La vida se asoma desde el umbral de la muerte*


Cuando vi en el escenario Mujeres en la guerra, acabé de abrir los ojos al dolor de la violencia y el conflicto. No sé escribir sobre ellos, me rebasan, no me atrevo a quedarme corta o a no tener las palabras justas para denunciarlos. Transcribo así como llegó a mis manos, el texto que generosamente me regaló Carlota para reconocer estos cuerpos, ella no solo los escribió magistralmente, también puso en su carne todo ese dolor[1].

LA VIDA SE ASOMA DESDE EL UMBRAL DE LA MUERTE

El papel del artista no está en hacer una copia fiel de la realidad; más bien está en darle forma a nuestra actitud frente a la realidad.

María Victoria Uribe

¿Qué tenemos para decir los artistas en este oscuro momento, e inmersos en una cruda realidad? ¿Cómo podemos dejar huella amorosa en la construcción del palimpsesto colombiano? ¿Cómo ayudar y ayudarnos a vislumbrar esa luz al final del túnel?


Con estas preguntas a flor de piel y de corazón, nos topamos en el 2000 con los testimonios de vida recogidos por Patricia Lara en su valioso libro, Las mujeres en la guerra, un acto de paz. Testimonios que nos dan ejemplo de valor, de esperanza, que nos dicen que en nuestra gente están las respuestas. Escogimos cuatro magníficas y valientes mujeres entre las diez que abren su corazón en el libro: Dora Margarita, la guerrillera, cuyo recuerdo más grabado en la memoria es el hambre: "Si antes de empezar a matarnos tuviéramos la oportunidad de conversar, si fuéramos capaces de ver al ser humano que hay detrás del hombre armado de enfrente, si pudiéramos comunicarnos pararíamos la guerra y rescataríamos el país". Chave, de las autodefensas: “Mi mejor amiga en la cárcel ha sido la esposa de un comandante de las FARC, es muy solidaria y tolerante. Ambas sabemos que estamos en guerra, afuera ella sería un objetivo militar, ella me ha dicho que si le tocara tendría que matarme… A mí pocas cosas me parecen malas en la vida, me parece malo matar.” Juana, madre desplazada: " Yo sólo le pido a Dios que me deje vivir hasta que mis hijas se puedan defender solitas y le pido que haya paz en el país, y que se acaben los grupos armados; ellos son los del conflicto, pelean por el poder. Pero los que pagamos el pato somos los que no tenemos que ver con eso. Los que no somos ni agua ni pescado.” Margot, inmenso corazón, esposa de almirante con tres hijos guerrilleros: “Pienso que el destino de cada ser está marcado... Lo grandioso de mi hogar, siendo Johny militar, ha sido el respeto por mis hijos... El Señor me dice que la vida no es fácil, que hay que tener coraje, que a eso vinimos."


Testimonios de mujeres que han perdido sus seres amados, su sitio en el mundo, y rebozan amor y solidaridad. A través de ellas enlazamos esa alma de mujer que a pesar del dolor sueña con unos niños creciendo en el respeto por el otro. Son pedazos de realidad que el arte no puede cambiar, pero sí ensalzar en una metáfora que nos incita a la reflexión. El poder evocador de las palabras de nuestras mujeres, fundido con los cantos de nuestras gentes y de gentes de otros lares que desde siempre han movido montañas, tejidos con el mito sobre la creación de nuestros ancestros los indígenas koguis en el que ellos sabiamente nos repiten “Al principio sólo estaba el mar que era la madre, damos vueltas y volvemos a ella”, son las herramientas de la pieza, un homenaje a la mujer, principio de vida, y una petición a Yemayá, mujer diosa de esperanza.


La experiencia de más de 300 funciones de Mujeres en la guerra y el siguiente monólogo, A dónde el camino irá que se fundieron en la versión actual de Mujeres, ha sido una revelación: nadie queda ajeno a sus palabras. La obra que sólo requiere una actriz y un espectador, está diseñada para presentarse en múltiples espacios. Hemos realizado funciones para 2.500 personas en la Universidad Central en Caracas o el León De Greiff de Bogotá, y en un patio en Quibdó para 200 mujeres desplazadas, quienes después de la función nos regalaron una hora mágica de ‘alabados’. Funciones de las cuales quedan registros vivos múltiples del fenómeno catártico que produce, no solamente en los colombianos: en Grecia y Francia el público se quedaba después de las funciones para charlar, y muchas personas nos dieron las gracias por posibilitarles llorar sus propios muertos, tal como lo ha hecho Juana, el tercer personaje, cuando deja fluir su duelo de principio a fin durante su testimonio en las funciones a las que asiste. Mujeres en la guerra es un altoparlante para la voz poderosa de seres que nos obligan a esa mirada profunda ante la cual no vale el engaño, sus testimonios trascienden al plano universal; la pieza nos comprueba que los espacios de encuentro sirven para llorar los muertos y soñar con un mundo más amoroso, para contrarrestar un país donde anida el miedo.


He vivido el miedo en las giras de Mujeres en la guerra. Al inicio de esta vivencia de diez años, yo tenía la expectativa de recoger en las múltiples giras nuevos testimonios para seguir obrando como altoparlante de la gente que no tiene voz, para testimoniar por ellos. La primera experiencia en Buga donde se albergaban miles de desplazados en el coliseo, me aterrizó: la gente no quería hablar. Los siquiatras que les ayudaban me lo dijeron clarito: es el miedo, como todavía estamos en guerra temen represalias; además, las huellas de las heridas por las infamias sufridas están abiertas. Pero no sólo está presente el miedo en la comunidad desplazada: cuando he ido a zonas en que está latente el conflicto armado, corre riesgo la gente que organiza o participa en la función, además de los artistas. En estas circunstancias, tener conciencia profunda de la valía de la ‘eticidad’ de la presencia que sirve para representar con su presencia las ausencias, es la herramienta indispensable del trabajo. Mi labor en Mujeres ha sido testimoniar, poner en presencia las ausencias, tejer memoria de país, para que la historia no se siga repitiendo. Dice César Brie, colega argentino: "El arte nos permite ver el horror sin bajar los ojos. Porque la belleza con que nos lo muestra nos ayuda a asumirlo, a conocerlo y nos da fuerzas para indignarnos, conmovernos, sacar nuestras conclusiones y decidir nuestras acciones. El arte no cambia las condiciones materiales de nuestra vida, pero toca profundamente nuestro sentir, nuestro espíritu. Por eso lo necesitamos tanto como necesitamos el pan. Porque sin arte, una nación muere de aburrimiento, de amnesia y de fealdad".


El siguiente peldaño fue mi testimonio personal: Columpio de vuelo, el encuentro con mi propio duelo, ya esbozado en Mujeres:


Mujeres en la guerra duele siempre, y me propuse hacer una obra feliz, más allá del dolor, lejos del lugar donde anida la tristeza, una reconciliación con la alegría que todos de una u otra manera hemos sentido. El punto de partida fueron imágenes de película de 8 milímetros muy deterioradas: mi padre filmó con mucho disfrute nuestra infancia; y el rebaño de pequeños vio gozoso, repetidas veces los fines de semana, devolviendo las cintas en el proyector de cine, nuestros cuerpos subir de la piscina al trampolín o correr de para atrás. Fueron esas ‘reversas’ las imágenes favoritas que, provocaron los momentos mágicos de las noches de cine en el Valle montañoso donde pasábamos los tres meses de imborrables vacaciones de verano. Años después, rescatamos lo que el paso del tiempo, el moho y los hongos dejaron: imágenes de esa alegría pura que todos vivimos de niños.


Fue el regreso al cuarto de la infancia: mi cerebro se atiborró de recuerdos, el mundo emocional se remeció con sonrisas y sollozos. Mis muertos volvieron: padres, abuelos, y mi hermano asesinado, Alberto. Las presencias alegres y juguetonas de los vivos cuando éramos pequeños se mostraron también paradojales: el mundo feliz que ya no existe, una imagen del paraíso perdido. El techo se derrumbó con más fuerza en un presente que potenció los hechos violentos del pasado: ah, las trampas de la memoria que teje sus redes sin darnos posibilidad de escape.


Desde el primer momento supe que debía hacer algo con esas imágenes. Sentí las fuerzas sinérgicas del azar que impulsan la creación, y también las de una identidad que habla a través nuestro, como si fuéramos el médium de ‘alguien’ que se quiere expresar. Supe que ellas iban a llevar las riendas de ese proyecto. Y así fue, porque la obra se fue construyendo con los aluviones de la materia que se desliza de un día a otro, y los lazos que entre esos restos se anudan. No hubo ninguna dramaturgia a priori para garantizar la pieza; sólo la incertidumbre que agarró de la mano a la certeza de tener que caminar entre las cenizas y escombros del techo que se derrumbó.


Trabajé en mi cuarto de la infancia, esa habitación que contiene el estadio anterior al lenguaje, en la que la inocencia es garante de verdad, en la que no hay escondites más que para el juego que lleva su nombre, ese lugar indefinido y verdadero que potencia nuestro ser. Escondido en un liquidámbar, apareció Alberto, mi hermano querido, el más sonriente y bromista de los niños, y su asesinato se me puso de frente, como diciéndome: ojo con la memoria, sea valiente. No hubo resquicio para eludirlo.


¿Alberto, podemos conversar en el umbral? ¿Puedo recogerte y pasar a otro estadio? Más aún, ¿puedo llegar a “reconciliarme con la muerte, a aceptar que la vida está hecha de muerte, que la muerte es la materia prima de la vida, que cada muerte es un comienzo y que huir de la muerte es huir de la vida”, como dice el Dr. Jorge Carvajal?


Con mucha frecuencia en nuestro país, la muerte se instala en nuestras familias. Hay que encararla como parte esencial de la vida, para que no nos derrote. Columpio me enseñó que no hay gozo de la vida en solitario: tocamos la vida y la muerte, vivimos entre el crepúsculo y la aurora, pasajes entre el día y la noche que nos muestran en el cielo cómo la luz es la esencia de la sombra y nos dicen en destellos que la vida está hecha de muerte, que cada día que se va es la noche que llega.


Columpio de vuelo es una urgencia interior, un crepitar de mi espíritu en busca de un espacio en el que le apuesto a buscarle a mi urgencia un puesto en el mundo del arte con una puesta en escena. Porque, en palabras del maestro del teatro contemporáneo Heiner Müller: “El teatro trata del espanto/ la alegría de la metamorfosis en la unidad de nacimiento y muerte. En ello estriba su necesidad”.


Las artes vivas nos permiten de manera especial, y por su misma esencia, procesos de aprendizaje profundos sobre el conocimiento del ser humano que son mi interés fundamental. Cuando nos conmovemos y aprendemos de los eternos ‘clásicos’; cuando vivimos con seres de otros tiempos los fenómenos de identificación, catarsis o conmoción, esa ‘necesidad’ de la que habla Müller se sacia al compartir la ‘profunda sensación de humanidad’; y la experiencia deja su rastro en ese ‘palimpsesto’ humano único e irrepetible que somos.


Por esta cualidad ‘experiencial’, las artes vivas permiten generar estructuras espacio-temporales propiciadoras, en el incierto devenir de cada ser, de los difíciles procesos de elaboración de duelos y de tejido de memoria, individual y colectiva. Abogo por ella hilando memoria, porque la memoria transforma el corazón, el ojo y el cerebro olvidan. Yo soy una afortunada: practico la profesión de ‘experienciar’. En Columpio de vuelo aconteció la posibilidad de elaborar el duelo 18 años después del asesinato de mi hermano. Y la concretó, además del ya mencionado aspecto de la alegre presencia en la infancia contrastada con la ausencia actual del hermano asesinado, la materia, que se me fue apareciendo, de frente: los zamarros, la cartuchera, el altímetro, el rejo de Alberto, los arreos de su caballo, su imagen y sus fotos. Huellas de Alberto. Rastros de su palimpsesto. Hilar memoria: A través de mi ‘testimoniar memoria’, provoco que el espectador se abra a la suya propia, incitado por la conmoción que produce el hecho escénico. El director Romeo Castellucci asevera que el actor está en el escenario totalmente expuesto, que no puede eludir la condición de víctima ni el pathos que produce en él y los asistentes la conmoción. Soy, pues, otra víctima, haciendo memoria de otra víctima, que a su vez removerá cenizas de otras que no podemos predecir. La violencia que se llevó a mi hermano y sigue acabando con tantos compatriotas convierte en una cifra o en una cosa a las personas queridas. En oposición, el arte los lleva a la dimensión metafísica de la verdad al darle presencia a su ausencia.


Creo que el tema único y primero de mis obras, es el interés de todos, el común denominador: el amor. Amor al otro, al país, al arte, a la naturaleza. Intentos de desalojo del miedo, para abrirle la puerta a su contrario, el amor, para provocar otro estadio de cosas en mí misma y en mi entorno; porque como dice Walter Benjamin: “Ser feliz significa poder percibirse a sí mismo sin temor”.


El teatro al que le apuesto tiene el potencial para propiciar el encuentro con el otro, es un acto de amor y gratitud que nos insta a rechazar la insensibilidad y a irradiar humanidad. Y en nuestra Colombia también cobra otro sentido: nadar contra la corriente en un país que olvida, borra, repite y camina en círculos de sangre. Testimoniar, poner en presencia las ausencias, tejer memoria de país, para que la historia no se siga repitiendo.


Retomo el tema del testimonio porque los colombianos somos los sobrevivientes de una guerra en curso, tal vez por ello tan difícil de asumir. Y aunque no podemos situarnos en la otra orilla, los artistas, repito, tenemos herramientas: podemos hablar. “La palabra poética se sitúa en el resto, lo que queda puede testimoniar, sobrevive a la imposibilidad de habla.”Cómo nos revuelca Giorgio Agamben en su libro “Lo que queda de Auchswitz.” sobre el exterminio judío cuando además de lo anterior, asevera: “El hombre es aquel que puede sobrevivir al hombre.”Quise en los 80’ participar en la construcción de una comunidad con justicia social, y la vida me sigue dando muestras de que la justicia humana no existe. Y como no puedo vivir sin utopía, sueño con un acuerdo único, con una comunidad que se construya sobre lo que tienen en común las singularidades y que parta de un acuerdo fundamental sobre un homo sacer, y un espacio-tiempo relacional donde no sólo la vida del hombre sino la de todos los seres sea sagrada. Tengo una profunda admiración y afinidad con las reflexiones del maestro de cine ruso Andrey Tarkovski; también mis preguntas estéticas se desprenden de una ética como lo enuncié al principio de esta reflexión. Por ello la cierro con sus palabras que al igual que las de Ma. Victoria Uribe nos hablan del punto nodal:


“Las obras maestras nacen de la lucha del artista por expresar sus ideales éticos; de hecho, sus conceptos y su sensibilidad están conformados por esos ideales: si ama la vida, tiene una necesidad avasallante de conocerla, cambiarla, de tratar de hacerla mejor; en pocas palabras, si lo que intenta es tratar de acrecentar el valor de la vida, no hay pues peligro de que su representación de la realidad haya pasado a través del filtro de sus conceptos subjetivos, sus estados de ánimo, ya que su obra será siempre un empeño espiritual que aspira a hacer más perfecto al hombre: una imagen del mundo que nos cautive por su armonía de sentimiento y pensamiento, por su dignidad y autodominio”.


Por supuesto, la meta es utópica, pero su luz guía los pasos.


Muchas gracias.

Carlota Llano

[1] Carlota Llano: Actriz, Directora y Profesora de Artes Escénicas por más de 30 años. Magíster en Interpretación Actoral en Londres. Magíster en Teatro y Artes Vivas, Universidad Nacional de Colombia. Así se presenta ella misma en su página, allí están sus obras, su vida, su lucha y sus ilusiones http://www.carlotallano.com/index2.html


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