Sexing the transman XXX: tecnologías del género y posporno

 

RESULTADO DE INVESTIGACIÓN: Proyecto de investigación: Investigación sobre lo trans, el género y la sexualidad (2008 - 2012) - Programa Universitario de Estudios de Género PUEG, Universidad Nacional Autónoma de México UNAM, México D.F., México

 

Resumen*


El posporno se configura como un conjunto de prácticas y discursos que critican las manifestaciones tradicionales de la pornografía, con todos sus legados heterosexistas y normativos, proponiendo la representación de sexualidades y cuerpos alternativos y disidentes. Se trata de un fenómeno vinculado tanto con el activismo social y político (sobre todo queer) que con ciertas prácticas artísticas contemporáneas. Las producciones posporno son variadas, incluyendo performances en vivo, videos, libros y blogs (Llopis 2010; Preciado 2002; Sprinkle 1998; Torres 2011).


Sexing the transman XXX es un documental que pretende explorar la sexualidad de un grupo de hombres trans.[1] Ideado y producido por Buck Angel, actor pornográfico y hombre trans, el documental presenta entrevistas a varios hombres trans que testimonian acerca de sus prácticas y preferencias sexuales, con especial referencia a los cambios experimentados gracias al proceso de transición de género, la asunción de hormonas y las (eventuales) cirugías. Las entrevistas están acompañadas de unas performances sexuales, en las cuales los hombre trans muestran su cuerpo desnudo, un cuerpo híbrido que cuestiona la naturalidad de la correspondencia entre sexo (genitales) y género (“ser hombre”), y que critica la idea de la penetración pasiva como característica de la feminidad (“ser mujer”). La ponencia, analizando de este documental, intenta proporcionar unas reflexiones sobre el posporno. Idealmente, Sexing the transman XXX presenta todos los elementos para poder ser considerado una obra posporno: los protagonistas, en cuanto hombres trans, cuestionan la naturalidad del binarismo sexogénero, sus cuerpos ponen en discusión la genitalidad como determinante para la definición del género, sus prácticas eróticas muestran una sexualidad no heterosexual (relaciones sexuales entre hombres trans); además se vuelven sujetos de la obra (y no solamente objetos), testimoniando sus experiencias de transición y exponiendo sus cuerpos no-normativos, su placer y su sexualidad.


¿Pero estos elementos son suficientes para hacer de Sexing the transman XXX una obra posporno? ¿Cómo es posible, por ejemplo, subvertir los códigos tradicionales de las representaciones pornográficas? ¿Cómose propone “otra estética” posporno? ¿Y hay una crítica consciente, tanto en las entrevistas como en las performances sexuales, del sistema dominante de sexo-género y de la heterosexualidad obligatoria? Estas son algunas de las preguntas que guían las reflexiones sobre el documental Sexing the transman XXX y el posporno, que aquí se presentan.[2]


Palabras clave: posporno; género; sexualidad; trans; cuerpo.


1. Del porno al posporno: dispositivos de sexualidad y resistencia


La pornografía se ha convertido, a partir de los años Ochenta, es un espacio de reflexión teórica y discusión crítica acerca de temas cruciales para el feminismo y las ciencias sociales, cuales género, cuerpo, sexualidad y deseo (Preciado 2008a; Williams 2004). En particular, en el marco de los análisis feministas se han desarrollado múltiples y polémicos debates acerca del papel de la pornografía en las sociedades contemporáneas. Dos son las posiciones prevalentes, en el marco de la segunda ola del feminismo, conocidas también como “feminist sex wars”. Por un lado, las feministas anti-pornografía, cuales Andrea Dworkin (1988, 1989) y Catharine MacKinnon (1987, 1988), entre otras, acusan la pornografía (y la sexualidad heterosexual) por ser el principal sistema de dominio y explotación heterosexista de los hombres sobre las mujeres. Por el otro lado, las feministas pro-sexo, cuales Gayle Rubin (1999) y Carole Vance (1989), entre otras, consideran la pornografía (y el trabajo sexual) una posibilidad de autonomía sexual, fuente de placer y resistencia para las mujeres.


Entre las feministas anti-pornografía, MacKinnon (1987, 1988) afirma que la dominación masculina se articula a través del control sexual de las mujeres. En dicho contexto, la pornografía se define como la representación visual de la subordinación sexual de la mujeres, deshumanizadas como objetos sexuales que disfrutan de su condición de sumisión, humilladas, lastimadas, penetradas por objetos y animales, y reducidas, a través de una operación metonímica, a sus genitales. Dworkin (1989) sostiene que la pornografía, del griego graphein, “escribir”, y pornê, “prostitutas de bajo nivel”, hace referencia literalmente a la representación de las “viles putas” (vile whores), mujeres que existen para servir sexualmente a los hombres, en un contexto de desigualdad jerárquica entre los géneros.


Entre las feministas pro-sexo, la antropóloga Rubin (1999: 166) elabora una crítica articulada del movimiento anti-pornografía, defendiendo el derecho al “placer sexual y a la justicia erótica” (sexual pleasure and erotic justice). De la misma manera, Vance (1989) evidencia como no sea suficiente para las feministas luchar contra la opresión y la vulnerabilidad de las mujeres, sino sea “necesario moverse hacia algo: hacia el placer, la acción, la autodefinición. El feminismo debe aumentar el placer de las mujeres, no solo disminuir nuestra desgracia” (Vance 1989: 48).


En tiempos más recientes, en el marco de la tercera ola del feminismo, Beatriz Preciado (2008a, 2008b) amplia el ámbito de reflexión sobre la pornografía, llegando a considerarla como parte de un régimen más amplio de producción (capitalista, global y mediátizado) de subjetividades, como un discurso ulterior (junto con la ciencia sexualis, la medicina, etc.) de poder y saber que produce la “verdad sobre el sexo”, el cuerpo y la sexualidad. Esbozando una genealogía de la pornografía en Occidente, Preciado (2008a) recuerda que el término “pornográfico” fue utilizado por primera vez en el siglo XIX, por un arqueólogo, que estudiaba las pinturas romanas en la ciudad de Pompeya (Italia), para referirse a las representaciones “obscenas” de penes en erección y cópulas. Estas imágenes fueron consideradas inadaptas para el público en general y fueron guardadas en un Museo Secreto, accesible sólo a un público selecto de hombres aristocráticos, mientras niños, mujeres y clases populares eran mantenidos afuera.


A mediados del siglo XIX, en ámbito urbano, la “pornografía” se convierte en un régimen de control de la actividad de las prostitutas, refiriéndose a un conjunto de medidas higiénicas utilizadas por fuerzas policiales y sanitarias para vigilar la actividad sexual de las mujeres en el espacio público. De acuerdo con Preciado (2008a: 45):


“la pornografía como categoría higiénica es sobre todo asunto de regulación de la sexualidad de las mujeres en el espacio público, así como de la gestión de lo servicios sexuales de las mujeres fuera de las estructuras institucionales del matrimonio y de la familia. Dentro de la retórica del higienismo, la pornografía es una técnica de vigilancia y domesticación del cuerpo político que forma parte de lo que Foucault denomina el dispositivo de la sexualidad característico de las tecnologías de poder del siglo XIX. La pornografía es el brazo público de un amplio dispositivo biopolítico de control y privatización de la sexualidad de las mujeres en la ciudad moderna”.


En el siglo XX, con el desarrollo técnico de la fotografía y del cine, empieza a aparecer un género especifico de producciones visuales denominadas stag films (películas para solteros). Se trata de cortometrajes de pocos minutos, que representan escenas de cuerpos desnudos ocupados en actos sexuales. Son producidos por hombres y están dirigidos a un público de hombres (heterosexuales), siendo proyectados en burdeles o clubs masculinos. La pornografía se entiende ahora como representación de actos sexuales finalizada a la producción de excitación, “funciona como una prótesis masturbatoria de subjetivación de carácter virtual, externo y móvil que se caracteriza, al menos en su origen y hasta los años 70, por estar reservada al uso masculino” (Preciado 2008a: 48). Se trata, siempre según Preciado (2008b), de un dispositivo finalizado al control y producción de cuerpos y sexualidades “normales”, en el marco de lo que llama el régimen “farmapornográfico”, en el cual la producción de la subjetividad sexual pasa a través de “procesos de gobierno biomolecular (fármaco-) y semiótico-técnico (-porno)” (Preciado 2008b: 32).


“Si en la sociedad disciplinar las tecnologías de subjetivación controlaban el cuerpo desde el exterior como un aparato ortoarquitectónico externo, en la sociedad farmacopornográfica, las tecnologías entran a formar parte del cuerpo, se diluyen en él, se convierten en cuerpo. Aquí la relación cuerpo-poder se vuelve tautológica: la tecnopolítica toma la forma del cuerpo, se incorpora” (Preciado 2008b: 66).


A partir de los años Noventa del siglo XX, surge un tipo nuevo de producción pornográfica, que se denomina “posporno” y que señala una ruptura epistemológica y política con estas declinaciones de la pornografía. El concepto de “post-pornografía” fue utilizado por primera vez por el artista holandés Wink van Kempen, para “describir un tipo de producción audiovisual que contenía elementos pornográficos, pero cuyo objetivo no era masturbatorio, sino político, crítico o humorístico” (Preciado 2008b: 185). El posporno se configura como un movimiento crítico, que 4 engloba las reflexiones feministas y queer sobre el control de los cuerpos y de la sexualidad tanto en el espacio público como en el privado, dando visibilidad a “otros” placeres, prácticas y deseos, y a “otros” cuerpos, desobedientes al régimen de la “matriz heterosexual”[3] (Butler 2007). “Se trata […] de inventar otras formas públicas, compartidas, colectivas y copyleft de sexualidad que superen el estrecho marco de la representación pornográfica dominante y el consumo sexual normalizado” (Preciado 2008b: 184). Con el posporno se asiste, por lo tanto, a una transformación radical en la producción porno, que introduce significativos elementos de novedad, como se comentará en la siguiente sección.


2. La ruptura epistemológica y política del posporno: producciones desde los márgenes


A partir del análisis comparado de diversos aportes teóricos sobre el posporno (Sprinkle 1998; Preciado 2002, 2008a, 2008b; Saez 2003; Despentes 2007; Ziga 2009; Llopis 2010; Torres 2011), ha sido posible identificar algunas características distintivas de este discurso, evidenciando los elementos de novedad en relación al porno tradicional. En particular, aquí se sostiene que el posporno se configura como: 1. un discurso crítico; 2. un desafío al sistema de producción de géneros normativos; 3. una práctica de empoderamiento y resistencia; 4. un espacio de inversión de la relación entre objeto y sujeto, típica del porno tradicional; 5. un lugar de experimentación y creación artística; 6. una zona de auto-producción, fuera de las reglas del mercado. Aunque estas características del posporno comprensiblemente se entrelacen en la experiencia, a nivel analítico han sido mantenidas separadas para poder explicar su carácter novedoso.


2.1 Discurso crítico


De acuerdo con Llopis (2010: 38), el posporno se constituye como “la apropiación de un género, el de la representación explícita del sexo, que ha sido monopolizado por la industria. El posporno es una reflexión crítica sobre el discurso pornográfico”. Se trata de un discurso crítico que se desarrolla en el marco de los análisis feministas y queer sobre sexualidad, cuerpo y deseo, con el objetivo de encontrar espacios de expresión y visibilidad para todos esos cuerpos (trans, bolleras, maricas, etc.) y sexualidades (S/M, fisting[4], etc.) excluidos del porno tradicional, un discurso desde los márgenes de la matriz heterosexual. Como recuerda Butler (2006: 17), retomando a Foucault,[5] la crítica se entiende justamente “como un cuestionamiento de los términos que restringen la vida con el objetivo de abrir la posibilidad de modos diferentes de vida; en otras palabras, no para celebrar la diferencia en sí misma, sino para establecer condiciones más incluyentes que cobijen y mantengan la vida que se resiste a los modelos de asimilación”.


2.2 Desafío al sistema de producción de géneros normativos


El posporno es también, como recuerda Javier Saez (2003), un “subgénero que desafía el sistema de producción de género y que desterritorializa el cuerpo sexuado”, y que se diferencia del porno entendido como “un género (cinematográfico) que produce género (masculino/femenino). “[E]s una doble deconstrucción del género: en su sentido cinematográfico y sexo-genérico” (Milano 2012: 5). De un lado, rechaza la norma narrativa y estética dominante que reduce la representación pornográfica a la triada genitales-penetración-eyaculación: la sexualidad no es limitada a las partes anatómicas tradicionalmente asociadas con la excitación y las prácticas sexuales (genitales, ano, pechos), proponiendo una erotización del sujeto entero. Del otro lado, cuestiona el binarismo sexogenérico y su supuesta “naturalidad”, presentando cuerpos y prácticas sexuales no-normativas: hombres penetrados, personas trans e intersex, lesbianas con cinturones polla, entre otros. “Las dicotomías tradicionales de masculinidad/feminidad, varón/mujer, penetrador/penetrado, activo/pasivo son asumidas en el posporno como construcciones o tecnologías; es decir como posibilidades y no como esencias” (Milano 2012: 6). Se abre, por lo tanto, un espacio de representación de sujetos y prácticas “marginales”, que no encuentran lugar en el porno tradicional, y que ponen de manifiesto la artificialidad de la correspondencia entre sexo, género y prácticas (hetero-)sexuales.


2.3 Práctica de empoderamiento y resistencia


Aceptando la invitación de Annie Spinkle (1998), destacada pionera del género pospornográfico, a producir su propio porno,[6] frente a las fallas (políticas, estéticas, narrativas, etc.) del porno tradicional, las minorías sexuales experimentan una posibilidad de empoderamiento y resistencia. Como recuerda Fuenzalida (2010:54): “el posporno es sin duda el discurso para todo aquel que haya asumido riesgos en su actitud frente al erotismo y la intimidad y busque empoderarse en ellos. Es el espacio donde todo lo que incomoda en la vida social cotidiana, se organiza en escudo y arma”. Sujetos “marginales” y “abyectos” (trans, bolleras, maricas, etc.), con una fundamental acción subversiva, se apropian del lenguaje de la pornografía, lo tuercen y re-significan para producir un “discurso sobre el sexo” (y la sexualidad), que cuestiona la visión tradicional de la pornografía, evidenciando el carácter no-natural del binarismo de géneros y deseos.[7]


“[L]o subversivo no es una cuestión de echar abajo o destruir una estructura sino de roer la validez de sus normas hasta cambiar la forma de lo que nos parecía normal. Subvertir […] significa repetir resignificando. Esta noción se acerca, así, a la idea de solicitación de Derrida (del latín solicitare o “hacer temblar” un edificio o una estructura desde adentro). La acción política subversiva trabajará en las grietas del edificio heteronormativo […] sin apelar ni a un afuera ni a un estadio anterior como fuente de su capacidad transformativa”. (Solana 2013: 163).


De tal forma, los sujetos del posporno hacen temblar el edificio de la matriz heterosexual desde adentro. Como recuerda Solana (2013: 164): “el acto subversivo tiene como fin permitir que quienes habitan el lado abyecto de la vida puedan ser considerados sujetos inteligibles en lugar de ser relegados a los márgenes ilegítimos del universo de género” (Solana 2013: 164).


2.4 Espacio de inversión de la relación entre objeto y sujeto


Uno de los mecanismos a través de los cuales el posporno resiste “desde adentro” es la práctica de la inversión de la relación entre objeto y sujeto. Como recuerda muy bien Preciado (2008b: 184), haciendo referencia a los trabajos de diferentes autores de pospornografía:


“[L]os trabajos de Shelley Mars, Fatal Video, Virginie Despentes y Coralie Trinh Thi, Del LaGrace Volcano, Bruce LaBruce, etc. […] comportan una misma inversión epistemológica: los que hasta ahora habían sido el objeto pasivo de la representación pornográfica (“mujeres”, “actores y actrices porno”, “putas”, “maricas y bolleras”, “perversos”, etc.) aparecen ahora como los sujetos de la representación, cuestionando de este modo los códigos (estéticos, políticos, narrativos, etc.) que hacían visibles sus cuerpos y prácticas sexuales, la estabilidad de las formas de hacer sexo y las relaciones de género que estas proponen”.


trata de una operación sumamente relevante por diferentes razones. En primer lugar, a través de un acto de empoderamiento los actores del posporno se hacen sujetos de las representaciones, proponiendo cuerpos (“gordos”, no-depilados, etc.) y prácticas sexuales (fisting anal y vaginal) alternativas a los modelos del porno tradicional. En segundo lugar, los participantes de las performances posporno subvierten las normas que rigen las relaciones jerárquicas típicas de las películas porno (hombres activos y mujeres pasivas), exhibiendo mujeres con pollas que penetran a hombres, hombres trans que follan entre sí con o sin dildos, personas que reciben el fisting y luego lo hacen, y cuestionando, una vez más, la naturalidad de la matriz heterosexual.


2.5 Lugar de experimentación y creación artística


Retomando la definición de Annie Sprinkle (1998), Itziar Ziga (2009: 162) describe el posporno como:


“material sexual explícito, que no es necesariamente erótico, suele ser más irónico, más político, más experimental, más espiritual, más feminista, más alternativo, más intelectual que el porno. El posporno también está hecho para excitar, pero no únicamente a los hombres, y también está hecho para pensar, experimentar, dialogar”.


En oposición al porno tradicional, que se configura como dispositivo de producción de sexualidades normativas, el posporno se articula como lugar de experimentación de maneras alternativas de hacer y representar el sexo, frente a una mirada no exclusivamente masculina y heterosexual. Destaca, además, su objetivo político de enunciar la sexualidad como una cuestión pública y política (recurriendo, por ejemplo, al utilizo de performance en vivo en espacios públicos, cuales calles, museos, universidades, etc.), erradicándola de la dimensión privada y masturbatoria que le ha reservado el sistema farmacopornográfico. Finalmente, se recuerda su conexión con el feminismo (radical pro-sexo) y su dimensión de espacio teórico e intelectual para pensar sexualidades disidentes. Como sostiene Preciado (2007):


“Este nuevo feminismo posporno, punk y transcultural nos enseña que […] el mejor antídoto contra la pornografía dominante no es la censura, sino la producción de representaciones alternativas de la sexualidad, hechas desde miradas divergentes de la mirada normativa. Así, el objetivo de estos proyectos feministas no sería tanto liberar a las mujeres o conseguir su igualdad legal como desmantelar los dispositivos políticos que producen las diferencias de clase, de raza, de género y de sexualidad haciendo así del feminismo una plataforma artística y política de invención de un futuro común”.


2.6 Zona de auto-producción


Colocándose afuera de la industria del porno, el posporno se caracteriza por ser performance y/o material audiovisual auto-producido, que responde a la lógica del “do it yourself” (hazlo tú misma) (Llopis 2010). Se trata, por lo tanto, de creaciones que se enfrentan a límites de producción (espaciales, técnicos, etc.) y de distribución, teniendo que lidiar a menudo con la censura (también en internet, como narra Diana Torres en su libro Pornoterrorismo), debido a su carácter crítico y a la “marginalidad” de los sujetos que lo incorporan.


En la siguiente sección se analizará, en clave crítica, el documental Sexing the transman XXX, tratando identificar los elementos que lo caracterizan como producción posporno y, al mismo tiempo, reflexionando sobre algunas derivas más tradicionales, que lo colocan en los márgenes entre producción pornográfica y posporno.


3. Sexing the transman XXX: ¿un ejemplo de (pos-)porno trans?


El documental Sexing the transman XXX (2011) está dirigido y producido por Buck Angel, hombre trans, activista para los derechos de las personas trans y actor porno. Buck Angel destaca por ser el primer hombre trans en aventurarse en la industria del porno, participando sobre todo a películas porno gay. Se presenta con un cuerpo musculoso y lleno de tatuajes, definiéndose “the man with a pussy” (el hombre con un coño), y representando una absoluta novedad en la producción pornográfica mainstream. El porno está acostumbrado a mostrar cuerpos de mujeres trans, que en su lenguaje son definidas como “she-male”, pero los hombres trans son (casi) totalmente ausentes. Además, Buck Angel no se ha sometido a ninguna reconstrucción genital,[8] manteniendo su vagina y utilizándola para ser penetrado, cuestionando la matriz heterosexual sobre la cual se sostiene la industria del porno. ¿Cómo interpretar la escena de un hombre trans que recibe una penetración vaginal por un hombre gay, que está haciendo una felación a otro hombre? ¿Cuáles indicadores de masculinidad y sexualidad dicen la “verdad del sexo” en una escena de este tipo? Resulta imposible contestar, manteniéndose adentro de los límites de las categorías binarias de sexo, género y deseo. El trabajo de Buck Angel puede ser leído como un acto crítico y, al mismo tiempo, de empoderamiento, ya que rechaza conformar su cuerpo al modelo de sexo-género dominante y que subvierte las normas dicotómicas de conducta sexual (activo/pasivo, homosexual/heterosexual), haciéndolo además de manera pública y en un campo tradicional como la pornografía.


De acuerdo a esta lógica crítica y de empoderamiento, Buck Angel decide reunir a diferentes hombres trans para producir un documental, que define XXX y educativo (educational), sobre sus experiencias de transición de género y sexualidad. Sexing the transman XXX se compone de entrevistas con hombres trans, cada una acompañada de una performance sexual.[9]


En las entrevistas Buck Angel pregunta a sus interlocutores acerca de la transición de género, de la asunción de testosterona y la realización de eventuales cirugías (de pechos y/o genitales), de sus prácticas y “orientación” sexual, de las eventuales transformaciones en su sexualidad con motivo de su transición de género (y utilizo de hormonas), invitándolos finalmente a enseñar su cuerpo desnudo y a emprender su performance sexual. Todos los interlocutores reconocen haber experimentado una cierta incomodidad con su cuerpo antes de empezar a tomar hormonas y someterse a cirugía de pechos, mientras ninguno expresa el deseo de transformar sus genitales, declarando sentirse conforme y satisfecho con ellos, por el placer que les procuran. Ser reconocidos socialmente como hombres, gracias a los efectos masculinizantes de las hormonas (tono de voz, 8 Su clítoris se ha alargado por el utilizo de testosterona. 9 Los hombres entrevistados son 4 (Sean, James Darling, Eddie Wood y M.J.). En la última sesión del documental se presenta una performance de Buck Angel con Fallen, otro hombre trans. 9 aumento del vello) y a las cirugías de pechos, representa un elemento de empoderamiento que les da más confianza en sí. Coinciden, además, en que la testosterona ha producido un aumento y articulación de su actividad sexual (en la masturbación y en relaciones sexuales con hombres y mujeres, tanto cisgénero[10] como trans), llevándolos a una mayor experimentación sexual con su cuerpo, incluso la penetración anal y vaginal (antes rechazada por algunos). A las entrevistas siguen las performances, que se caracterizan por una cierta repetitividad del acto masturbatorio con dildo penetrador, salvo la última sección que incluye una escena de Buck Angel con otro hombre trans.


Algunas características del documental permiten clasificarlo claramente como un ejemplo de posporno: 1. los protagonistas son hombres trans, que cuestionan la naturalidad del binarismo de sexo-género; 2. critican la genitalidad como determinante del género, exhibiendo cuerpos híbridos, sin modificar sus genitales a través de la cirugía; 3. utilizan dildos, cuestionando toda naturalidad del sexo; 4. sus prácticas eróticas expresan una sexualidad no-heterosexual (auto-penetración vaginal con dildos; relaciones entre hombres trans); 5. son sujetos empoderados, en relación a su género y sexualidad; y finalmente 6. se configura como una obra auto-producida.


En particular, dos elementos llaman la atención en cuanto actos críticos: el utilizo de testosterona combinado con el rechazo a la modificación quirúrgica de los genitales y el manejo de dildos por parte de hombre trans, no como sustituto plástico del pene penetrador, sino como instrumento de auto-penetración.


En el marco del régimen farmacopornográfico, que pretende producir sexualidades conformes a la matriz heterosexual (tanto a través de moléculas químicas como de la pornografía), la experiencia de hombres trans que utilizan hormonas para modificar sus cuerpos, manteniendo sus genitales intactos, representa una de esas grietas, que permiten producir espacios de libertad para hacer temblar el edificio desde adentro, incorporando una crítica encarnada al binarismo de sexo y género.


“[…] el cuerpo farmacopornográfico, como antes el cuerpo sexo-disciplinado de finales del siglo XIX […] no es dócil. No es un simple efecto de los sistemas farmacopornográficos de control, sino que es primero y ante todo potencia de vida, potencia gaudendi que aspira a transferirse a todo y a todos, ganas de correrse con el universo, fuerza de transformación de todo planetario tecnocultural interconectado” (Preciado 2008b: 90).


También el utilizo del dildo para auto-penetrarse resulta subversivo. Como recuerda Preciado:


“El dildo es la verdad de la heterosexualidad como parodia. La lógica del dildo prueba que los términos mismos del sistema heterosexual masculino/femenino, activo/pasivo, no son sino elementos entre otros muchos en un sistema de significación arbitrario” (Preciado 2002: 68).


El dildo no pretende ser imitación del pene; más bien se presenta como elemento prostético que amplía los confines del cuerpo y sus placeres. En vez de ser utilizado como prótesis que sustituya “un pene que debería estar allí” para reafirmar la masculinidad de los hombres trans, es reinterpretado como fuente de placer, a través de un desplazamiento de su significado.


“Relegado hasta ahora al rango de imitación secundaria, el nuevo sexo-de-plástico abre una línea de evolución de la carne alternativa a la del pene. […] Así y poco a poco, el dildo se vuelve virus que corrompe la verdad del sexo. No es fiel a la naturaleza de los órganos. Es el servo que se rebela contra el amo y proponiéndose como vía alternativa de placer vuelve irrisoria la autoridad de este. No existe utilización natural del dildo. No hay orificio que le esté naturalmente reservado. La vagina no le es más apropiada que el ano” (Preciado 2002: 66-67).


El dildo utilizado por los hombre trans para auto-penetrarse ya no representa el polo activo que “feminiza” quien lo recibe, sino que se convierte en un instrumento de placer, poniendo de manifiesto la arbitrariedad de las dicotomías activo/pasivo, homosexual/heterosexual,

masculino/femenino que rigen la matriz heterosexual. Estos elementos caracterizan la obra Sexing the transman XXX como un ejemplo de posporno. Hay todavía algunos aspectos controvertidos, tanto a nivel estético como político, que vuelven problemático el reconocimiento pleno de este documental como obra posporno: 1. falta un discurso crítico explicito, un posicionamiento reflexivo respecto al binarismo de sexo-género; 2. Asemeja más a una performance pornográfica con fines masturbatorios que a un documental realista sobre el sexo y la sexualidad de los hombres trans; 3. se utilizan estrategias narrativas y estéticas típicas del porno tradicional, cuales los primero planos del los genitales o la “eyaculación” como necesario final del acto sexual.


Es sobre todo este último aspecto, la mirada, que se configura como tradicional y produce problemas interpretativos. En el marco de la pornografía, la mirada se preocupa por representar la “verdad” de los órganos sexuales, del coito y de su “natural” cumplimiento: el orgasmo masculino, el cum shot. Y lo hace a través de close ups, primeros planos híper-realistas de los genitales, que reenvían a una mirada médica, fragmentada sobre los sexos.


“El correlato formal de la eyaculación – que funciona como el significado único del porno, su alfa y omega – es el primer plano. Un lenguaje de la proximidad, una obsesión por la visibilidad del sexo que se expresa, a nivel formal, en el plano cerrado y sus sinónimos prono, el medical shot (plano médico), una mirada genital y clínica del sexo” (Giménez Gatto 2007).


En cambio, el posporno cuestiona esta estética centrada en el coito genital para indagar otras manifestaciones (no genitales) de lo sexual, utilizando diferentes estrategias estéticas de representación, como planos generales para capturar la totalidad de los cuerpos (y no sólo los órganos sexuales), potencialmente eróticos en su totalidad. Como recuerda Javier Saez (2003) acerca de las prácticas sadomasoquistas: “se abandona lo genital como lugar esencial o principal de la sexualidad, y ésta se ve desplazada a todo el cuerpo como lugar posible de experimentación de placer”.


En Sexing the transman XXX la mirada de la cámara se detiene insistentemente sobre los genitales, escrutando las dimensiones del clítoris, los pliegues de los labios, y los orificios que se abren a la penetración del dildo, no hay trama para contar y todo acaba, con una cierta falta de creatividad, en el orgasmo cual necesaria solución de toda representación pornográfica. Quizás sea necesario ampliar la mirada del observador para entender esta deriva, tomando en cuenta que el director es un actor de la industria pornográfica mainstream y que su estética y narrativa pueden haber sido influenciadas por su experiencia en ese contexto. Pero, al mismo tiempo, esta elección (consciente o no que sea) muestra una falta (ahora sí más política) en la intención de cuestionar la mirada pornográfica y sus legados heterosexistas.



Referencias bibliográficas


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  19. Sprinkle, Annie (1998). Post-Porno Modernist: My 25 Years as Multi-media Whore. San Francisco: Cleis Press.

  20. Torres, Diana J. (2011). Pornoterrorismo. Nafarroa: Txalaparta.

  21. Vance, Carole (1989). Placer y peligro. Explorando la sexualidad femenina. Madrid: Talasa.

  22. Williams, Linda (coord.) (2004). Porn Studies. Durham: Duke University Press.

  23. Ziga, Itziar (2009). Devenir perra. Barcelona: Melusina.



[1] Por “hombre trans” se hace referencia a personas asignadas al sexo-género femenino al nacer y que se desempeñan socialmente como hombres. Por “mujer trans” se hace referencia a personas asignadas al sexo género masculino al nacer y que se desempeñan socialmente como mujeres.


[2] La ponencia ha sido desarrollada a partir de un trabajo de investigación sociológica (y con enfoque de género) sobre lo trans, el género y la sexualidad, realizado en Italia (Universidad de Torino) y México (PUEG – UNAM), en el periodo entre 2008 y 2012.


[3] Butler (2007: 292) afirma “Utilizo la expresión matriz heterosexual a lo largo de todo el texto para designar la rejilla de inteligibilidad cultural a través de la cual se naturalizan cuerpos, géneros y deseos. He partido de la idea de “contrato sexual” de Monique Wittig y, en menor grado, de la idea de “heterosexualidad obligatoria” de Adrienne Rich para describir un modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, el cual da por sentado que para que los cuerpos sean coherentes y tengas sentido debe haber un sexo estable expresado mediante un género estable (masculino expresa hombre, femenino expresa mujer) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica obligatoria de la heterosexualidad”.


[4] Penetración (anal y vaginal) con el puño (y eventualmente parte del antebrazo).


[5] En su nota entrevista ¿Qué es la crítica? Foucault (1995: 8) la define como “el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder, y al poder acerca de sus discursos de verdad; pues bien, la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva” (Foucault 1995:8). En su nota entrevista ¿Qué es la crítica? Foucault (1995: 8) la define como “el movimiento por el cual el sujeto se atribuye el derecho de interrogar a la verdad acerca de sus efectos de poder, y al poder acerca de sus discursos de verdad; pues bien, la crítica será el arte de la inservidumbre voluntaria, el de la indocilidad reflexiva” (Foucault 1995:8).


[6] “[…] Si no os gusta la pornografía que existe, cread vuestro proprio porno” (citato en Ziga 2009: 162).


[7] De acuerdo con los análisis de Foucault (1995) y Butler (2006), el poder nunca es inmune de acciones de resistencia y re-significación.


[8] Su clítoris se ha alargado por el uso de testosterona.


[9] Los hombres entrevistados son 4 (Sean, James Darling, Eddie Wood y M.J.). En la ultima sesión del documental se presenta una performance de Buck Angel con Fallen, otro hombre trans.


[10] Con “cisgénero” se hace referencia a personas cuya identidad de género corresponde a la identidad asignada al nacer mediante la inspección de los genitales. Se trata de personas que no han vivido la experiencia de transición de género. El sufijo “cis” significa “del mismo lado” (en oposición a “trans”, que implica un movimiento hacia algo).


*Texto tomado del Archivo Documental “Cuerpos, sociedades e instituciones a partir de la última década del Siglo XX en Colombia”. Mallarino, C. (2011 – 2016). Tesis doctoral. DIE / UPN-Univalle.



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