo.


La sinergia de la razón y los afectos encuentran en una continua recursividad la no reducción del uno al otro, sino que los hace co-dependientes. Lo real se constituye en una organicidad en que lo definido como lo contrario o lo opuesto se corresponden en un movimiento de eventos que se transforman en el movimiento. Lo cronológico en términos lineales cede al paso a los acontecimientos intensos de una vitalidad sin fin. Captar la vida en su complejidad es comprender otras razones que la razón desconoce o no quiere conocer, ya que hay una interacción dinámica y fluida de todo lo que habita el planeta, sea orgánico, inorgánico, psíquico y social, al tiempo que se evidencia una razón interna a cada organismo vivo que le permite preservarse en la transformación constante generada por la interacción con el medio que lo rodea. La reversibilidad de lo orgánico rompe con el causalismo lineal de lo simple y unívoco, ya que hay una pluralidad de miradas que miran las miradas y en ello los límites de la unidimensionalidad son traspasados por lo ilimitable de la multidimensionalidad.


Hay una palpitación de lo vivo que establece desde la materia encarnada un regenerarse a partir de un acabarse, es un vivir de muerte y un morir de vida (Morín, 1988). Todo lo que se recompone permite pensar lo incomponible en su complejidad a partir de una dinámica vincular que integre lo que por siglos ha sido desintegrado por el poder de la abstracción. De acuerdo con lo anterior, la subjetividad fue asumida por la ciencia clásica como fuente de errores, llevando a excluir al observador de la observación, a la percepción de lo percibido, a la visión de lo visto, al pensador de lo pensado. En dichos términos, la afectividad se redujo a lo contingente y arbitrario excluyéndola de su labor como motor de la subjetividad. Podemos decir que era vista en su doble negación. A partir del acercamiento del mundo físico y el biológico, los conceptos de autoorganización, apertura, interacción, se erigen como algo transversal para la comprensión de los procesos vitales. El ser humano, con las características que lo hacen específico, llámese lenguaje, conciencia, etc., se encuentra también en relación con todos los procesos mentales y fisiológicos que hacen parte del organismo humano. En tal sentido apelamos al neurofisiólogo Damasio para poner en evidencia la interacción inescindible entre el cuerpo, las emociones y los fenómenos mentales, los cuales son incorporados y existen al interior de un sistema biológico, y sin el cual no serían nada. A través de su teoría de las emociones como actividades o procesos corporales, se establece que son fundamentales para la supervivencia del ser humano, además de ser indispensables para otras actividades como los sentimientos.


La relación entre emociones y sentimientos, es puesto como un ejemplo emblemático de la relación existente entre los procesos corporales y los procesos mentales. En tal caso, la mente sería algo complejo, estratificado y nada diverso de los procesos fisiológicos. A partir de una mirada evolucionista y naturalista, Damasio retoma, en su búsqueda de Espinoza, la idea de sustancia única para referirse a los diferentes tipos de conciencia con el fin de demostrar la naturaleza múltiple y compleja de la mente y de la conciencia. En esa medida, se abordará la constitución del yo como un proceso incorporado en un organismo viviente y, por consiguiente, relacionado con procesos orgánicos. El componente corporal del yo permite verlo como resultado de actividades mentales conscientes complejas que, además, emergen de las actividades fisiológicas del organismo en interacción con el ambiente, con el fin de mantener su propio equilibrio interno.


De otra parte, el capítulo IV se orienta al rescate de otros sentires apelando a una estética que relaciona el pensar con el sentir y el actuar. Su fundamento lo encontramos en una ética de la estética que, en el marco de la aisthesis, integra la intuición a los procesos de comprensión de lo real. Se perfila una concepción en que se piensa con el corazón y se siente con el pensamiento, en la concurrencia de un aspecto que complementa: “la dimensión afectiva es un acto intelectual, la dimensión intelectual es una recepción afectiva” (Perniola, 2008:130). Es ofrecerse a un sentir en la que se exige una especie de “ósmosis afectiva” (Freyre) para poder integrarse a una emocionalidad compartida en la posibilidad de manifestar lo externo. Así, emergen nuevos conceptos de lo racional que reafirman la interconexión con la afectividad en los procesos vitales: pensar poetizante, razón poética, razón sensible. En este vitalismo relacionado con el sentir, se plantea la intencionalidad de un vivir estético en que el arte de vivir se convierte en una obra de arte. En la afirmación de la inseparabilidad de la razón y la sensibilidad, también se podrá interconectar al pensamiento con el placer, la sensualidad y la ternura de un vivir estético, contribuyendo a una poética del conocimiento.


Así, la apuesta del hacerse sentir vincula al ser humano consigo mismo, con los otros, con la naturaleza y con el cosmos, en la afirmación de la alegría en contra de toda destrucción y en una afectividad cuya dinámica integra el hacer con el sentir. Asistimos a la de-sustancialización del sujeto, ya que irrumpe el cuerpo como la base de los procesos cognitivos. También hay un proceso de de-subjetivación que se inicia en lo que es irreductible a lo conceptual. Esta estética de la vida nos remonta a una duración que rompe con la teleología del mecanicismo, siendo apertura a lo no previsible en una lógica del instante. Asimismo, es la reafirmación de los flujos y de espacios de creación activa en que la experiencia pasa por lo vivido en una expansión de la corporalidad, la cual se abre a lo fluido en un devenir intenso. La memoria opera no como la continuidad lineal de un proceso vital, sino como la posibilidad que relaciona las interconexiones y las sincronizaciones de fuerzas y afectos recompuestas en el movimiento. De otra parte, la experiencia estética, al estar conectada con la intuición, genera un sentir que se siente, es decir, que es autopoiético, lo que establece una derivación de lo sensible inherente a las cosas y en las cuales se irradia en el corazón de la existencia. La última parte del capítulo IV remite a un sentir otro que encuentra en el sentir oriental y el sentir del sur una posibilidad de ruptura con la hegemonía del sentir occidental.


Enmarcadas en una ética orgánica, dichos sentires proyectan la vida en la armonía de lo existente, remitiendo a las fuerzas que lo animan. Hay una unidad en la vida y una vida en la unidad de los elementos que constituyen la totalidad, sin desconocer la importancia de las partes en relación al todo. Lo que fragmenta y separa es fuente de peligro y destrucción, ya que muestra la reversibilidad de las cosas en su necesaria organicidad. Hay razones implícitas en la energía del cosmos, de un universo infinito cuyo centro se encuentra en la unidad ramificada de sus componentes. Es un sentir alternativo que encuentra, según Perniola, en la aisthesis, como sentir cósmico, y en menos, como sentir teátrico, la fuerza de resistencia a los embates de la metafísica, la política, la economía, la ideología, la burocracia y la sensología, en sus intentos reiterados para reducirlas. Por último, el epílogo busca pensar lo pensado en un recorrido que no tiene fin, perfilándose como la continuidad de un viaje que se reinicia sin cesar, ya que el rescate de la vida en su multiplicidad así lo exige.



Bibliografía

  1. Morín, E. (1988). Il pensiero ecológico. Firenze: Hopefulmonster.

  2. Perniola, M. (2011). L´estetica contemporánea. Bologna: Il Mulino.

  3. Rábade Romeo, S. (2007). Función del cuerpo en la dinámica afectiva-pasional. En: E. Fernández y M.L. De la Cámara. El gobierno de los afectos en Baruj Spinoza. Madrid: Editorial Trotta.

*Texto tomado del Archivo Documental “Cuerpos, sociedades e instituciones a partir de la última década del Siglo XX en Colombia”. Mallarino, C. (2011 – 2016). Tesis doctoral. DIE / UPN-Univalle.



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