Tomando medidas frente al “exceso”: la normativización del cuerpo y la alimentación


 

RESULTADO DE INVESTIGACIÓN: Proyecto de investigación: “La emergencia de las sociedades obesogénicas o de la obesidad como problema social” - Universitat Rovira i Virgili, CEICS Campus de Excelencia Internacional Cataluña Sur, Tarragona, España / Proyecto de investigación: “Comer en tiempos de crisis: “nuevos” contextos alimentarios y de salud en España” -Universitat Rovira i Virgili, CEICS Campus de Excelencia Internacional Cataluña Sur, Tarragona, España

 

Los comportamientos alimentarios y los cuidados corporales han sufrido importantes cambios en relación a las sociedades tribales y épocas anteriores. Las actuales concepciones de la comida y el cuerpo, ligadas a los procesos de individualización, medicalización y mercantilización intensificados durante los últimas décadas, nos hablan, de acuerdo con Petersen (2007: 2), de cómo la salud, la actividad física y, en definitiva, el cuidado de sí mismo se han ido convirtiendo no sólo en imperativos biológicos, sino sociales. En las sociedades industrializadas, se ha popularizado, cada vez más, la noción de vigilancia individual del peso corporal y del seguimiento de dietas animados por dos procesos diferentes, pero estrechamente vinculados entre sí. En primer lugar, por el establecimiento del normo-peso corporal y el reconocimiento de la obesidad y de los trastornos alimentarios como enfermedades. En segundo lugar, por la construcción de la delgadez corporal como un atributo de salud, de disciplina y de distinción social, de tal forma que estar delgado, aunque pueda relacionarse con dolencias específicas, deja de ser un signo de enfermedad y pobreza para constituir un lugar de producción de nuevos significados. Veamos a continuación los más relevantes.


La normalización dietética y corporal: qué comer, cuánto pesar


En los procesos históricos relacionados con la construcción del normo-peso y la delgadez corporal la ciencia y el mercado han jugado un papel central. El régimen moderno ha estado vinculado a un movimiento histórico más amplio de regulación y control social de las conductas humanas a través de la normalización dietética y corporal (Gracia, 2007: 3) que ha contribuido a primar las funciones biológicas de los alimentos a lo largo del tiempo y, dada la influencia de la medicina occidental en otros sistemas médicos, también del espacio. Que la interpretación biomédica haya enfatizado los aspectos fisiológicos en detrimento de los sociales responde a una lógica que se ha ido construyendo al compás de la medicalización de la alimentación, cuyos orígenes se remontan a los tratados hipocráticos que, refiriéndose al cuidado del cuerpo y la salud, hicieron célebre en la Antigüedad clásica la máxima de que tus alimentos sean tu medicina. En adelante, la aplicación de las normas dietéticas pretendió sustituir una buena parte de los motivos pragmáticos o simbólicos sobre los cuales se articulan la selección y el consumo alimentario por otros de interés médico (Poulain, 2002:194), teniendo en cuenta que éstos, a su vez, están determinados por constreñimientos socieconómicos y políticos. Por influencia de la teoría mecanicista, esta tendencia se acentuó durante los siglos XVII y XVIII prestando más atención a las cualidades sanitarias de los alimentos. El conocido físico inglés George Cheyne (1733, en Turner 1982) asumió la metáfora mecánica del cuerpo –instrumento formado de circuitos y flujos- para explicar que la comida constituía el combustible que abastecía la máquina humana y afirmar que la dieta rica, es decir, la consumida opíparamente por las elites constituía el origen de numerosas enfermedades y, por tanto, había que modificarla.


Coincidiendo en los países occidentales con el incremento de la producción alimentaria y la distribución menos desigual de los alimentos, en el siglo XIX la prescripción de límites al consumo excesivo se generalizó a través de sucesivas reformas alimentarias. Durante este período se manifestó con fuerza lo que Mennell ha denominado el proceso de civilización del apetito siguiendo la propuesta de Elías (1985: 323). Dicho proceso, producido a lo largo de varios siglos, supuso la modificación de las pautas del comportamiento siempre, según este autor, en una dirección determinada: la civilización paulatina se fue plasmando en un cambio progresivo del ejercicio de constreñimientos principalmente externos (ecológicos, económicos, simbólicos) hacia el desarrollo de constreñimientos internos, los cuales fueron ejercidos por las personas sobre sí mismas (dietas, higiene). Así, por ejemplo, en las áreas de influencia protestante, y en general cristiana, las recomendaciones dietéticas pasaron a formar parte de un reclamo ético. Según éstas, el cuidado del cuerpo era una responsabilidad moral estableciéndose, de acuerdo con Turner (1999), una afinidad paralela entre la gestión facultativa de la dieta y la expansión del capitalismo: la disciplina y la restricción evitaba la gula entre las elites y una nutrición suficiente mantenía a los trabajadores como mano de obra activa.


A principios del siglo XX, mientras que para la mayoría de la población la delgadez era todavía un signo de salud enfermiza y pobreza, para el colectivo médico la corpulencia ya empieza a verse como algo patológico, recomendando no sólo el consumo moderado de comida entre las clases altas sino los estándares de peso y altura, que fueron decisivos en la idealización de la figura humana (Brumberg 1988: 236). Ahora bien, si desde el principios del siglo XX los países que lideraron la denominada Era del progreso -EEUU, Alemania, Gran Bretaña o Francia- promovieron la responsabilidad frente a la obesidad tanto entre hombres como entre mujeres ¿por qué estas últimas van a interiorizarla de forma más estricta?. La respuesta no es sencilla, pues tiene que ver con las formas de movilidad social, con los modelos de socialización de los géneros y con los usos dados a la comida y el cuerpo por cada uno de ellos. En efecto, aunque la atención sobre los cuidados corporales masculinos discurren paralelos, las presiones culturales, económicas y políticas se incrementan progresivamente sobre el control y la imagen corporal femenina: el cuerpo ideal se vuelve más alto en talla y más ligero en peso, mientras que se pone énfasis en la actividad física y la gimnasia. Cualquier adiposidad, desafiando la propia idiosincrasia física, va a ser proscrita.


En estos momentos se produce la convergencia en torno al cuerpo delgado de los intereses médicos, estéticos y de mercado, de forma que la gordura se considera ya como una enfermedad, aumentando su estigmatización social por ser insana y sinónimo de glotonería y pereza, y la delgadez, por el contrario, se asocia a la salud y, en el caso de las mujeres sobre todo, también a la disciplina y la distinción. Las evaluaciones positivas y negativas del físico se han proyectado, por inferencia, a los patrones típicos de conducta correlacionados con atributos morales de autocontrol y autoindulgencia, respectivamente. Ahora bien, aunque esto pueda resultar cierto, no deja de ser secundario para poder explicar el ideal de la delgadez propia de los últimos cien años, cuando la mayoría de la población ha tenido los medios y la oportunidad de estar gorda. Sólo entonces, las clases altas, y posteriormente las medias, eligen distinguirse de las clases trabajadoras adoptando este ideal corporal (Bourdieu, 1988: 188). Porque, efectivamente, la delgadez adquiere un valor estético primero entre las mujeres de las clases altas al ser promovido por la alta costura, quienes, por otro lado, ya habían hecho del “comer poco” una virtud de clase. Esta es una cuestión relevante ya que confirma el cuerpo delgado –disciplinado, contenido- como instrumento para la ascensión social.


Se sabe, que los bienes son usados no sólo para satisfacer necesidades o deseos sino para clasificar a las personas entre sí y establecer formas de diferenciación social, tanto a través de la distribución diferencial de los recursos materiales desplegados por el sistema productivo, como en función de los recursos simbólicos que movilizan. Cuando el sistema capitalista, a partir de mediados de siglo pasado, diversifica las mercancías y los servicios producidos y abarata relativamente sus costes, las mujeres de diferentes clases sociales, incluidas las populares (Moreno 2005), y paralelamente cada vez más hombres, empiezan también a usar esos bienes y, además, los recursos simbólicos que éstos han ido generando. La comida o, mejor dicho, su evitación, el ejercicio físico y otros recursos relacionados con el body-building, como los fármacos, los productos dietéticos o la cirugía se convierten en las herramientas de control que, en teoría, tendrán que permitir alcanzar o dar respuesta a este apremio social[1]. Porque tampoco es delgado quien quiere, sino quien puede.


Cabe preguntarse, entonces, por las consecuencias de haber convertido el peso corporal en problemático, así como la delgadez y la gordura en un negocio más. Uno de los efectos inmediatos ha sido constatar, desde la biomedicina, el aumento de dolencias tan dispares, pero a la vez tan próximas, como la obesidad o la anorexia nerviosa. Si bien el comer en exceso o consumir productos adelgazantes o inhibidores del apetito es bueno para la salud de la industria alimentaria, cosmética o farmacéutica, no parece serlo tanto para la salud física o mental de las personas, particularmente mujeres, que, considerándose o siendo consideradas enfermas o estando en los límites –o fuera de ellos-de la normalidad del peso corporal, se ponen en manos de los clínicos, los cuales atienden a sus pacientes/clientes a menudo dentro del circuito de las centros privados, ya que la sanidad pública no da abasto (Gracia, 2002: 353). Otras veces ni eso: la profusión mediática y los reclamos de los industriales ofrecen toda suerte de auto-tratamientos para velar por la salud, por el cuerpo y cada vez más por el alma, avalados por expertos o sin mediar especialista alguno. Unos y otros, de diferentes formas y con distintos intereses, trabajan en y para la construcción de la gordura en tanto que enfermedad y estigma.


Engordar, adelgazar, enfermar…


Desde que la obesidad ha sido asociada con el incremento de la morbilidad y mortalidad y a enfermedades crónicas no transmisibles como la diabetes, hipertensión o problemas cardiovasculares, entre otras, y el Índice de Masa Corporal (IMC)[2] se ha establecido, no sin polémica (Sobal 2001, Basdevant 2004), en el indicador científico más utilizado para definirla, se está instruyendo a toda la población mundial –al margen de su obvia heterogeneidad biosocial-para que procure mantenerse en los límites de su IMC porque hoy estar gordo se ha convertido en sinónimo de estar enfermo. En efecto, definida como una acumulación excesiva o anormal de grasa, la obsesidad se ha reconocido como enfermedad “global”, “epidémica” y “plurifactorial”. Según la OMS más de mil millones de personas adultas tienen sobrepeso y, de ellas, al menos 300 millones son obesas. En tanto que no sólo aumenta la morbilidad si no que dispara los costes asistenciales, se ha convertido en uno de los mayores problemas de salud pública mundial. También es problemática en España[3], ya que de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud 2006[4], el 52,7% de la población adulta y el 27,6% de la población infantil presentan sobrepeso u obesidad. Ambos se entienden como una consecuencia directa de las mutaciones sociales en general y del empeoramiento de los alimentarios en particular.


Dicha consideración ha dado lugar a que los expertos sanitarios destaquen, una vez más, la importancia de la relación entre salud y cultura y establezcan como la causa principal de su incremento el “ambiente obesogénico o tóxico” favorecido, según ellos, por la profusión alimentaria y los preocupantes estilos de vida (Tojo y Leis, 2006: 5). Para contrarrestar sus efectos, proliferan las guías y los estándares de buena alimentación que tratan de normativizar, apelando a las conductas individuales, los modos de vida con un mismo objetivo: la promoción de la salud mediante el seguimiento de una dieta equilibrada –comiendo menos y de forma variada-y la práctica de ejercicio físico regular –moviéndose más-. Se advierte a la población de que, para evitar la obesidad, hay que prescindir de las motivaciones no racionales que guían las preferencias alimentarias, porque una vez instaurada se convierte en una enfermedad de difícil tratamiento dada la tendencia de las personas obesas a ganar peso y a mostrar falta de interés o voluntad para hacer dieta o ejercicio para perderlo.


Aunque en el ámbito sanitario hay nutricionistas que intentan tratar al paciente como un ser global al adaptar sus consejos a su particularidad biopsicosocial (Gracia 2007: 4), son muy frecuentes las recriminaciones relativas a las conductas alimentarias en razón de sus dimensiones morales, haciendo sentir a los sujetos faltos de criterio –o de competencias- e irresponsables: “con frecuencia… cuando no nos sentimos bien lo compensamos comiendo y bebiendo, aunque no tengamos apetito y en contra de nuestro raciocinio y nuestra salud”(NAOS, 2005: 11). A la hora de prescribir dietas de adelgazamiento, numerosos facultativos consideran que los portadores de la anomalía –el exceso de grasa- son responsables de su disfunción: si usted está obeso es porque no sabe o no quiere comer bien. En el caso de que las personas gordas sean niños, esta responsabilidad se traslada con facilidad a los progenitores, como ha sucedido recientemente en Gran Bretaña, cuando la madre de Connor McCreaddie, un niño de 9 años y 89 kilos de peso, ha estado a punto de perder la custodia de su hijo acusada de “negligencia”.


A nivel institucional, son escasos los análisis hechos sobre las causas socioculturales que están en el origen de ciertos comportamientos alimentarios y faltan reflexiones sobre las dificultades para implantar, en una cotidianidad pautada por imperativos múltiples, la rutina que exigen los consejos dietéticos (Ascher 2005: 157). Las autoridades sanitarias se contentan con declarar la guerra contra la obesidad advirtiendo a las personas cuyo IMC sobrepasa la normalidad de ser futuras víctimas de la hipertensión, la diabetes o el infarto (NAOS, 2005: 8), promocionando campañas contra el peso excesivo o las “dietas milagro” y creando en las web oficiales sitios para difundir información de las nefastas consecuencias de seguir regímenes “poco rigurosos y científicos” y ofrecer consejos sobre la forma saludable de perder peso[5].


Pero ¿cómo demandar no hacer dieta en una sociedad que ha hecho del régimen alimentario no ya una acción sino un estado?. Si hasta la década de los cincuenta, incluso sesenta, para las clases trabajadoras, una buena alimentación era, ante todo, una alimentación nutritiva, es decir, sobre todo abundante y saciante, hoy, sin embargo, la mayoría de la población piensa que "come demasiado" porque, en buena medida, las recomendaciones nutricionales insisten en que se debe “comer menos” de ciertas sustancias (grasas y azúcares simples). La misma publicidad de los productos nos ofrece claves para entender una parte de este proceso[6], en el que la industria alimentaria, ayudada por las innovaciones científicas y tecnológicas, también ha jugado un papel importante. Es la creadora, por excelencia, de la retórica del bienestar y la responsable principal de la mercantilización semántica del término de salud, bajo el cual cabe todo: placer, belleza, conveniencia, equilibrio mental… (Díaz Rojo, Morant y Westall, 2006: 154). Los productos light o sin -colesterol, grasas trans, azúcar, alcohol…- son uno de los muchos ejemplos. “Grasas”, “azúcares” y “calorías” se constituyen en enemigos de nuestra salud y de nuestra línea. Del mismo modo, los productos con –fibras, fermentos lácticos, minerales, ácidos grasos…-, representan hoy una nueva generación más de los productos-salud, cuya finalidad es protegernos de o prevenirnos ante ciertas enfermedades.


La preocupación cuantitativa, el temor de que no alcance la comida, ha retrocedido y la preocupación dominante es antes de carácter cualitativo. La cuestión crucial es saber qué consumir y en qué proporción; una cuestión poco simple debido, por un lado, a la profusión normativa sobre lo que es bueno o malo para comer y, por otro, a los contradictorios intereses generados por el mercado de la salud. Por una parte, la medicina, durante decenios, ha prescrito a la población que adelgace y hoy los datos epidemiológicos sobre el aumento del sobrepeso y la obesidad son leídos por los expertos sanitarios como síntomas de que la sociedad industrializada va mal (Gard y Wright, 2005: 2), asimilándose como evidente que la grasa mata, que la obesidad es en sí misma patológica y que todos los obesos son o serán forzosamente enfermos (Campos 2004: 4). Por otra parte, cada vez más psiquiatras y nutricionistas condenan el culto excesivo de la delgadez femenina, suscitada y mantenida, según ellos, por la cultura de masas, y advierten contra los efectos nefastos de los regímenes descontrolados y su relación con el aumento de los trastornos alimentarios. Algunos proponen, incluso, reglamentar las representaciones del cuerpo femenino en los medios de comunicación e intervenir, como ha sucedido en España, en la vigilancia del peso y el aspecto saludable de las modelos de las pasarelas[7]. Como si eliminando el síntoma, la delgadez extrema, se acabara con las causas que generan el malestar.


Sin embargo, estas reglamentaciones políticas a favor del normo-peso poco pueden hacer frente al boyante mercado centrado en el cuidado de sí mismo (Hubert, 2004: 8). Éste es el que ha motivado profundos cambios culturales y es el combustible del que se alimentan numerosas empresas. Es evidente que los intereses de un sinfín de negocios están en la base de no pocos deseos por cambiar nuestra apariencia física y mantener la calidad de vida. El cuerpo ya no se manipula principalmente a través de la comida-dieta, hoy un sinfín de industrias y, en particular las farmacéuticas y biotecnológicas, no solo la complementan sino que la suplen en vistas de promesas a mejorar el estado de salud o transformar nuestro aspecto. El cuerpo se cuida/cultiva mediante fármacos y productos cosméticos, con tecnología de body building y, más recientemente, con reconstrucción quirúrgica[8]. Recreándose en la exhibición estética como fuente de bienestar, el mercado de la lipofobia y obesogenia ha dirigido sus reclamos no sólo a las féminas, sino a los varones. Se han ideado los argumentos para que éstos se preocupen más por su apariencia y necesiten o deseen los mismos o parecidos productos y servicios que las mujeres[9], adaptando los reclamos a todos los estereotipos posibles con los que los hombres puedan identificarse.


Por todo ello es tan difícil discriminar en los discursos biomédicos qué hay de interés por la salud y qué por el lucro. Los médicos racionalizan con argumentos científicos la producción de valores relativos al cuerpo físico sano dentro de sus intentos por convertirse en ingenieros sociales e intelectuales orgánicos de lo que algunos llaman el biopoder(Foucault 2002). Sin embargo, la asunción por la ciudadanía de los saberes biomédicos –hoy nadie discute las normas higiénicas- ha llevado a que el mercado utilice en su favor esos discursos expertos – prescindiendo de los profesionales o empleándolos como legitimadores-, para deconstruir y reconstruir permanentemente significados que alimenten la producción de bienes y servicios dirigidos al cuidado del cuerpo de todas las edades y géneros.


Reflexión final


Mientras unos hablan de sociedades obesogénicas, otros lo hacen de sociedades lipófobas. En cualquier caso, y a pesar de la aparente contradicción, ambos términos sirven a sanitarios y autoridades para señalar el “entorno” (o la cultura) como el principal causante de estos males. Ahora bien, referirse al entorno cuando se trata de buscar las causalidades y/o responsabilidades de ciertos problemas de salud, como la obesidad o los trastornos alimentarios, significa no definirlo como una especie de nebulosa abstracta y compleja (y por tanto difícilmente abordable), sino aprehenderlo en tanto que organización misma de una sociedad y en tanto que fruto de procesos históricos dinámicos y de amplio alcance (Gracia 2007).


En las sociedades contemporáneas, ello significa tratar de comprender los condicionantes económicos y políticos que asociados a un capitalismo de consumo afectan, aunque diferencialmente, a todo y a todos: el acceso a los recursos, las relaciones de género, las formas de entender la enfermedad o los cuidados del cuerpo. Porque si bien es cierto que el estamento médico ha alentado la evitación de la gordura en favor de la salud, la industria ha generado innumerables negocios utilizando la excusa del cuidado de uno mismo. El mercado está inundado de tallas minúsculas de ropa, de productos alimentarios de dudosa calidad nutricional y de prescripciones médicas que incentivan, indiscriminadamente, el seguimiento de dietas y el consumo de fármacos adelgazantes pudiéndose intuir, sin excesiva dificultad, su relación con la aparición o aumento de estas aflicciones.


Por otro lado, hemos visto a lo largo de estas páginas que los fines que hoy sustentan las diferentes formas de ayuno y hartazgo son sólo relativamente nuevos. Se recurre a la comida y el cuerpo, una vez más, para clasificar, regular y controlar a las personas, y estas prácticas -más o menos indisciplinadas- devienen respuestas más que probables en un orden social empeñado en animar la delgadez y recriminar la gordura. Lo que sorprende sobre la incidencia de la obesidad, no así en los trastornos alimentarios, es que haya aumentado a pesar de que los modelos estéticos favorecen el menosprecio por la gordura, a pesar del esfuerzo educativo que las autoridades sanitarias han emprendido para enseñar hábitos de vida saludable y, a pesar de que las industrias del sector no han mermado esfuerzos en ofertar productos, muchos de ellos controladores del peso. Sin embargo, la explicación se encuentra, al menos en parte, en la construcción de contextos discursivamente tan poco propicios para la gordura, pero prácticamente tan alentadores. No son pocos los estudiosos que advierten de las consecuencias producidos por las reiteradas recomendaciones médicas, las presiones comerciales y apremios sociales para evitar el sobrepeso y la obesidad, que ha llevado a la población, desde edades muy tempranas, a hacer dietas y entrar en un círculo vicioso de pérdida y recuperación del peso y por las consecuencias la transformación de una sociedad que, estructuralmente, requiere ocupaciones cada vez más sedentarias pero también más diversificadas, donde seguir la rutina que exigen los consejos dietéticos se hace muy difícil.



Bibliografía


  1. ASCHER, F. (2005) Le mangeur hypermodern, París,Odile Jacob.

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  12. HUBERT, A. (2004) “Introduction”, Les Cahiers de l’OCHA, nº 10, p. 5-11.

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  15. NAOS (2005), Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad, Agencia Española de Seguridad Alimentaria, Madrid.

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  18. POULAIN, J.P. (2002), Manger aujourd'hui. Attitudes, normes et pratiques, Toulouse, Éditions Privat.

  19. SOBAL, J. (2001): “Commentary: globalization and the epidemiology of obesity”, International Journal of Epidemiology, 30, p. 1136-1137.

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  21. TURNER, B.S (1999) “The discourse of diet”, en FEATHERSTONE, et al. (eds.), The body, Londres, Sage Publications.

  22. TURNER, B.S. (1982) “The Government of the Body: Medical Regimens and the Rationalization of Diet”, The British Journal of Sociology, 33, 2, p. 254-269.



[1] En cualquier caso, no debemos olvidar que existen en el mundo formas de delgadez o gordura que nada tienen que ver con el interés por manipular el cuerpo de acuerdo a normas sociales o médicas estrictas. En contextos de carencia alimentaria son estados corporales que ocultan o delatan pobreza.


[2] El IMC o Índice de Quetelet (1835) es igual a la masa en kilogramos dividida por el cuadrado de la estatura en metros. El IMC o Índice de Quetelet (1835) es igual a la masa en kilogramos dividida por el cuadrado de la estatura en metros. El IMC o Índice de Quetelet (1835) es igual a la masa en kilogramos dividida por el cuadrado de la estatura en metros.


[3] En España, según el informe NAOS (2005), los costes directos e indirectos asociados a esta enfermedad se estiman en un 7% del gasto sanitario total, es decir, alrededor de 2.500 millones de euros anuales.


[4] Datos disponibles en http://www.msc.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaNacional/encuesta2006.htm.


[5] Véase un ejemplo en http://www.aesan.msc.es


[6] Un análisis diacrónico de la publicidad alimentaria española muestra claramente esta contradicción: la promoción de la abundancia en época de escasez y de la restricción ante la abundancia.. En los años de la posguerra, el énfasis en comer mucho parecía querer contrarrestar las penurias del momento: "para que sus hijos estén rollizos", "ábrales el apetito", "para fortalecerles déles una alimentación completa a base de proteínas...". Treinta años después, la publicidad ya refleja el triunfo de un modelo alimentario basado en ideas relativas a la dieta equilibrada: “mitad de calorías cuida tu línea”, “vigilar la ingestión de calorías es procurarse una vida más sana”, “cero en química”… (Gracia, 1996: 193).


[7] Su contratación se ha limitado a chicas cuyo IMC esté entre 18-25 y se ha prohibido maquillajes que den apariencia insana. El Ministerio de Sanidad y Consumo ha firmado un acuerdo con empresarios y modistos para homogenizar las tallas y promover una “imagen femenina saludable”. Esta acción, sustentada en un estudio antropométrico con 8500 mujeres entre 12 y 70 años, determinará los perfiles biométricos “normales” y las tallas de las maniquís de plástico.


[8] España es el país europeo donde se realizan más intervenciones de cirugía estética. En 2006 hubo 400.000 operaciones, de las cuales un 20% se hicieron en hombres (Sdad. Esp. de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética).


[9] Un estudio sobre consumo de cosméticos hecho en España advierte que aunque las ventas de productos masculinos son más bajas y su variedad menor, han aumentado considerablemente en la última década. Actualmente, un 43,7% de hombres utilizan hidratante corporal, y un 30,5% facial. Se han aficionado a exfoliantes corporales (15%) y faciales (17,7%), y acuden cada vez más a centros de belleza y estética (disponible en http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/362).




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