Jóvenes excéntricas en el rock: cuerpo femenino en el escenario rockero de ...

 

RESULTADO DE INVESTIGACIÓN: Resultado de dos investigaciones, la primera realizada en mis estudios de doctorado, que dio como resultado la tesis “Cuerpo de mujer en los escenarios del rock tijuanense” (2013), y la segunda es resultado de la investigación posdoctoral “Autorrepresentación del cuerpo de mujer en el rock: análisis comparativo de jóvenes rockeras de Tijuana y el Distrito Federal” (2014) - Colegio de la Frontera Norte (COLEF) / merarit_alip@hotmail.com

 

RESUMEN:


El presente artículo tiene como objetivo visibilizar cómo en el rock algunas “jóvenes excéntricas” resignifican la representación de su cuerpo de mujer mediante actos de agencia en el escenario rockero de Tijuana y la Ciudad de México. Su excentricidad responde a su posición dentro de la normatividad de género, que las representa en un deber ser “mujer joven en el rock”. A pesar de que el rock ha sido considerado históricamente como un “espacio alternativo” y de contracultura juvenil, cuando éste es analizado desde una perspectiva crítica de género se muestra dominado por símbolos principalmente masculinos. En el presente trabajo se rastrean algunas estrategias de negociación que las jóvenes adoptan en el diálogo entre la representación y su autorrepresentación en el rock como mujeres y jóvenes excéntricas.


PALABRAS CLAVE: mujeres, género, cuerpo, rock y juventud.



Entre las pocas ventajas [de ser rockera] que puedo notar es que es más colorido el rock and roll femenino. O sea, en cuestión de un escenario, cuando tú te paras en un escenario y tocas y cantas rock and roll por automático brillas, porque tienes una esencia distinta a la que tienen todos los hombres […] Es hasta cierto punto un poco morboso el ir a ver a una chica tocar rock.

Dementia Sinner[1]



EL ROCK ES POLÍTICO Y SEXUAL. COMIENZO ESTA AFIRMACIÓN SIN EXPLICACIÓN ALGUNA, pues este artículo encierra en sí mismo una intención primigenia: mostrar cómo en el rock algunas “jóvenes excéntricas” hacen visibles momentos y situaciones que resignifican la representación del cuerpo, su cuerpo, femenino.[2] La excentricidad que muestran responde a normatividades que las definen, estereotipan y encierran en un deber ser mujer y joven en el rock: ser una “rockera”. Regreso entonces a mi afirmación tajante: sí, el rock es político y sexual, y es que desde su nacimiento éste ha simbolizado no sólo la manifestación artística musical, sino también un espacio donde existen producciones culturales políticas juveniles y de género.[3] La palabra rock and roll[4] era un modismo de la jerga afroamericana utilizado para referirse a los movimientos corpóreos vinculados con la sexualidad, el erotismo y la seducción (Palacios, 2004). Aunado a ello, las bases musicales del rock —soul, gospel, jazz y blues— fueron sonidos acompañados de letras/líricas utilizadas como respuesta de la población afroamericana estadounidense al racismo del Estado y a la sociedad de los años cuarenta y cincuenta (Agustín, 2007; Valenzuela, 1999).


Sin embargo, a pesar de que el rock tiene un origen político y sexual “transgresor”, también es dominado por símbolos masculinos (McRobbie y Garber, 1997; De la Peza, 2008 y 2013; Urteaga, 1996 y 1998; Viera, 2008 y 2013) que generan prácticas y discursos basados en dinámicas en las que la normatividad de género se visibiliza en representaciones femeninas y masculinas. Por ello, cuando a Dementia le pregunté cuáles eran las ventajas de ser rockera, respondió que una de ellas consistía en ser distinta a los hombres, “brillar” distinto a ellos. Esto tiene dos posibilidades de interpretación: la primera, en función a ser estratégicamente consciente de lo que provoca la condición de mujer en un contexto público y masculino y, la segunda, a que dicha condición en un espacio no destinado normativamente a lo femenino es “morbosa”.


El rock como fenómeno cultural se ha analizado desde distintas disciplinas socioculturales, que han visibilizado cómo en él se entraman una serie de símbolos que cobran sentido mediante prácticas y discursos que lo vinculan a actitudes y prácticas de “rebeldía”, alternativas y contraculturales, consideradas principalmente juveniles.


Mediante el rock and roll, que nació a mediados de los cincuenta del siglo pasado, las mujeres y hombres jóvenes buscaron oponerse frente a la generación de sus padres, pero también querían mostrar su desacuerdo con la vida que definía el Estado.


De esta manera, encararon una cultura considerada dominante y crearon al mismo tiempo una “alternativa”. En el rock, el “halo” de la alternatividad o de la contracultura —contrainstitucional— (Roszack, 1980; Agustín, 1996) es una de sus principales características. Pero, cuando se analiza este fenómeno desde una perspectiva crítica de género, es posible cuestionar ese carácter “rebelde” y “alternativo”, pues se hacen evidentes diversas complejidades que develan relaciones de poder fomentadas y sostenidas por representaciones de sujetos femeninos y masculinos (De Lauretis, 1996), ya que casi siempre las expectativas hacia una joven rockera es que sea “sensual y rebelde” (atributos relacionados con su cuerpo), mientras que en el caso de un joven se prioriza su capacidad de tocar un instrumento o “hacer música” (atributos relacionados con la habilidad) .


Uno de los trabajos pioneros sobre rock y mujeres es el de Frith y McRobbie (1990), donde los autores revelan, desde una crítica feminista, cómo el fenómeno cultural rockero presenta asimetrías entre mujeres y hombres que son sostenidas por símbolos masculinos y hacen del rock, un cock rock (rock fálico). Dichas asimetrías se muestran cuando las mujeres jóvenes, al formar parte de una banda de rock, son representadas como “muy femeninas y sensuales”, o bien son masculinizadas para ser reconocidas como parte de la banda. Estos autores también aseguran que constantemente las rockeras siguen siendo asociadas con la domesticidad —una sexualidad vinculada con el amor, e incluso con el matrimonio—, mientras que los hombres se asocian con la sexualidad libre.


En este sentido, afirmo que el rock es una tecnología de género (De Lauretis, 1996) que lleva consigo la producción de representaciones femeninas y masculinas, adaptadas al contexto, que conllevan prácticas y discursos que le dan sentido como cultura juvenil “rebelde”. Es así como entiendo el género, siguiendo a Teresa de Lauretis (1996), como la representación que se ha construido a partir de la diferencia sexual y sobre bases heterosexuales —binarias—, en un sistema semántico contenedor de acuerdos culturales y valores que son sostenidos por tecnologías de poder. Estos acuerdos inevitablemente tienen efectos en las actitudes y en los cuerpos de los sujetos.





[1] Dementia Sinner (Mimi), a sus 26 años es vocalista de la banda de punk rock filoso Las Navajas. Entrevista realizada en México D.F., en enero de 2014.


[2] Este artículo es resultado de dos investigaciones, la primera realizada en mis estudios de doctorado, que dio como resultado la tesis “Cuerpo de mujer en los escenarios del rock tijuanense” (2013), y la segunda es resultado de la investigación posdoctoral “Autorrepresentación del cuerpo de mujer en el rock: análisis comparativo de jóvenes rockeras de Tijuana y el Distrito Federal” (2014).


[3] Y debería agregar de clase. En este artículo no profundizo en un análisis de clase; sin embargo, es necesario mencionar que, en el rock, como fenómeno cultural y espacio de interacción juvenil, la clase es un factor que está presente en la complejidad que integra tanto al contexto, como a las y los sujetos del tema expuesto.


[4] Palacio (2004) lo traduce como “rodar de las rocas”; sin embargo, de manera literal sería “mecer y rodar”, de ahí su significado y correlación con el ejercicio sexual.



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