EL CUERPO RELICARIO: MÁRTIR, RELIQUIA Y SIMULACRO COMO EXPERIENCIA VISUAL



La concepción cristiana consideraba que el cuerpo, aunque primordial en el plan de salvación, era el principal móvil del pecado por estar sujeto a lo pasional y lo terrenal. Así, el cuerpo como «abominable revestimiento del alma» según san Gregorio Magno (Le Goff, 1995: 18) debía ponerse al servicio de Dios a través de la penitencia, el ayuno, el castigo o el suplicio en defensa de la fe, para que se transformara en testimonio de lo divino. De este modo se consideraba que los cuerpos de los santos al morir, conservaban la gracia divina y las virtudes que habían poseído durante su vida, condición especial que se manifestaba a través de los milagros que obraban sus restos, convertiéndose en fuente de vida y receptáculo de lo sagrado (Gélis, 2005: 84).


La reliquia, del latín reliquiae, es la continuación de la veneración a los santos, la prueba de su presencia en la tierra y el medio por el que manifestaban su santidad a través de milagros y efluvios sanadores. De este modo, sus restos corpóreos y pertenencias se convertían en objetos codiciados ya que poseer los equivalía a ser acreedor de beneficios físicos y espirituales, lo que los hizo sujetos de disputas, robos y falsificaciones.


Para el común de la gente las reliquias era la continuación tangible de la presencia de los santos en este mundo (Geary, 1994: 219) el puente entre el mundo espiritual y el terrenal. Para conservar, exhibir y trasladar las reliquias se utilizaron los relicarios. Sus formas se han modificado dependiendo del periodo de su producción y de las necesidades de la sociedad que veneró las reliquias contenidas en ellos, por ejemplo las urnas-relicario de la Edad Media, los bustos del Renacimiento y otras variantes como ostensorios, lipsanotecas, altares-relicario, cajas, etc. Dentro de todas estas variantes destaca el cuerpo relicario (Sánchez Reyes, 2004: 241), un objeto escultórico creado para resguardar las osamentas consideradas como pertenecientes a santos mártires que fueron extraídas de las catacumbas romanas entre los siglos XVI y el siglo XIX. A diferencia de otros relicarios cuyas fomas están determinadas por funciones como la exhibición, el resguardo y la transportación de la reliquia, el cuerpo relicario reproduce la imagen de un cuerpo humano completo en posición yacente,configuración que le permite ser sujeto de lecturas más allá de su aspecto funcional como recipiente de restos santos. Si la función asignada a una imagen está relacionada con su forma y su apariencia (Gombrich, 2011: 7), la intencionalidad tras la creación de éstos relicarios escultóricos encierra un discurso construido para dar un mensaje al espectador, utilizando recursos que van desde la manera de representar al cuerpo y la integración de las reliquias en él, hasta los materiales de elaboración y los atributos que lo acompañan [fig. 1].

Fig. 1. San Satrapio. Basílica Catedral de Puebla de los Ángeles, México. S. XIX.


LOS MÁRTIRES DE CATACUMBA


Para el cristianismo es llamado mártir (del latín martyr) todo aquel que padeció en defensa de su fe y dio testimonio de ella a través de su muerte. Su martirio se consideraba la renovación del sacrificio de Cristo en la cruz y por ello fue considerado su prototipo provenía de la imagen del Dios víctima que se sacrificó para que sus hijos quedaran liberados de la esclavitud (Rubial, 2011: 171). Aunque a lo largo de la historia del cristianismo existieron diversos periodos en los que se persiguió a sus adeptos, fueron las víctimas del Imperio Romano o mártires de los primeros siglos, quienes sirvieron para establecer el modelo idealizado del mártir que exaltaba la intrepidez, voluntad, paciencia y nobleza además de su triunfo sobre la muerte (González Fernández, 2000: 167).


El nacimiento de la veneración a las reliquias de los mártires está asociado a los lugares de enterramiento de los cristianos de los primeros tiempos, las catacumbas. Estas galerías subterráneas eran utilizadas como lugares de reunión con derecho de asilo, pues el derecho romano tenía prohibido el contacto con los muertos y le otorgaba carácter de inviolable a cualquier sepultura, con independencia del credo religioso.


Los datos más antiguos de culto en estos subterráneos corresponden al pontificado del Papa san Ceferino, alrededor del año 199. Las catacumbas importantes se concentraban en vías como la Vía Salaria Nueva o la Vía Appia Antica y destacan las de San Calixto, San Sebastián, Domitila, Priscila, Santa Inés, San Lorenzo, San Pancracio y santos Marcelino y Pedro. El nombre lo tomaban de los propietarios originales o adoptaban los nombres de los mártires más célebres enterrados en ellas. Las catacumbas romanas, tras su caída en desuso en torno a la segunda mitad del siglo VI, permanecieron ocultas por un largo periodo, hasta que en 1578 un derrumbe de tierra que se produjo en la Vía Salaria, descubrió el Cementerio de los Jordanes, confundido en inicio con el Cementerio de Priscila (Mâle, 2002: 216). Aunque otro derrumbe volvió a sepultar estos subterráneos, se redescubrieron otras vías catacumbales y cementerios que comenzaron a estudiarse por medio de expediciones arqueológicas.


Autores como Antonio Bosio, Pauli Aringhi, Marco Antonio Boldetti, Giovanni Gaetano Bottari, Leonardo Adami y Giovanni Battista de Rossi, entre otros, publicaron entre 1634 y 1850 extensas obras dedicadas a describirlas en el aspecto histórico, arquitectónico y arqueológico. A la par del estudio de las vías catacumbales y sus características arquitectónicas y arqueológicas, se empezaron a excavar los lóculos contenidas en ellas, las cuales se interpretaron como tumbas de mártires de los primeros siglos del cristianismo. Esta abundancia de osamentas propició su invención como reliquias de santos mártires, lo que generó diversas discusiones acerca de su autenticidad. Para determinar qué restos pertenecían a santos mártires se fundó en 1667 la Sagrada Congregación de Indulgencias y Reliquias y a un año de su creación se promulgó el decretó del 10 de abril del 1668 que determinaba los signos para reconocer la tumba de los mártires, los signa martirii (Bouza, 1990: 247), o signos del martirio: palmas, palomas con palmas en el pico, vasos con sangre y dentro del féretro, tenazas, plomadas y otros semejantes instrumentos de tortura, así como las inscripciones con el nombre del mártir (Boldetti, 1720: 243).


Aunque el decreto ayudó a estandarizar la identificación de tumbas de mártir en las catacumbas, la problemática surgía nuevamente si estaba ausente uno o más de estos elementos, por lo que la Sagrada Congreación concluyó que la palma y el vaso con sangre debían tomarse como indicios certeros (Boldetti, 1720: 239). El vaso de sangre, el principal atributo martirial por considerar que en él se guardaba tierra o telas embebidas en la sangre del martirio, posee numerosas denominaciones dependiendo del autor [fig. 2].

Fig. 2. Vas sanguinis. Basílica Catedral de Puebla de los Ángeles, México. S. XIX.

Antonio Bosio: ampolle di vetro, vaso di vetro co’l sague y vaso de terra co’l sague. Pauli Aringhi: vas vitreum cum sanguine, vascula vitreum cumsanguin, cruore vascula, vas sanguinis, vas sanguine, vas cruoree y vaso sacro cruore. Marco Antonio Boldetti: vaso di sangue, vas sanguine, vitra sanguinis, vas illorum sanguine tinctusy bicchieri tinti di sangue; por último Leonardo Adami: vaso tinto di sangue y vaso delsangue. Esta variedad de términos es estandarizada por la Sagrada Congregación de Ritos con el nombre vas sanguinis, leyenda que en lo sucesivo portará este elemento acompañante de los cuerpos relicario.Una vez extraídas las osamentas de catacumba, desde el siglo XVI hasta el siglo XIX,todos los países católicos se beneficiaron de la circulación de estas reliquias, aunque Italia fue el principal destinatario de este tráfico piadoso (Gélis, 2005: 94). Países como Francia, España, Suiza, Alemania, Portugal, etc. también recibieron osamentas completas extraídas de las catacumbas romanas, sin dejar atrás a los países católicos de América:Argentina, Brasil, Cuba, Chile, Guatemala, México, Perú y Uruguay entre otros.La donación de estas reliquias se efectuaba través de solicitud directa al Vaticano por iniciativa propia o por obsequio del pontífice. Dada la calidad de las osamentas como reliquias insignes, solo podían solicitarlas «príncipes y personas ilustres» (Boldetti,1720: 241).


Una vez hecha la donación y para asegurar la autenticidad de una reliquia, el Vaticano emitía un documento oficial conocido como auténtica, en ella se incluía el año y el cementerio de donde fue extraída la osamenta, Papa que ordenó la extracción, fecha de donación y en ocasiones el nombre de la persona a quien fue donada. A partir de 1672 la distribución de cuerpos relicario fue regulada por el cardenal vicario de Roma a través de la Custodia de Santas Reliquias, y la sacristía del sumo Pontífice (Carbajal, 2013: 243), por ello las auténticas debían estar firmadas por el vicario de Roma y acompañadas de las condiciones de veneración en capilla u oratorio reguladas por la Sagrada Congregación de Ritos por decreto del 11 de agosto de 1691.


Una vez que el cuerpo relicario arribaba a su lugar origen, tenía lugar una ceremonia de reconocimiento por parte del obispo con el objetivo de verificarlos datos de la auténtica y ponerlo a pública veneración.


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