Violencia y cuerpo masculino: una mirada desde la prensa escrita a los jóvenes ...



 

RESULTADO DE INVESTIGACIÓN: Proyecto de investigación: “La Juventud y el Honor: representaciones mediáticas de jóvenes populares en Cali, Colombia”– Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Departamento de Comunicación y Lenguaje, Pontificia Universidad Javeriana PUJ, Cali, Colombia.

 
Resumen*

Estudiar las formas como se narra y se registra el cuerpo de hombres jóvenes en la prensa – en particular cuando sus apariciones se refieren a delitos en los que el cuerpo aparece inerme, castigado o vejado… a veces, amputado u odiosamente agredido – es una excepción antes que una regla: la mayoría de los estudios actuales abordan la aparición del cuerpo humano en los medios de comunicación haciendo hincapié en la figura femenina que es abusada por la publicidad y por el morbo consumista [Traversa, 1997]; siendo presentados dichos cuerpos desde el eros vital (aunque a veces pornográfico) y no desde el tánatos fatal con el que se solazan los mismos medios al narrar las historias que involucran a los hombres; en particular a aquellos que hacen parte de estructuras urbanas marginalizadas (pandillas, barras bravas o bandas organizadas al servicio de estructuras criminales como el narcotráfico), mismas que recurren a la violencia como “método” de mediación en contextos convulsos como aquellos en los que su misma actividad ilegal hace imposible dirimir un conflicto por la vía pacífica o normativa. Algunos estudios sobre la masculinidad a mediados de los Ochentas concluyen que su sexualización se debe a la emergencia de hombres jóvenes convertidos en “objetos sexuales” [Nixon, 1997], que promocionan jeans o fragancias; y que responden a unas características físicas similares (como brazos desarrollados o pectorales bien definidos). Resulta paradójico que la prensa sensacionalista de Cali – por la misma época – se regodeara no en el narcisismo sino en la inhumanidad de la mutilación, los cortes y el salvajismo de los victimarios [Uribe Alarcón, 2004]. Esta ponencia dará cuenta del avance del proyecto de investigación “La Juventud y el Honor: representaciones mediáticas de jóvenes populares en Cali, Colombia”; en el cual se ha realizado revisión, sistematización y análisis de registros noticiosos de los 4 periódicos principales de la ciudad de Cali, Colombia, entre 1985 y 2009; años éstos que se han caracterizado por la escalada de la violencia (social, pero también mediática) entre jóvenes de distintos sectores populares de la ciudad.


Introducción

El asunto de las representaciones sociales de la juventud en Cali ha sido el primer interés de la línea de Comunicación y Ciudad del grupo Procesos y Medios de Comunicación. Durante los meses de Enero 2010 a Julio 2011, a través del proyecto “La Juventud y el Honor: representaciones mediáticas de jóvenes populares en Cali, Colombia”[1], se revisaron 25 años (de 1985 a 2009) de apariciones mediáticas en la prensa escrita caleña – concretamente, los diarios El País, El Caleño, Occidente y El Q´Hubo – hasta obtener de dicha revisión un total de 298 registros de delitos cometidos por hombres jóvenes cuyos móviles principales eran cuestiones de honor (injurias, afrentas, venganzas, crímenes pasionales, entre otras categorías operativas que se usaron en el estudio como criterios de inclusión/exclusión al momento de realizar el levantamiento de los datos en cada uno de los periódicos que circularon durante la ventana de tiempo antes mencionada, el cual fue llevado a cabo por 13 monitores de investigación, con el acompañamiento de 1 docente-investigador principal, 2 docentes coinvestigadores, y 2 egresados recientes de las carreras de Psicología y Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana, Cali). Dichos registros demostraron que en barriadas en las que el Estado no tiene una institucionalidad social fuerte la mayoría de las afrentas referidas al honor masculino recurrían al uso de la violencia física como forma de resolver los conflictos cotidianos, mismos que se dirimen mediante el uso de códigos y espacios distintos a la ley y a los estrados judiciales. En anteriores trabajos [Valencia, 2010] se ha logrado establecer que aunque el derecho haya creado un marco referencial que instituye la igualdad ante la ley y la dignidad universal como sus principales premisas; hoy en Cali existen grupos de hombre jóvenes que descreen de las instancias judiciales como espacios de reivindicación del honor. Tal desconfianza se ha naturalizado hasta el punto de ser uno de los principales factores para la permanencia de altos índices de violencia urbana, particularmente en barrios y sectores marginados y subnormales[2]. La justicia por la propia mano es usada como recurso por bandas y pandillas juveniles, grupos delincuenciales organizados, etc.; los cuales – a diferencia de otras épocas – colectivizan el honor, cobrando venganza por las afrentas sufridas contra alguno de sus integrantes por otro clan o grupo enemigo. La mayoría de las disputas son por cuestiones territoriales, por rivalidad (muy frecuente entre las mencionadas barras bravas), o por traición (en algún negocio, o en cuestiones sentimentales), y en buena parte de los casos dichas disputas se resuelven con sangre. Como en otras investigaciones realizadas en América Latina [Cerbino, 2006], en Cali los medios de comunicación han contribuido a crear una mirada estigmatizadora sobre los habitantes de las comunas periféricas de la ciudad por los casos de violencia que en ellas se presentan, siendo estos lugares donde comúnmente se asientan las familias recién arribadas a la ciudad, provenientes del pacífico colombiano y del sur del país [Valencia, 2007]. Como uno de los propósitos de este estudio es servir de referente para conocer los diversos modelos de masculinidad en distintos espacios citadinos colombianos, se quiere hacer de este proyecto una propuesta teórico/metodológica ajustable a las distintas realidades urbanas, y acoplada a los diferentes contextos inmediatos; de allí que sea crucial estudiar cómo es tratado el tema de los conflictos juveniles en los distintos discursos periodísticos como elemento disociador o cohesionador de grupos sociales determinados.


Metodología

La masculinidad es la principal categoría abordada por la investigación aquí presentada, por lo que el trabajo hasta hoy realizado se puede considerar de Género; y es en particular el concepto de hombría[3] el referente metodológico para cada uno de los aspectos que se intentan acotar en el estudio. Mediante la revisión documental y el registro histórico directo se ha buscado enfatizar en dicha condición que ha sido poco abordada desde el campo culturalista Latinoamericano, y que representa un importante foco de atención para entender cómo se constituyen los territorios y espacios urbanos emergentes en Cali. Pero así como la masculinidad se expresa a través de la afirmación, y la demostración de valentía, hombría y respeto [Cerbino, 2006]; dichas formas expresivas – que han tenido históricamente un telón de fondo proporcionado por la cultura patriarcal latinoamericana – han encontrado su coherencia (incluso, su explicación dentro de este estudio) en la categoría de Honor[4]: esta investigación pretende validar fácticamente cómo se manifiesta y/o aparece dicho concepto en los delitos cometidos por los jóvenes caleños, y que son registrados por la prensa escrita entre 1985 y 2009. El instrumento de recolección de información utilizado fue elaborado preliminarmente en Word 2007, pero se espera trasvasar la información allí consignada a una base de datos que permita el cruce de información cuali/cuantitativa (en software especializados como ATLAS/TI ® o TESTQUEST ®). Dicho instrumento tiene una Ficha General (con 20 variables de clasificación de la información, 13 de tipo cualitativo y 7 cuantitativo); posteriormente aparecen dos Fichas de Fuentes (con 7 variables cualitativas la primera – misma que enfatiza en la descripción de las fuentes consultadas – y 6 variables cualitativas la segunda, que enfatiza en el manejo del discurso por parte del/a redactor/a del informe). Enseguida está una Ficha de Hecho Delictivo (con 27 variables: 3 cualitativas y el resto cuantitativas. En ellas se discriminan los tipos de delito contra el honor según el Código Penal Colombiano, y los móviles o causas que pueden ocasionar desenlaces violentos por fuera de la ley). Finalmente, aparece un última Ficha de Análisis de Contenido (Gráfico y Discursivo), que incluye 5 amplias variables sobre distintos contextos y calificativos usados en el medio impreso; siendo ésta una ficha puramente analítica, a diferencia de las anteriores que son eminentemente descriptivas. A la fecha, se ha planteado una nueva fase de la investigación en la que se ahondará en los datos obtenidos, pues hasta ahora la interpretación ha sido focalizada y no integradora. Esta ponencia se concentrará en el análisis de algunas imágenes aparecidas en uno de los periódicos sensacionalistas revisados – El Caleño - en el que se denota una clara distinción en la forma de registrar gráficamente los cuerpos de hombres y mujeres. Dicho análisis será propositivo y flexible, y pretende aportar conocimiento a la labor investigativa de la línea de Comunicación y Ciudad; así como a uno de sus subproblemas: La relación (expresiva, simbólica, estilística, etc) entre el Cuerpo y la Ciudad en la configuración de la identidad caleña.


Resultados

Algunos resultados hasta ahora arrojados por el estudio son: 1) El periódico con mayor número de registros mediáticos sobre hechos delictivos alrededor de la categoría de Honor es El Caleño (con el 39% de los obtenidos), debido seguramente a su condición de periodismo de crónica roja y dirigido principalmente a públicos de sectores populares. 2) Los periódicos de este mismo corte (El Caleño y Q’Hubo) son los únicos en los que aparecen 3 o más fuentes por noticia o información concerniente a algún caso como los registrados, siendo El País y El Occidente periódicos más afines a reproducir los boletines oficiales. Al contrario, Q’hubo y El Caleño reconstruyen los hechos usando recursos del periodismo narrativo, y reúnen testimonios de personas allegadas a las víctimas, de vecinos de los sectores o de testigos de la situación aludida. 3) Los hombres jóvenes de sectores populares o excluidos son comúnmente presentados como “desadaptados”, “peligrosos”, “en riesgo”, o “vengativos”; sin una explicación más profunda de las causas, mas sí de los efectos de su decisión de cobrar por mano propia las afrentas recibidas. 4) Finalmente, el registro de los hechos de los periódicos que circulan más comúnmente entre la sociedad integrada (El País y Occidente) responde a la estructura del canon informativo, mientras que los periódicos dirigidos a grupos poblacionales populares ironizan la situación registrada desde el titular, al tiempo que acompañan con imágenes crudas el texto (a veces, ante la ausencia de fotografías recurren a ilustraciones de poco nivel de elaboración para reconstruir los hechos), intentando una contextualización que satisfaga a sus lectores ávidos de detalles e interesados por los pormenores. En las 298 fichas recogidas en estos 25 años de revisión se encuentran – entre los 4 periódicos – un total de 323 imágenes. De éstas, 186 son imágenes aparecidas en el diario El Caleño (la mayoría de ellos en primera página y en la sección de crónica roja), 12 son ilustraciones en tinta que intentan reconstruir los hechos narrados y el resto son fotografías. La mayor parte de las fotos exhiben el cuerpo sin vida de la víctima, y sólo unas pocas (en particular, las de finales de la década de 1980) muestran al victimario; en algunos casos posando con el arma homicida en la mano. Sólo 12 de las imágenes de víctimas son de mujeres y 1 sobre el asesinato a un homosexual. Los titulares que acompañan las imágenes funcionan también como pieza gráfica, pues además del uso de un lenguaje coloquial, la fuente en mayúsculas y ocupar el ancho total de la página del periódico (que es tamaño tabloide); son coloridos y ayudan a focalizar la mirada: Le sacó las tripas (08/01/1989), De puñalada le partió el corazón (13/11/1985), “Chuzo” p’al Payaso (21/03/1986), Le abrieron el corazón (10/05/2003), Le acabaron la cara a punta de ladrillazos (02/10/1991), Por su calva mató (05/08/1989). Por su parte, el mismo periódico registra el cuerpo femenino con lascivia y voluptuosidad: Mi bebé me quiere aumentar los senos (28/12/2001), A comer “gallina ciega” con arroz “a la cubana” (04/18/1997), Conozco más “bejucos” que Tarzán (06/06/1986). Incluso, este último titular referido a una rubia con el torso desnudo viene acompañado en la parte superior de la página de la fotografía de un hombre muerto por ahogamiento, y que aparece fotografiado con sus genitales al aire.



A partir de estos breves apuntes, y de la experiencia de revisar todos los registros de prensa consignados durante el año de investigación del proyecto, se hará la siguiente interpretación sugerente sobre cómo se narra, se exhibe y se registra la violencia – tanto física como simbólica – sobre el cuerpo masculino en la prensa sensacionalista de Cali.


Conclusiones preliminares

Se pueden notar 2 factores determinantes, mismos que sirven como unidades de análisis para los hallazgos que a continuación se presentan:


Las nuevas “razas monstruosas” y la cultura de la violencia


Peter Burke (2005), en su Visto y no visto dice cómo en la Edad Media se inventan razas de distinto tipo – todas ellas anormales, salvajes e incivilizadas -, que no eran “plenamente humanas” (p. 160); y agrega cómo en los siglos XV y XVI cuando la India y Etiopía comienzan a ser más familiares para occidente, dichos estereotipos raciales fueron trasladados al Nuevo Mundo. Casi 5 siglos después, durante el periodo de la Violencia partidista en Colombia, los habitantes de los centros poblados juzgaban a los habitantes rurales como salvajes, ignorantes y/o violentos [Uribe Alarcón, 2004], dadas las cruentas historias que llegaban a la ciudad sobre las maneras como se cobraba justicia por propia mano en las zonas azotadas por las confrontaciones políticas[5]. Y es que desde la época conocida como La Violencia (finales de la década del ’40 hasta la implantación del Frente Nacional, en 1958), a los colombianos se los ha acusado de vivir en una “cultura de la violencia”: siempre ha sido “el Otro” el criminal, siempre se han expiado las culpas propias en el distinto, en el que no-es-de-aquí. Incluso, un grupo de intelectuales – llamados insinuantemente Violentólogos – aventuraron tesis sobre la violencia estructural que ha vivido Colombia desde sus inicios como nación; atreviéndose a demostrar las causas objetivas de las muchas formas de violencia que sufre el país. Hicieron ellos –entonces- unas recomendaciones generales que planteaban la urgencia de reformas (como la agraria), de una democracia más incluyente, de una política de derechos humanos más decidida [Sánchez, 1987], entre otras.


Sin embargo, a pesar de la Nueva Constitución del ’91, de la desmovilización de grupos armados como el M-19 y el EPL, de la llegada al escenario político de un brazo deliberante (no armado) de las FARC – la Unión Patriótica, que en los ’90 fue sistemáticamente aniquilado por la ultraderecha y el narcotráfico -; la violencia no cesa: analistas económicos (como Mauricio Rubio, el actual Ministro de Hacienda Juan Carlos Echeverry, entre otros representantes de la tecnocracia colombiana); respaldados por un estudio del Banco Mundial sobre la indefectible perpetuidad de la guerra en países con abundante riqueza natural, dijeron que era la codicia, la ambición por las rentas y – otra vez – la cultura mafiosa del colombiano (Revista SEMANA, Septiembre 15 de 2007) lo que lo hacía determinísticamente violento[6].

Hoy, las nuevas inhumanidades quedaron (en lo rural) a cargo de la narcoguerrilla y del narcoparamilitarismo; y en lo urbano (si se es propositivo) la inhumanidad[7] se aposentó en la periferia de las ciudades colombianas: en Cali, como en otras ciudades del país, los desarraigados del campo se instalaron en los arrabales del área metropolitana [Valencia, 2007]. Allí han crecido nuevas generaciones de habitantes desintegrados que han encontrado en el “parche” de la esquina, en el pandillismo[8] – que hace las veces de las “ligas menores” del narcotráfico - y en el barrismo[9], entre otros; nuevas formas de encuentro social… nuevas comunidades emocionales [Cerbino, 2006] que reemplazan la familia, la escuela o el trabajo como instituciones socializadoras. Ya no es el judeocristianismo europeo el determinador de la monstruosidad, ni la pericia psiquiátrica o legal de la Francia napoleónica [Foucault, 2001]: son los medios de comunicación que secularizan el discurso sobre la anormalidad, registran la voz oficial y hegemonizan la representación social de los fenómenos asociados a la violencia social urbana.


Parte de esa inhumanidad, de esa monstruosidad que impele a los jóvenes excluidos a buscar el peligro, a resolver por la vía de la violencia – como mediación, y como acción premeditada… siendo en ese sentido un condicionante de las sociedades emergentes – es irreconocible por la sociedad tradicional: la necesaria demostración de hombría (que permite ranjearse el respeto entre hombres y la admiración femenina[10]) y el hecho irrefutable que entre sus pares el verdadero Varón no se arredra justifica el uso del cuerpo como “chasis” simbólico en donde se depositan las marcas o señas del dolor[11] infligido en la refriega por hacerse valer. Por supuesto, tal pretensión es incomprensible para la sociedad civilizada. Ante ese panorama, aparece el honor como norma en medio de la anomia: a sabiendas que el mundo es para los osados, para quienes arriesgan y ante la crudeza de las relaciones sociales no vinculantes – el no futuro, la insolidaridad, la discriminación – suceden nuevas maneras de socialización por la vía de lo diferenciado y lo diferenciador, imponiendo a los hombres distintos conjuntos de disposiciones con respecto a los juegos que se supone – a decir de Bourdieu y Wacquant (2005) – son cruciales para la sociedad, como los juegos de honor y de guerra (adecuados para el despliegue de la masculinidad y la virilidad) o, en las sociedades “avanzadas”, los juegos más valorados como la política, los negocios, la ciencia, etc. Y agregan “La masculinización de los cuerpos masculinos y la feminización de los femeninos producen una somatización de lo arbitrario cultural que es la construcción perdurable del inconsciente” (p. 246).


La identidad corporal del nuevo habitante de la ciudad y el estigma mediático

Según Roncallo (2006: 14) la forma de cubrimiento periodístico y de representación de la realidad delictiva en las diferentes ciudades colombianas no parece tener diferencias sustanciales. Es dicha representación de la realidad – que aquí se ha llamado representación mediática, a pesar que el estudio toma como base solamente la prensa escrita – la que construye un nuevo objeto corporal que se intenta integrar a la ciudad por la fuerza, y que la misma ciudad (como organismo “vivo” que es, según Sennett, 2003) rechaza como lo hace cualquier cuerpo integrado a un órgano trasplantado no compatible con las funciones normales de dicho cuerpo, y pudiendo ser la prensa el “inmunosupresor”; termina siendo el primer dispositivo de alarma ante la presencia del “objeto extraño”, que rompe con su sola presencia[12] la tranquilidad cotidiana. Para parafrasear a Sennett, en Cali se vive una diferencia sin indiferencia: aunque no son ajenas las interacciones entre las sociedades normalizada y anómica, ambas parecen desconfiar la una de la otra; en esa medida sus encuentros funcionan más como desencuentros. La posibilidad que un joven hijo de un migrante o desplazado campesino tiene de ser considerado un ciudadano es el vivir como uno de ellos: eso es, trasladarse de la periferia a barrios residenciales, consumir lo que la sociedad tradicional consume, comportarse adecuadamente – pagar sus impuestos, ingresar sus hijos a colegios y universidades, etc. -. La infraestructura recientemente construida (como el Sistema Integrado de Transporte Masivo - MIO) pretende contribuir con la integración social en Cali, sin embargo la planificación urbana se hace pensando en la integración de sectores y no de personas[13]. En esta ciudad, entonces, los cuerpos se fragmentan[14] mientras las comunas de integran. Ante este panorama, las posibilidades de una identidad compartida o de una representación incluyente entre los habitantes de Cali es de difícil realización: afirma E. Goffman (2010) que “una de las condiciones para la vida social es que todos los participantes compartan un conjunto único de expectativas normativas” (p. 160); pero aclara que las normas a las que él se refiere son las atinentes a la identidad o al ser [se podría agregar, al pertenecer]; para luego argumentar que “El éxito o el fracaso del mantenimiento de dichas normas tiene un efecto muy directo sobre la integridad psicológica del individuo” (p. 161). De allí que se tienda al estigma por oposición al sistema normal de identidad: de la relación yo-otro se da paso al nosotros-ellos. Pero del otro lado hay otro nosotros que pugna por reivindicar su propia identidad, al tiempo que intenta integrarse a como dé lugar: por ello se busca primero la integración por la vía de los accesos económicos (un carro, un apartamento, una matrícula en un colegio o universidad privada), pues por dicha vía se logrará el acceso social. Pero quienes deciden tomar el atajo, y asumen el riesgo de tomar la autopista sin semáforos del éxito económico – como los hombres que desde jóvenes comienzan a “hacer la vuelta” en el narcotráfico – tienen que acogerse a las inciertas reglas de las actividades clandestinas que juzgan y condenan sin la mediación estatal. El truquito y la maroma (que como bien lo dice Juan Cajas - 2004, hoy es un código de comportamiento trasnacional) ha propiciado lo que para algunos son subculturas que posibilitan estilos de vida propios; vistos a la luz de la cultura hegemónica sus procedimientos y realidades son “desviados”, por dirimir sus conflictos de manera violenta. Agrega Cajas (p. 49) que usualmente se asocia la subcultura de la violencia o del narcotráfico con un ethos tanático y autodestructivo: sin embargo, es de notar que en Cali, mientras el cuerpo masculino de los traquetos es destruido[15]; el cuerpo de sus mujeres objetos de deseo es “reconstruido” (a través de cirugías plásticas… todas ellas resaltando más que la feminidad la voluptuosidad). ¿Por qué un marginal puede ser tanático y erótico al mismo tiempo? ¿Es esta otra manifestación de la incertidumbre de los tiempos, que corresponde a la freudiana disputa entre Eros y Tánatos, los hipotéticos padres de la cultura? No son estas preguntas que puedan responderse en una ponencia, sólo vale afirmar que coexisten en ambos referentes dos formas de fruición: la del deseo y la del escarmiento. El cuerpo muerto masculino, el cuerpo vivo femenino… la exhibición de ambos desde orillas distintas, o como diría Germán Rey (2005), el cuerpo representado que se debate entre la privacidad y la publicidad.


Aunque no es la total explicación el propósito de este ensayo empíricamente respaldado, sí se puede reflexionar – para finalizar – libremente entre esta dicotomía pornográfica que encierra lo erótico y lo tanático (no solamente desde los aspectos gráficos sino también discursivos), y su aparición mercantil en los periódicos sensacionalistas, como El Caleño. En medios como éste el horror – como la pasión – no solamente es mostrado sino también relatado. Se exhibe tan impúdicamente el sufrimiento del cuerpo masculino, como el goce placentero para el que está hecho el cuerpo femenino. Parece que estos relatos del crimen respaldaran la creencia generalizada sobre los sectores populares y su inserción violenta a la sociedad en ciudades como Cali. Pero no deja de ser tautológico que este tipo de representación mediática acuda a dichos sectores para encontrar en ellos a las víctimas que ocupan la primera plana de su crónica roja, y a los consumidores que al día siguiente pasarán ávidamente sus ojos entre hombres muertos y mujeres desnudas.


Referencias bibliográficas

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[1] Esta investigación intenta aportar conocimiento sobre el problema “(Des) Encuentros entre las sociedades locales – integradas, normalizadas, incluidas, formales - y las sociedades emergentes – desintegradas, anómicas, excluidas, marginales – surgidas a raíz del proceso de masificación en la ciudad”, trabajado por el grupo de docentes/investigadores pertenecientes a la línea de investigación “Comunicación y Ciudad”.


[2] Son sectores que hoy el Estado considera de desarrollo incompleto, pues al haber sido fruto de invasiones de desterrados, no cuentan con todos los servicios públicos domiciliarios ni con vías de penetración, adecuadas.


[3] Fuller (1997) dice que “El ideal del varón honorable está expresado por la palabra hombría que

subsume tanto la vergüenza (reconocimiento social), como la virilidad (fortaleza física y sexual)” (p. 33)


[4] Para entender el Honor se tomó a Pitt Rivers (En: Peristiany, 1968) que define Honor como “el valor de una persona a sus propios ojos, pero también a los ojos de su sociedad. Es su estimación de su propio valor o dignidad, su pretensión al orgullo, pero es también el reconocimiento de esa pretensión, su excelencia reconocida por la sociedad, su derecho al orgullo”. (p. 22)


[5] “Es imposible establecer la ley de equivalencias que alimentaba la cadena de las venganzas. Por la muerte del padre, de la madre, de un hermano o de un hijo del jefe de la cuadrilla, era posible que se necesitaran muchas muertes del otro bando. Generalmente, el número de víctimas que debían sacrificarse para vengar la muerte de un pariente era mayor que el número de víctimas que debían ser vengadas. Lo anterior parece sugerir una sobrevaloración de los propios muertos y una subestimación de los ajenos. En la mayoría de los casos, sino podía vengarse la muerte de un pariente liquidando al autor material de dicha muerte, se escogían algunos copartidarios suyos que lo sustituían. Las sustituciones no sólo abarcaron a los familiares y a los copartidarios sino a todo aquello que estaba ligado con quien se deseaba liquidar, su mujer, sus hijos, sus animales, su casa y sus cosechas” (Uribe Alarcón, 2004: p. 85)


[6] Es además tradicional que las víctimas de esa violencia – así como los perpetradores de la misma – sean hombres, como ya lo registró María Victoria Uribe (2004): “En Colombia, las masacres han sido fundamentalmente un asunto entre hombres pues, tanto los asesinos como la mayor parte de las víctimas, pertenecen a ese género. Las mujeres han estado presentes durante los hechos y han sido testigos de excepción de los mismos, junto con los menores de edad” (p. 82)


[7] “Los procedimiento violentos empleados en contra de otros para marcar la diferencia corporal, son producto tanto de conocimientos adquiridos como de técnicas que buscan descubrir al otro. Según Appadurai, allí donde entran en juego una o más formas de incertidumbre social, la violencia puede convertirse en una certeza macabra y una técnica brutal para descubrir a los otros” (Uribe, 2004: 106)


[8] Dice Germán Rey (2007: 62-63) que el fenómeno de las pandillas como hoy se conoce se configuró e incrementó durante los años de 1990; y cita a Miguel Cruz (1998) quien explica cómo “lo que en todos los países comenzó como un típico problema urbano, de jóvenes que se reúnen para alterar el orden público (…) fue convirtiéndose en enmarañadas y federativas redes de afiliación, solidaridad ligera y violencia sistemática. Poco a poco las pandillas se configuraron con características peculiares: transculturización de normas, valores y formas de vida originarios de EE.UU; conformación de grupos que sobrepasan las fronteras del territorio, pero que mantienen la estructura a través de las llamadas “clica” que en cada colonia, en cada barrio, reproducen los códigos y las normas de la pandilla; el uso de la violencia como forma de defensa y como autoafirmación de la identidad y de los códigos disciplinarios; las actividades de orden delincuencial; la creación de sistemas culturales propios que tienden a expresarse en las formas de vestir, de usar y mostrar su cuerpo; un alto nivel de identidad, solidaridad y compromiso entre los miembros” (Cruz y Portillo, 1998, 20; citado por: Rey, 2007).


[9] “Los pibes consideran que subyacente al encuentro futbolístico se dirimen cuestiones de honor y prestigio del club y de sus simpatizantes que sólo pueden debatirse en el plano de los enfrentamientos. Ramón, en una charla me decía: “no sabés las veces que yo me jugué la vida por Huracán”. En esta frase relaciona el honor del club con la violencia y se muestra como actor en la defensa de la virtud de la institución.” Ver: Garriga (2005)


[10] “…sería de una miopía analítica no mencionar a la feminidad. Los cuerpos masculinos y violentos están dialogando con una feminidad que observa a sus prácticas positivamente: “los pibes” saben que ser reconocido según estos valores es un recurso para conquistar mujeres” afirma Garriga (p. 206) en su “Lomo de Macho”.


[11] Afirma Le Bretón “El hombre no huye siempre del dolor, aunque la modernidad vea en él un arcaísmo que la medicina debería erradicar sin demora. Existen usos sociales del dolor, éste es de hecho un instrumento susceptible de diversos empleos” (P. 17).


[12] Dice Alain Corbin “¿Es necesario recordar que un cuerpo representado no es nunca un cuerpo real? Al mismo tiempo, la representación remite a nuestra experiencia vivida y esta experiencia no es sólo visual, ocupa todos los sentidos; un cuerpo tiene un olor, un peso, una consistencia. (…) La teoría clásica insiste en la distancia entre la representación y el referente, pero este ideal se enfrentará a lo largo del siglo XIX con una voluntad de disminuir esta distancia, acercando la imagen a la realidad, el arte a la naturaleza.” (Pág. 94)


[13] Este hecho se demuestra por la paradoja que reviste la construcción de cientos de kilómetros de vías exclusivas para el MIO, y casi cero de ciclovías; siendo la bicicleta casi el único medio de transporte usado por los habitantes de las comunas periféricas.


[14] Sennett cita como actuaba Robert Moses sobre la Nueva York de los años ’20: “Su planificación

buscaba anular la diversidad. Cuando actuaba sobre una masa de la ciudad, la trataba como una roca que debía desmenuzar, y el “bien público” se alcanzaba mediante la fragmentación. En esto, Moses fue selectivo. Sólo se les proporcionaban los medios de escapar a aquellos que habían tenido éxito – el éxito suficiente como para adquirir un automóvil o una casa – y los puentes y las autopistas les ofrecían una vía de escape del ruido de los huelguistas, los mendigos y los necesitados que habían invadido las calles de Nueva York durante la gran depresión” (p. 387)


[15] “El descuartizamiento fue el único procedimiento que destruyó por completo el cuerpo a partir de cortes propinados con la parte afilada del machete. La versión contemporánea del descuartizamiento es corte con sierra eléctrica utilizado por los paramilitares […] dicha recomposición corporal implicó un desorden que destruyó las configuraciones simbólicas existentes. Esta reclasificación afectó principalmente dos planos de oposición, arriba-abajo y adentro-afuera” (Uribe, 2004: 96-97)


*Texto tomado del Archivo Documental “Cuerpos, sociedades e instituciones a partir de la última década del Siglo XX en Colombia”. Mallarino, C. (2011 – 2016). Tesis doctoral. DIE / UPN-Univalle.

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