Rescatar del silencio del olvido a las víctimas de la tortura*



Quiero agradecer a las instituciones convocantes la realización de este Congreso. Mi participación constituye un esfuerzo por reflexionar acerca de una de las grandes atrocidades que ha sufrido una parte significativa de la población juarense; mejor dicho, de los cuerpos de las y los juarenses: la tortura. El tiempo en el que me sitúo es la última década del siglo XX y estos primeros 13 años del siglo XXI. Frente a la política del olvido y el borramiento oficial que hoy vivimos - a nivel nacional- de los cuerpos vejados por la violencia; este es un esfuerzo por mostrar y recordarnos las injusticias que permanecen para incontables miembros de mi ciudad: Ciudad Juárez.


Doy inicio a esta participación con una cita de Tzvetan Todorov de su libro Memoria del mal tentación del bien, “Quienes conocen el pasado desde el interior tienen el deber de transmitir la lección a quienes la ignoran. Pero ¿cuál es esta lección?” (2002: 18). Empiezo a dar contestación a esta pregunta, dando a la palabra lección el significado de la experiencia de la tortura, en un número todavía no develado e ignorado de personas que la sufrieron, y la sufren en Ciudad Juárez. Al mismo tiempo, cuando me refiero al pasado, tomo en cuenta dos momentos: el primero de ellos inicia en 1993 con el feminicidio y el segundo en el año 2008, con el Operativo Conjunto Chihuahua, versión local de la “Guerra contra la drogas” iniciada por el gobierno federal, pero respaldada por el gobierno estatal y municipal. Por último, me centro como un sujeto “feminis generis” que tiene el deber de transmitir lo que ha atestiguado, estudiado y reflexionado acerca de los cuerpos como portadores de significados, de desigualdades sociales y como proyectos para la vida o la muerte. La presentación de estos objetivos se enmarca en el humanismo crítico y la teoría feminista, ambas concepciones teóricas abordan de forma diferenciada las diferentes expresiones de la violencia que sufren los cuerpos de las mujeres y los hombres. Desde esta postura pretendo mostrar los esfuerzos que hacen algunas voces desde la función pública de Ciudad Juárez, “por controlar la memoria” de la tortura a través de cuatro dispositivos de análisis que ofrece Tzvetan Todrov en su obra citada.


El primero de ellos es la desaparición de las huellas. La palabra tortura nos acompaña a partir del año 1993, cuando familiares de víctimas, feministas y activistas dieron a conocer nacional e internacionalmente el feminicidio: una matanza sistemática y organizada de niñas y mujeres pobres, torturadas, vejadas, mutiladas y arrojadas como residuos en lugares inhóspitos de la ciudad. A partir del 2008, la palabra tortura se incrementó considerablemente en nuestro vocabulario. Los medios de comunicación nos informaron que miles de cadáveres habían sido torturados y vejados por parte del crimen organizado antes de ser asesinados. También nos dieron a conocer que quienes habían llegado para proteger la seguridad de la ciudadanía-los agentes estatales- torturaban con igual o peor saña. Sin embargo, tanto quienes reclaman la desaparición o la tortura de sus niñas/mujeres, como quienes reclaman los tratos crueles e inhumanos contra los hombres quedan, sin respuesta. Por lo tanto no es de sorprender que Human Rights Watch (HRW) en un informe especial sobre la guerra contra el narcotráfico en México, rescate la siguiente declaración” Un representante de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Chihuahua en Ciudad Juárez, por ejemplo, estima que solamente una de cada diez víctimas de abusos militares presenta una denuncia ante la comisión” (2011:18). El Estado mexicano en sus tres órdenes de gobierno, ha propiciado un largo periodo de impunidad y frecuencia para la comisión del feminicidio sexual sistémico.[1]


A veinte años de haber sido denunciado y a tres años, diez meses de haber sido sentenciado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la desaparición y matanza organizada de niñas y jóvenes mujeres continúa con una renovada industrialización del feminicidio. Si bien, a las mujeres no se les garantiza, su integridad personal y su derecho a la vida. (Ver fotografía 1). Esto no significa que a los hombres sí. En este contexto se entienden las palabras de un soldado torturador a un hombre de Ciudad Juárez: “Nadie sabe que te tengo aquí. Tu familia, nadie se va a enterar. Así como yo ahorita te puedo borrar del mapa. No vas a ser el único. Ya hay varios” (HRW, 2011:189). La intimidación es el segundo mecanismo de control de la memoria. Por medio de este componente, se avergüenza, se reduce, se aterroriza y se envilece a las personas. En los inicios del movimiento por la justicia para las mujeres desaparecidas y asesinadas, funcionarios encargados de la procuración de justicia, gobernadores y un segmento importante de la comunidad fueron ágiles en definir a las víctimas como mujeres que llevaban una “doble vida” (Nathan, 1999).[2]


A sus familias se les dijo que ellas eran las culpables por no haber sabido educar a sus hijas (Monárrez, 2009) a las organizaciones gubernamentales que acompañaban al movimiento se les acusó de lucrar con el dolor ajeno, al “convertir el dolor privado en un bien público” (Wright, (2007:65) y que todo era un “mito” (Monárrez, 2006). El mismo mito desconstruido que hemos atestiguado a través de las imágenes que difunden los medios de comunicación de la tortura que se les inflige a los detenidos.



Fotografía 1

Audiencia pública del Comité de Madres y Familiares con Hijas Desaparecidas

con el gobernador de Chihuahua César Duarte

Fuente: Julia Monárrez [archivo particular] madres y familiares de desaparecidas y víctimas del feminicidio, planteando sus demandas ante el gobernador y los agentes del Estado el 2 de febrero del 2013, a las 8:00A.M. Plaza Misión de Guadalupe, Ciudad Juárez


Basta recordar en el 2011 los siguientes nombres “Ismael Fierro Chavarría, el lavacoches que fue confundido, detenido y tundido a golpes por seis policías municipales; lo acusaron de ser sicario en una balacera frente a ese lugar, cuando fue él quien salvó la vida a una mujer y su pequeño hijo. Cómo olvidar a César Adrián García López quien falleció a causa de la tortura policiaca” (Cacho, 2012). Cómo olvidar la desaparición, la tortura y asesinato de cuatro civiles —Juan Carlos Chavira, de 28 años, Dante Castillo, de 25, Raúl Navarro, de 29, y Félix Vizcarra, de 22— quienes de acuerdo a lo que leímos, vimos y atestiguó la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Chihuahua fueron detenidos por miembros de la Policía Municipal en Ciudad Juárez, Chihuahua (HRW, 2012). Frente a esta torturas conocidas – desconocemos la mayoría- se enmarcan las recientes intimidaciones al gremio periodístico por parte del Secretario de Seguridad Municipal: “Si algo malo hacen los policías están a repite y repite, como si fuera un ‘reality show ' ” (La Polaka, 2013). Sobra decir que la denuncia de la tortura no es un reality show. Las y los periodistas de conciencia, a través de esa reiteración y de la muestra de esas fotos nos llaman, dice Susan Sontag a la piedad (2004) y a la denuncia. Pero al mismo tiempo, con declaraciones como la siguiente:


Leyzaola mencionó que los medios de comunicación van minando a la corporación. No se concientizan y ellos contribuyen para que la ciudadanía no confíe en la corporación. Ellos construyen su propia tumba, porque sigue la delincuencia en Juárez y la gente no cree en la denuncia anónima y no denuncia porque los medios denigran a las corporaciones. Ellos (los periodistas) son el punto negro para la sociedad (La Polaka, 2013).


Con el discurso amenazante de quien es el encargado de la seguridad pública en Ciudad Juárez, nuestra piedad por el torturado se diluye, y nos aturdimos con el miedo. Así ahogamos la piedad (Sontag, 2004), porque tememos ser la próxima víctima. Aunque, debo reconocer que “[e]l relato de una matanza puede suscitar la compasión pero también el goce del sádico o el mirón; esas pulsiones no son ajenas a la naturaleza humana” (Todorov, 2002: 201). Los eufemismos, cuando las palabras se convierten en tapujos, disfraces o disimulos de la realidad, estamos ante un eufemismo. Abundan, por parte de autoridades y grupos hegemónicos, estas sugerencias para ver la realidad juarense. Así nos conminan a “no manchar la imagen de la ciudad” a “hablar bien de Juárez”. Las declaraciones de los agentes del estado impiden que las personas puedan establecer conexión con las víctimas y con la realidad que se vive (Arendt, 1994). Sus palabras, incorporan en la población que las recibe un estímulo para vencer y refrenar la “innata repugnancia hacia el crimen” (Ibíd., 93). Hannah Arendt, analizó esta forma de conducir a las poblaciones a través de discursos que contienen una “regla del lenguaje”. Estas reglas del lenguaje son códigos y en el lenguaje común y corriente son mentiras y eufemismos (Ibíd., 85)[3]. El efecto que produce en las poblaciones estas palabras, es que no las hace ignorantes de lo que sucede al otro o a la otra, sino que de una forma u otra las anestesia para que no lo equiparen con el conocimiento de que la tortura a las personas y el asesinato no se pueden permitir ni tolerar. Las previene para que no lo comparen con su conocimiento “normal” que tienen de los asesinatos y de las “mentiras” que se vierten en torno de estas crueldades humanas (Ibíd., 86).


La mentira, es otro procedimiento para que las poblaciones pierdan la memoria de las injusticias. ¿Qué explicación puedo adelantar ante la insensibilidad de quienes deben procurar la justicia, ante la mentira que se esparce sobre la paz ficticia[4], y la humillación de las víctimas, ante la desmemoria y la sordera del Estado y donde se justifica retrospectivamente la violencia que vivimos. En septiembre de 2011, el periódico La Jornada preguntó al alcalde Murguía sobre los señalamientos que hizo Human Rights Watch ante la desaparición forzada de cuatro jóvenes por parte de la policía municipal, en específico por parte del Secretario de Seguridad Julián Leyzaola, su respuesta fue “no me interesan […] está dando resultados, que es lo que nos interesa a los juarenses. Créanme que no tengo ninguna denuncia contra él sobre derechos humanos, y si en el pasado se tomó una Pepsi en un lugar equivocado,[5] de eso yo no tengo conocimiento” (Camacho, 2011). En esa misma entrevista “pidió defender Juárez para borrar la imagen de violencia que se tiene de ella, al tiempo que llamó a darle un trancazo[6] a los que hablen mal de la ciudad”. Termino con una cita de Todorov “La persecución del bien, en la propia medida en que olvida a los individuos que debían ser sus beneficiarios, se confunde con la práctica del mal. Los sufrimientos de los hombres, incluso, proceden más a menudo de la persecución del bien que de la del mal” (2002: 86). En este sentido toman fuerza las palabras dirigidas por Human Rights Watch a Enrique Peña Nieto, presidente de México “Abordar los abusos cometidos durante el mandato de su predecesor e impedir que se reiteren en el futuro, requerirá de atención inmediata en los niveles más altos de su administración” (2012). Los líderes políticos, están obligados a resignificar y resimbolizar esos cuerpos mutilados, incinerados, torturados y colgados en los puentes y en las mallas ciclónicas de nuestra ciudad, de nuestro país. Esto equivale saber que son parte de la “insignificancia política de las grandes mayorías” (Cussiánovich, 2005: 17) y que no fueron necesarios para definir y orientar un futuro de relaciones de respeto, de justicia y de la vida, de la cual fueron atormentados y en muchos casos, finalmente despojados.


Bibliografía

  • Arendt, Hannah (1994) Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, Nueva York, Penguin Books.

  • Cacho, Lydia (2012), Las mentiras peligrosas de Duarte, Vanguardia, 26 de marzo

  • http://www.vanguardia.com.mx/lasmentiraspeligrosasdeduarte-1248972-columna.html, consultado 8 de marzo de 2013.

  • Camacho Servín, Fernando (2011), “Minimiza el alcalde de Juárez acusación contra jefe policíaco por desapariciones”, La Jornada, 10 de septiembre de 2011, http://www.jornada.unam.mx/2011/09/10/politica/010n1pol consultado 9 de marzo de 2013.

  • Coordinadora de Organismos No Gubernamentales en Pro de la Mujer, (1998). “Agenda para la visita de las Diputadas de las Comisiones de Equidad y Género y Derechos Humanos para el 9 de febrero de 1998” copia

  • Cussiánovich V., Alejandro, (2005), “Educando desde una pedagogía de la ternura”, Perú, IFEJANT, julio, pp. 28

  • <http://www.insumisos.com/lecturasinsumisas/Pedagogia%20de%20la%20ternura.pdf>, consultado, 20 mayo 2010.

  • Human Rights Watch (2011), Ni seguridad, ni derechos. Ejecuciones, desapariciones y tortura en la “guerra contra el narcotráfico” de México, Estados Unidos de América, noviembre.

  • Human Rights Watch, (2012), Carta de HRW al Presidente Enrique Peña Nieto, Peña Nieto: ¿Cuál es su agenda para derechos humanos?, 11 de diciembre,

  • <http://www.hrw.org/es/news/2012/12/11/carta-de-hrw-al-presidente-enrique-pena-nieto>, consultado 3 de enero 2013.

  • La Polaka, (2013), “Leyzaola amenaza periodistas” (tomada del Mexicano) 4 de marzo

  • http://lapolaka.com/leyzaola-amenaza-periodistas/ consultada 9 de marzo de 2013.

  • Monárrez Fragoso, Julia E. (2006), Trama de una injusticia. Feminicidio Sexual Sistémico en Ciudad Juárez, México, El Colegio de la Frontera Norte y Editorial Porrúa.

  • Monárrez Fragoso, Julia E. (2006), No es un mito, www.colef.m consultado mayo 26, 2008.

  • Nathan, Debbie, (1999), “Work, sex and danger in Ciudad Juarez”, NACLA Report on the Americas, Nueva York, Vol., 33, Núm., 3, nov/dic, pp. 24-30.

  • Sontag, Susan, (2004), Ante el dolor de los demás, Aurelio Major (trad.) Madrid, Suma de Letras, S.L. http://www.upv.es/laboluz/leer/books/Sontag_Ante_el_dolor_de_los_demas.pdf, consultado 1 de febrero de 2013.


[1] El feminicidio sexual sistémico es el asesinato de una niña/mujer cometido por un hombre, donde se encuentran todos los elementos de la relación inequitativa entre los sexos: la superioridad genérica del hombre frente a la subordinación genérica de la mujer, la misoginia, el control y el sexismo. No sólo se asesina el cuerpo biológico de la mujer, se asesina también lo que ha significado la construcción cultural de su cuerpo, con la pasividad y la tolerancia de un estado masculinizado. El feminicidio sexual sistémico tiene la lógica irrefutable del cuerpo de las niñas y mujeres pobres que han sido secuestradas, torturadas, violadas, asesinadas y arrojadas en escenarios sexualmente transgresores. Los asesinos por medio de los actos crueles fortalecen las relaciones sociales inequitativas de género que distinguen los sexos: otredad, diferencia y desigualdad. Al mismo tiempo, el Estado secundado por los grupos hegemónicos, refuerza el dominio patriarcal y sujeta a familiares de víctimas y a todas las mujeres a una inseguridad permanente e intensa a través de un período continuo e ilimitado de impunidad y complicidades al no sancionar a los culpables y otorgar justicia a las víctimas. El Estado lo acepta y al mismo tiempo lo presenta y lo formula como un cuerpo coherente de violencia sistémica contra las mujeres, con ideas y principios que permiten que se lleve a cabo regularmente. Se supone que no afecta a todo el cuerpo social, que no es de peligro, ni es dañino en términos generales, porque afecta sólo a algunas mujeres, a algunas partes del cuerpo social que son fácilmente reemplazables. Pero una vez que se regulariza, hace al cuerpo social profundamente endémico, profundamente permisible al feminicidio sexual sistémico, le autoriza una naturalización y una continuidad sin límite debido a la impunidad tolerada y permitida, porque no se busca a los culpables. De una manera maligna, quienes tienen la facultad de otorgar la justicia y quienes están en posición de exigirla, emiten y ponen en circulación falsos reportes, falsas apariencias sobre las víctimas: las calumnian, las vilipendian, las difaman y las deshonran. Estas falsas representaciones resultan en la ignominia, el dolor y la pena de quienes sobreviven a las víctimas. (Monárrez, 2006: 86-87).


[2] El movimiento de mujeres organizadas y las feministas reaccionaron ante el estado “machista” y “clasista” que no otorgaba justicia en aras de la doble vida y la desigualdad social de las víctimas y sus familiares (Coordinadora de Organismos No Gubernamentales en Pro de la Mujer, 1998).


[3] Fue utilizada en la Alemania Nazi, donde había obligación de usar palabras tales como “solución final”, “cambio de residencia” y “tratamiento especial” en vez de matar o enviar a los campos de concentración a la población judía para su exterminio.


[4] Termino que utilizo para resistir la estrategia discursiva de parte de los tres niveles de gobierno sobre la situación de seguridad que prevalece en Ciudad Juárez debido a que el crimen organizado fue derrotado.


[5] Las cursivas son mías.


[6] Las cursivas son mías.


*Texto tomado del Archivo Documental “Cuerpos, sociedades e instituciones a partir de la última década del Siglo XX en Colombia”. Mallarino, C. (2011 – 2016). Tesis doctoral. DIE / UPN-Univalle.

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