Aprender a pertenecerle al mundo: la importancia de modificar los hábitos que nos relacionan ...


Resumen

El presente trabajo expone la importancia de aproximarse a un pensamiento relacional que vincule las concepciones de cuerpo, mente, cultura y naturaleza, ya que es la manera como se puede asumir la necesidad de cambiar los hábitos que destruyen lo que nos rodea. Se establece que habitar se sujeta a la interacción que concilia la idea del exterior y el interior delimitados por la unidad cuerpo/mente. Se considera necesario comenzar cambiando la manera como se estructura la producción y utilización de los saberes, es decir cambiar la manera de pensar el pensamiento y el conocimiento. Así se pueden establecer vínculos que promuevan relaciones de una manera responsable y fraternal con la naturaleza en un sentido de mutua pertenencia.


El panorama del territorio se torna desolador y aun así, siendo mamíferos definidos como naturaleza que construye naturaleza y que en una habitual búsqueda del lujo caracterizado como construcción de sistemas de inmunidad (Sloterdijk, 2003), nos olvidamos que la vida misma es manifestación de abundancia. Vivimos bajo una sombra que se extiende desde la bomba de Hiroshima y la creación de un arsenal nuclear para una “guerra fría” aunque esta haya “terminado”; vivimos a la sombra de la aplicación química y biológica para devastar ejércitos y poblaciones, incluida la vegetal. La producción industrial vinculada a una desbordante sociedad de consumo, también evidencia cómo esta actividad humana destruye el entorno y, al crecer esta producción, la destrucción se torna más evidente al aumentar la escala de área contaminada o erosionada. En los últimos años, dicha dinámica se ha extendido a la producción y comercialización de especies genéticamente modificadas, atentando contra la biodiversidad.


Es peligrosa la relación negligente entre poder, empresa de capital y conocimiento científico. Monsanto y otras productoras bioquímicas se encuentran vinculadas al desarrollo y producción de herbicidas con secuelas erosivas y cancerígenas, como son el “Agente Naranja” utilizado en Vietnam, o el glifosato, utilizado masivamente en las selvas de Colombia, Perú y Brasil dentro de campañas de control de cultivos ilícitos, además de utilizar una versión modificada para el control de malezas en sembrados transgénicos de soya y maíz. Son significativos eventos como el de Seveso en 1976 donde una nube química esparció TCDD, sustancia altamente letal, en la periferia de una población italiana; o el de Bophal, en 1984, donde fallecieron miles de personas tras la fuga química producida en una fábrica de insecticidas. La negligencia se refleja también en los acontecimientos de las plantas nucleares en Chernóbil, 1986, y el más reciente de Fukushima, 2011. El cuadro de la crisis ambiental actual se configura bajo siete aspectos interrelacionados: calentamiento global, degradación de suelos, sobrepoblación, enfermedades emergentes, descenso de la capacidad de regeneración de los ecosistemas, envenenamiento de la tierra, crisis energética, más la crisis financiera y alimentaria (Tamayo, 2010, págs. 15-34). Estos aspectos son los síntomas de la manera en que se construyeron los hábitos, la manera de percibir y establecer relaciones con el hábitat. Es por esto que surge la necesidad de reaprender a habitar el mundo:


Es menester romper con una importante serie de paradigmas, comprometerse verdaderamente en la comprensión de sí mismo, morir y transfigurarse como lo indica Ciorán, si se pretende contar con un futuro. Y dicha ruptura no puede sino repercutir en ámbitos muy diversos: la manera de pensar, investigar y escribir la historia, la concepción de nosotros mismos y del mundo, la manera de transmitir conocimientos, la forma del sistema de creencias, la forma de impartir justicia, la manera de alimentarnos y demás patrones de consumo, la forma de generar energía y tratar los recursos naturales, la manera de habitar e incluso la forma como establecemos comunidades (Tamayo, 2010, pág. 59).


La transfiguración implica cambiar el enfoque como se abordan las relaciones entre el hombre y su territorio. Existe un lugar fuera de las actividades del hombre, un espacio exterior a él y de esta diferenciación aparecen los conceptos de cultura y naturaleza. Estos conceptos pueden excluirse y colocarse en polos opuestos, lo que lleva a que se desarrolle una relación asimétrica, donde uno de los términos tiende a primar sobre el otro. Si la naturaleza se opone al mundo del hombre, éste se encontrará a merced de fuerzas que lo someten, y la enfermedad o la inclemencia meteorológica hacen del entorno un lugar inhóspito y de la vida una situación desafortunada. Si al contrario el hombre, gracias a su ingenio, crea un espacio artificial donde controla las fuerzas externas en su beneficio, somete la naturaleza, demostrando el poder de su voluntad que, a su vez, lo libera del azar e infortunio. Al plantear las cosas así, es fácil entender que la balanza se incline a favor de la segunda opción, apareciendo como positivos, benéficos, el poder de la razón, el orden y la regulación. El relato se puede armar de otra manera, y crear una historia donde el hombre y la tierra se encuentren estrechamente relacionados. Un ejemplo es el planteado por Félix Duque con su planteamiento de una naturaleza tecno-natural que es indisociable de la realidad del hombre. Asume una tarea deconstructiva respecto al par de conceptos, naturaleza/cultura recurriendo a una argumentación donde se producen mutuamente a través de la técnica: Duque opta por una revisión histórica de la aventura del hombre, evitando caer en la interpretación que avala el “progreso”, es decir, el poder someter totalmente la naturaleza, a la vez que evita caer en la interpretación opuesta, lo que significaría promover un regreso a lo natural. En su lugar, entreteje los procesos que agencian saberes, que son utilizados para que puedan desenvolverse las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, que a su vez consolidan los procesos de hominización; todo sobre el supuesto de que la naturaleza puede entenderse como “la sedimentación de invenciones socio técnicas que se aceptan como recursos dados inmediatamente para una comunidad, olvidando su origen” (Duque, 1986, pág. 25).


Trataré de alejarme de los ejemplos propuestos por Duque para lograr comprender lo que implica este cambio al contar la historia de las relaciones codependientes del hombre con la naturaleza mediadas por la técnica, recurriendo al trabajo de Eduardo Kac, artista contemporáneo estadounidense de origen brasileño, quien es más ubicable por una conejita llamada Alba, que en circunstancias particulares despide un resplandor verdoso, ya que fué modificada al insertarle el gen que produce una proteína fluorescente originalmente presente en medusas. Natural History of the Enigma es un proyecto desarrollado por Kac entre los años 2003 y 2008, que en 2009 fué expuesto por primera vez en el Weisman Art Museum, vinculado con la universidad de Minnesota. El trabajo central de dicho proyecto es una nueva forma de vida hibrida entre planta y animal, llamada Edunia ya que utiliza material genético de las petunias y de Eduardo: “La Edunia expresa mi ADN exclusivamente en sus venas rojas” manifiesta el artista (Kac, 2013). Las nervaduras de las flores resaltan en un tono rojo, aunque es la información que la configura genéticamente y el conocimiento de dicha información la que nos revela las diferencias con flores de las de una petunia corriente [se puede consultar la imagen adjunta]. La técnica que permite la modificación de la información genética es capaz de modificar la naturaleza al punto de propiciar la aparición de “plantimales”. Poco a poco se va sedimentando la invención sociotécnica de los productos transgénicos, apareciendo como recursos de los que vamos olvidando su origen. No me extiendo en el debate sobre los peligros que aparecen para la biodiversidad, al propiciar la aparición de especies y cómo esto puede atentar seriamente sobre la autonomía alimentaria, ni en las consideraciones éticas. Quiero hacer énfasis en cómo pueden cambiar las relaciones que se establecen con el entorno al revisarlo como fuente de información que al ser utilizada y modificada transforma la naturaleza y al hombre relacionándolo indisociablemente con ella; no como si fuéramos “X Men”, pero si en el límite de cambios donde la genética puede ser “hackeada”. Los recursos naturales se transforman en información codificada en secuencias de ADN, marcando una diferencia con respecto a otros estados tecno-naturales donde la imagen del entorno aparecía como aquel lugar de fertilidad para recolectar y cazar, o aquel lugar que funciona como una máquina y que a su vez provee recursos de energía.


Destacar la repercusión que tienen en la naturaleza nuestros saberes al ser utilizados, da la impresión de reforzar la oposición entre mente y cuerpo. Al enfrentar esta desigualdad lo que pretendo plantear es que para poder cambiar los hábitos que destruyen lo que nos rodea, es necesario comenzar cambiando la manera como se estructura la producción y utilización de los saberes, es decir cambiar la manera de pensar el pensamiento y el conocimiento. Esto incluye modificar el hábito de pensar el cuerpo como una naturaleza cuya utilidad es sostener la cabeza y buscar una “concepción del ser humano no como una entidad compuesta formada por partes separables pero complementarias, como el cuerpo, la mente y la cultura, sino más bien como un lugar singular de crecimiento creativo dentro de un campo en continuo desarrollo” (Ingold, 2000, págs. 4-5). La idea de habitar tiene múltiples bifurcaciones que se desprenden del sentido que implica pertenencia, lo que es de mi haber, de mi propiedad. Pienso que la idea de pertenencia es bidireccional, por lo que es una idea móvil, bipolar: se pertenece a lo que poseemos, nuestro espacio nos habita, siendo los hábitos resultados de esta doble pertenencia, como bien lo narra Antoine de Saint-Exupéry cuando el zorro le explica al principito que domesticar es crear vínculos (Saint-Exupéry, 1999, págs. 71-72). Aunque en este caso la referencia a la casa que conlleva doméstico, da una connotación más estable al hecho de habitar: el vínculo es el espacio donde se vive, la habitación.


En ingles es algo diferente ya que en dwelling no solo está presente la idea de “los que se quedan, los que se asientan”, sino que dwell en su sentido de inducir a error o engaño connota una visión nómada: todo ha de estar en movimiento y nada nos pertenece, el que se detiene es proclive a engañarse (Onions, 1966). El esquema estático que polariza al cuerpo como algo biofísico y a la mente vinculada a la dimensión sociocultural se disuelve al aceptar que se entretejen en una red de mutuo reconocimiento donde se piensan las relaciones que los integran. A decir de Tim Ignold, “... si las personas son organismos, entonces los principios del pensamiento relacional, lejos de estar restringidos al dominio de la sociabilidad humana, deben ser aplicables en toda la continuidad de la vida orgánica” (Ingold, 2000, pág. 4). Una concepción del pensamiento relacional se viene desarrollando y podemos esperar que Morín, Serres, Bateson, Varela, Maturana, Sousa Santos o Dussel ya no sean excepciones. Las relaciones con las flores cambian al establecer una relación fraternal con ellas, donde el vínculo de parentesco es verificable tras una prueba de ADN. Reaprender a habitar significa modificar los hábitos de pensamiento que nos separan y disocian del medio ambiente y de esta manera nuestro cuerpo tendrá la posibilidad de poseer y ser poseído.




Bibliografía

  1. Duque, F. (1986). Filosofía de la técnica de la naturaleza. Madrid: Técnos.

  2. Ingold, T. (2000). The Perception of the Environment. London: Routledge.

  3. Kac, E. (2013). Natural History of the Enigma. Recuperado el 31 de Julio de 2013, de KAC: www.ekac.org/nat.hist.enig.html

  4. Morín, E. (1994). Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa.

  5. Onions, C. T. (1966). The Oxford Dictionary of English Etymology. New York: Oxford University Press.

  6. Saint-Exupéry, A. (1999). Le Petit Prince. Paris: Gallimard.

  7. Sloterdijk, P. (2003). Esferas III. Madrid: Siruela.

  8. Tamayo, L. (2010). La locura ecocida. México: Fontamara.

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