Biografías corporales de lo animal y lo humano en los últimos cuentos de Kafka y Bolaño


“Un gato había capturado un ratón. “¿y qué vas a hacer ahora?”

preguntó el ratón. “Tienes unos ojos aterradores”, Bah, dijo el gato,

“esos ojos son los que tengo siempre. Ya te acostumbrarás”. “Preferiría

marcharme”, dijo el ratón, “me esperan mis hijos”. “¿Te esperan tus

hijos?”, dijo el gato. “Pues vete, vete sin perder más tiempo. Pero antes

quería preguntarte una cosa.” “Pregunta, pues, ya se ha hecho muy

tarde”.

Kafka

“Queda lo innominado en nombre de que nos callamos”.

Blanchot

Resumen*


En su lecho de muerte, Kafka corrige las pruebas del que será su último cuento titulado "Josefina la cantante o el pueblo de los ratones" y le dice a Klopstock, su médico y amigo: "creo que he empezado en el momento oportuno la investigación acerca del piar animal". Esta escena sucede a finales de marzo de 1924. El 3 de junio de ese año Kafka moría. En dicho cuento, incluido de manera póstuma en el libro "El artista del hambre", Kafka aborda la problemática relación entre lo animal y lo humano, mediada por la relación entre el niño y el adulto y el Pueblo y el Individuo. Para Kafka los niños son libres y felices antes de aprender a silbar, es decir, cuando sólo pian, como las aves. Así mismo, el Pueblo, aun desconociendo el "arte del canto" (o más bien por eso) sabe apreciar a su manera el canto de Josefina, aunque ella se sienta una incomprendida. Kafka nos sugiere en este cuento que el pueblo y el niño tienen en común una capacidad libre de ensoñación, no determinada por una idea de arte en particular, y por ello indiferente a Josefina como artista. En ese contexto, Josefina la cantante, es la única que entiende la situación y por ello, tal como lo dice Kafka: "Josefina ha sabido aprovechar desde siempre este infantilismo de nuestro pueblo". Los hombres del pueblo la siguen porque su silbido los devuelve a su infancia. Cuando el niño pía, dice Kafka, aún no es consciente de su "condición de niño" y esa cercanía con el ímpetu "animal" lo vivifica. Sin embargo, cuando se le impone la ley y la institución, el niño abandona el piar y adopta el silbar como un canto resignado. Por su parte, el último cuento de Roberto Bolaño fue “El policía de las ratas”, en torno al sobrino de Josefina. En esta ponencia proponemos llevar a cabo una cartografía literaria del cuerpo animal/humano en los dos cuentos.


I.


¿Cómo hablar del último texto de un escritor? ¿Cómo entrar en ese último soplo de vida, en esa pequeña/gran salud de la que hablaban Nietzsche y Deleuze? En el caso de Kafka y Bolaño, esos últimos textos son cuentos y los dos tienen que ver con lo animal, con una potencia de lo animal que resuena en esas páginas casi póstumas. El cuento de Kafka es Josefina la cantora o el pueblo de los ratones (1924) y el de Bolaño, el policía de las ratas (2003). Se trata de un ejercicio de investigación literaria comparado en el que ponemos a resonar los conceptos.


Bolaño prolonga el ejercicio de Kafka, consciente del gesto de Kafka y también de su propia condición crepuscular. El autor es un gesto, nos dice Agamben. Y, efectivamente, tanto en Kafka como en Bolaño encontramos el gesto de escribir como una aventura existencial total, una escritura que se hace con todo el cuerpo, entregándose a ella hasta el último suspiro. Hay pues un carácter liminar en los dos cuentos: están escritos con un "pie en el estribo" como decía Clarice Lispector sobre su última novela, La hora de la estrella. Dicho pie en el estribo es la apuesta total. Se escribe sabiendo que hay un doble destinatario de ese envío, de esa misiva, el mundo de los vivos, el que se va dejando atrás, y el mundo de los muertos, al que se va entrando... Y por ello, el último texto adquiere un aire fantasmal y una fuerza inusitada. Es como un grito del pintor Edward Munch, una de esas expresiones desmesuradas que no pueden sintetizarse nunca en una conclusión. Quizá porque no hay un último texto.


Puede que ese texto ya sea de otro tipo, en trance, algo híbrido, entre-dos mundos, algo que no pertenece solamente a un lugar sino que cabalga en-el tiempo como el "deseo de convertirse en indio" de Kafka o el "impala nocturno" de Bolaño...y, con todo, es el último texto que lleva la firma del autor. Eso es escribir con un pie en el estribo. Así pues, ese último grito, más bien sordomudo, es una llamada salvaje del cuerpo, es un intento desesperado por legar una voz, o más bien un murmullo, un balbuceo, un tartamudeo. Es por ello que no es casual que los dos cuentos sean sobre animales. Hay una voluntad de sobrepasar el lenguaje humano a través de la violencia de lo pequeño, de lo ínfimo, de lo subterráneo, de todo aquello que asombra y repele del mundo de los ratones (algo que es visto por los dos escritores en un plano spinozista, como un experimento de etología aplicada). Como lo plantea el director de teatro español Alex Rigola: “El policía de las ratas es un texto sobre el derecho a ser diferente. “Bolaño parte de la comparación con el mundo animal para analizar al ser humano y el derecho a la singularidad y la particularidad. Es una defensa al espacio minoritario, pero que debe existir para el que es diferente”, cuenta a este periódico el director, que pone al poeta como el ejemplo de minoría diferente”. (Alex Rigola, en http://garciamadero.blogspot.com/2013/08/roberto-bolano-es-unico-inclusoentre.html. Consultado el 27 de agosto de 2013).


¿Y si la literatura fuera ahora, de Kafka a Kafka como decían Blanchot y Deleuze, un gran teatro integral de Oklahoma en el que ya no alcanza con describir lo humano, sino que es necesario experimentar con las fronteras de lo humano que comienzan y terminan en el cuerpo (lo que Deleuze llamaba la gran novela spinozista)? En su último texto, Bolaño le rinde un homenaje literario a uno de sus precursores, parafraseando a Borges. Al ir hacia los ratones, Kafka y Bolaño no buscan interpretarlo a través de leyes humanas, sino mirarlos y ser mirados como seres semejantes que nos hablan de esas fronteras invisibles de lo humano que sobrepasan la filosofía como lo planteaba, a la vez irónicamente en su último curso Derrida (el animal que estoy siendo...).


Una de esas fronteras es la voz. La voz humana enfrentada a la voz animal (algo que saben apreciar los pueblos que no ha perdido los rituales chamánicos). Pero los pueblos de la razón, de raza fría, territorializan al animal y desconocen la singularidad de la voz animal. El animal sabe de sonidos y de silencios. Sabe cuándo callar. Josefina la cantora, conoce el arte del canto no por sus habilidades histriónicas, sino por el dominio de sí misma. Sabe apreciar el silencio. Kafka, nos dice que: “Josefina en general habla poco, guarda silencio entre los charlatanes, pero el fulgor de sus ojos lo proclama y es posible leerlo en su boca cerrada; entre nosotros muy pocos son capaces de mantener la boca cerrada, y ella puede”. Kafka, 2003, p256). Retomemos en este punto la vieja pregunta spinozista, ¿qué puede un cuerpo? Kafka nos dice que Josefina puede callar. Parece poco, pero es esencial. Encontramos aquí la relación con la escritura. Es lo que Deleuze llamaba no-estilo o sobriedad del escritor: cuando un escritor no necesita alardear ni proclamar su supuesto gran arte sino que calla y escribe casi murmurando como si supiera que sí difícilmente pueden oírle, más bajo debe hablar. Se escribe para ser otro, sobre todo para no ser-escritor.


Me interesa estudiar la manera como Bolaño prolonga el cuento de Kafka en El policía de las ratas. El personaje principal de su cuento es el sobrino de Josefina, llamado José o Pepe el tira, un policía. Al inicio, Bolaño evoca a Josefina en estos términos: “Sabían de antemano que yo era uno de los sobrinos de Josefina la cantora...en mí se notaba el parentesco de sangre con ella...nadie entendía a Josefina, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz o fingía serlo...nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos de vez en cuando. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad” (Bolaño, 2010, p457).


Es lo que Blanchot llamaba la exigencia de la obra: el silencio, la soledad. Tanto Josefina como su sobrino entienden que el arte es algo excepcional y si bien tiene una estrecha relación con la vida cotidiana, no es un oficio útil para la comunidad, como lo señalan Kafka y Bolaño, sino que es algo ligado a lo infantil, a la contemplación, al juego, a la diferencia, al sueño. De allí el peligro que denunciaba desde el principio Platón. De allí la necesidad de ver el arte como algo absolutamente innecesario desde el punto de vista práctico: “el pueblo sueña...y en esos sueños resuena de vez en cuando el silbido de Josefina; ella lo llama cristalino, nosotros lo llamamos entrecortado; en cualquier caso, allí está en el lugar que le corresponde como no lo estaría en ningún otro, como raras veces encuentra la música el momento que la esta aguardando”. (Kafka, 2003, p 263).


El espacio de la obra, siguiendo de nuevo a Blanchot es ese gesto de lo "entrecortado" al que alude Kafka. Es lo que Blanchot llamará “el fragmento”, el gran tema que fisura y metamorfosea la filosofía francesa contemporánea, de Blanchot a Deleuze, pasando por Derrida y Nancy. Kafka entrevé el libro por venir, el gran libro del mundo que será agonístico y un sobreviviente del Desastre. Es como si Kafka estuviera escribiendo antes, durante y después del Desastre. Kafka es un testigo anticipado de lo que vendrá. Es lo que capta Bolaño, cuando define a Josefina con estas palabras: “de todos los artistas que hemos tenido o al menos de los que aún permanecen como esqueléticos signos de interrogación en nuestra memoria, la más grande, sin duda, fue mi tía Josefina. Grande en la medida en que lo que nos exigía era mucho, grande, inconmensurable en la medida en que la gente de mi pueblo accedió o fingió que accedía a sus caprichos”. (Bolaño, 2010, p 458).


Kafka y Bolaño, como “esqueléticos signos de interrogación en nuestra memoria”. Hay que pensar siempre en lo que nos exige pensar un artista, en lo que nos da a pensar, como sugería Deleuze. Pero este proceso se da sutilmente, a través de los murmullos de la última voz del escritor que le canta a la vida que se le escapa con todo el cuerpo... “La verdad es que todo esto no es dicho en tono grandilocuente sino con una voz suave, susurrante, confidencial, a veces un poco ronca. Por supuesto que es un silbido. ¿Por qué no habría de serlo? El silbido es la lengua de nuestro pueblo, sólo que más de uno se pasa la vida silbando y no lo sabe; aquí, en cambio, el silbido es liberado de las ataduras de la vida cotidiana y también nos libera a nosotros por un tiempo breve. Lo cierto es que no desearíamos perdernos esas Audiciones”. (Kafka, 2003, p 262).


Pero, recordemos que se trataba de un canto entrecortado y sólo “cristalino” para Josefina. Sin embargo, hay algo que podía entreverse en el canto de Josefina, nos dice Bolaño: “era una sombra temblorosa, seguida de unos chillidos extraños que constituían por aquella época todo su repertorio y que conseguían poner no diré fuera de sí, pero si en un grado de tristeza extrema a ciertos espectadores de primera fila, ratas y ratones de quienes ya no tenemos memoria y que fueron acaso los únicos que entrevieron algo en el arte musical de mi tía. ¿Qué? Probablemente ni ellos lo sabían. Algo, cualquier cosa, un lago de vacío" (Bolaño, 2003, p 458).


De esta manera, queremos terminar esta ponencia recordando las palabras de Hélène Cixous:


“Siempre he soñado con el último texto de un gran escritor. Un texto escrito con las últimas fuerzas, el último aliento...son un adiós sublime a la vida: no duelo, sino agradecimiento” (Cixous, 1995, p161).



Fuentes

  1. Blanchot, Maurice. De Kafka à Kafka, Folio, Paris, 1981.

  2. Bolaño, Roberto. “El policía de las ratas”, en Cuentos, Anagrama, Barcelona,

  3. 2010.

  4. Borges, Jorge Luis. Otras inquisiciones. Emecé, Buenos Aires, 1997

  5. Cixous, Hélène. La balsa de la medusa, Anthropos, Madrid, 1995.

  6. Deleuze, Gilles. Guattari, Felix. Kafka por una literatura menor, Ed Era, Mexico,

  7. 1979.

  8. Kafka, Franz. “Josefina la cantante”, en Obras completas Tomo III, Galaxia,

  9. Madrid, 2003


Autor: Alberto Bejarano (2013) / Pontificia Universidad Javeriana PUJ, Bogotá, Colombia /

otrasinquisiciones@hotmail.com


*Tomado del Archivo Documental “Cuerpos, sociedades e instituciones a partir de la última década del Siglo XX en Colombia”. Mallarino, C. (2011 – 2016). Tesis doctoral. DIE / UPN-Univalle.


Entradas Destacadas