Pornografía de otro modo: retóricas, eróticas y estéticas del porno alternativo


 

RESULTADO DE INVESTIGACIÓN: Proyecto de investigación: “Pospornografía y cultura visual”- Universidad Autónoma de Querétaro, Santiago de Querétaro, México - Facultad de Bellas Artes - Coordinador del Cuerpo Académico Estudios Visuales

 

Y debemos pensar que quizás un día, en otra economía de los cuerpos y los placeres, ya no se comprenderá cómo las astucias de la sexualidad, y del poder que sostiene su dispositivo, lograron someternos a esta austera monarquía del sexo, hasta el punto de destinarnos a la tarea indefinida de forzar su secreto y arrancar a esa sombra las confesiones más verdaderas.

Michel Foucault


1. *


En las últimas tres décadas, el dispositivo pornográfico ha experimentado, gracias a la emergencia de subgéneros como el porno amateur –a principios de los ochenta-, el gonzo -a partir de los noventa- y el altporn -en los inicios de la primera década del siglo veintiuno-, una vertiginosa potenciación de su lógica confesional. Si bien fenómenos disímiles, tanto el porno amateur, el gonzo y el altporn, funcionan bajo una misma retórica de la autenticidad; cada uno, a su manera, encarna el cándido deseo de arrebatarle al sexo sus “confesiones más verdaderas”.


En el caso del porno amateur, nos enfrentamos a una estrategia de sustracción, es decir, la ausencia de edición, iluminación especial, música incidental, maquillaje, filtros, sets, excusas argumentales y, lo que es más importante, de actores profesionales, producirá una especie de grado cero de la representación pornográfica, generando una suerte de “efecto de lo real”, habitualmente asociado a la representación de sexo real, entre personas reales, en lugares reales. En este sentido, el exhibicionismo, lo casero, lo artesanal, lo anónimo y lo no comercial, serán los signos por excelencia del porno amateur. Algo así como una prefiguración del voto de castidad de Dogma 95, el porno casero insuflará algo de realismo en el panorama pornográfico de los ochenta.


Por su parte, el gonzo, desde 1989 hasta nuestros días, hará de esta fórmula un producto perfectamente comercializable, producido por profesionales de la industria pornográfica, artesanos del POV, quienes, videocámara en mano, llevarán las pretensiones realistas del porno amateur todavía más lejos, gracias a las convenciones representacionales del periodismo gonzo, ahora en clave sexualmente explícita. Pioneros como Ed Powers, John Stagliano y Seymore Butts, producirán representaciones que juegan con lo inmediato y lo inmersivo, a partir del uso y abuso de los primeros planos, las tomas sin cortes, el plano subjetivo y la narración en primera persona.


Más allá de estos aspectos formales -que hacen del gonzo una codificación pornográfica fácilmente identificable, brutalmente transparente y de una legibilidad aparentemente absoluta- valdría la pena mencionar algunos tropos que puntúan esta retórica de la autenticidad. Esta obsesión por lo real, heredada del porno amateur, ha llevado al gonzo a ampliar su repertorio e incluir prácticas sexuales no muy frecuentes o habituales en la pornografía mainstream (extreme anal, fisting, gagging, enemas, vomiting, urination). Ante las dificultades escópicas para capturar de manera verosímil el placer de las actrices, se ha optado por algo mucho más sencillo: el registro de prácticas extremas y sus efectos en el cuerpo femenino.


Pareciera que algunos directores, siguiendo los pasos del infame Max Hardcore, han tirado la toalla a la hora de intentar representar el orgasmo femenino, sustituyéndolo, metonímicamente, por una serie de intensidades que recorren los cuerpos y producen reacciones fisiológicas fácilmente registrables en video, al menos, en términos topológicos e hidráulicos: dilataciones, sofocamientos, arcadas, vómitos, lágrimas… Todo esto aderezado con cierta dosis de abuso verbal y físico, humillaciones y misoginia.


En el otro extremo del espectro, la pornografía alternativa –un fenómeno esencialmente digital, vinculado a la imagen electrónica, la Web 2.0 y las comunidades en línea- desplegará, desde hace más de una década, representaciones del cuerpo y sus placeres que intentan desmarcarse de aquellas producidas por las tendencias dominantes del dispositivo pornográfico. En este sentido, frente a la misoginia rampante de buena parte del gonzo y del porno extremo, el porno alternativo se presenta como “women-friendly” (amigable con las mujeres), alejado de las formas de explotación características de la industria y vinculado a una suerte de empoderamiento femenino, a partir de representaciones y autorrepresentaciones que apuntan a la producción de formas de subjetivación erótica y no de objetivación pornográfica.


De esta forma, un número importante de productoras de altporn pretenden, al menos discursivamente, ubicarse bajo el cobijo del feminismo pro-sexo, el porno feminista, queer y transgénero, posicionándose como la versión “más auténtica” de las formas de agenciamiento femenino al interior del multifacético universo de la pornografía digital. Lo que no deja de asombrarme es la manera en que la retórica de la autenticidad subsiste, reinventándose como una nueva porno-tecnología del yo y entrando en simbiosis con las coartadas de este nuevo subgénero, ya no bajo la lógica de lo casero (en clave amateur) o de lo extremo (en clave gonzo), sino de lo expresivo (en clave indie).


En términos de contenido representacional, los modelos corporales se alejarán de las convenciones de la pornografía mainstream, es decir, de los estereotipos californianos de belleza femenina: largas cabelleras rubias, cuerpos delgados, caucásicos, bronceados, tonificados y siliconados y, en cambio, se apostará por looks prácticamente ausentes en el espacio pornoutópico, provenientes, principalmente, de subculturas urbanas. De esta forma, el altporn desplegará un variopinto catálogo de mujeres provenientes de diversas tribus urbanas: punks, goths, emos, ravers, hipsters, hippies, geeks, nerds, etc. Por otra parte, esta reconfiguración del cuerpo pornográfico hará de ciertas modificaciones corporales (en particular, tatuajes, perforaciones y cabellos teñidos de colores) los tropos de su estética alternativa, convirtiéndolos en sus signos más pregnantes, de mayor fuerza identitaria.


Las modulaciones visuales del altporn, como subgénero pornográfico, son tan variadas como la pluralidad de subculturas de las que se apropia, cubriendo registros representacionales diversos (por ejemplo, en sus vertientes softcore y hardcore), sin embargo, un objeto paradigmático, en términos de análisis, podría ser el sitio electrónico Suicide Girls. Fundado por Selena Mooney (aka Missy Suicide) y Sean Suhl (aka Spooky) en septiembre de 2001, Suicide Girls es una de las referencias obligadas en la mayoría de las investigaciones sobre subculturas eróticas y pornografía alternativa. Si bien el sitio no es el primero, ni el más alternativo, de los sitios altporn, se ha convertido en uno de los más populares y financieramente más lucrativos, constituyéndose, luego de más de diez años de existencia, en la forma más comercial y normalizada de porno alternativo.


La idea de una “belleza redefinida” a fuerza de tatuajes y perforaciones, una “belleza alternativa”, opuesta a la artificialidad quirúrgica presente en los estándares de belleza pornográfica, parece ser el leit motiv de esta nueva encarnación de la tan manida retórica de la autenticidad, ahora, en clave de empoderamiento erótico, expresividad, personalización y fotografía softcore. En fin, me queda la duda de porqué un tatuaje es más auténtico que unos implantes de senos, pero esa es otra historia, implicaría deconstruir ciertas falacias expresivas al interior de la discursividad alternativa, reconociendo el carácter convencional y codificado de toda modificación corporal, cuestionando, de esta forma, la supuesta expresividad sin mediaciones de algunas prácticas corporales y sus representaciones (auténticas) sobre otras (inauténticas, artificiales).


2.


Los sets fotográficos del sitio electrónico Suicide Girls se ubican, estílisticamente hablando, en lo que podríamos llamar -retomando la expresión de Dian Hanson- la nueva fotografía erótica. En este sentido, sus imágenes están más cerca del erotismo que de la pornografía, o bien, más cercanas al softcore o porno suave que al hardcore. Es decir, las fotografías se enmarcan en los códigos representacionales del desnudo, iteraciones de las poses y encuadres clásicos de las formas más convencionales de representación del cuerpo femenino. En general, las modelos posan en solitario y la diégesis de las series recorre un proceso progresivo de desnudamiento, a la manera de un striptease o un espectáculo de burlesque. Por otra parte, la desnudez es casi siempre parcial y los desnudos totales evitan religiosamente los beaver shots o, dios no lo quiera, el split beaver, inscribiéndose, de esta forma, en el terreno políticamente correcto de la fotografía pin-up, sometida a un nostálgico reciclaje posmoderno.


Las alusiones a los placeres solitarios son recurrentes, sin embargo, las representaciones del auto-erotismo femenino no van más allá de los lugares cómunes a los que nos tiene acostumbrados la fotografía erótica. En el caso de series que incluyen dos o más modelos, las alusiones sáficas son casi la norma, pero se limitan a la puesta en escena de prácticas eróticas confinadas al histrionismo de las lipstick lesbians, besos, abrazos y caricias bajo la modalidad del sexo simulado. Por otra parte, las prácticas heterosexuales brillan por su ausencia, este gineceo pornoutópico no tolera, en su espacio representacional, la presencia masculina.


En este sentido, la elipsis de cualquier referencia a los números sexuales característicos de la discursividad pornográfica, paralela a un elegante tratamiento de la desnudez femenina, otorga al sitio un aura de artisticidad poco frecuente al interior de la industria del entretenimiento para adultos, convirtiéndolo en una suerte de versión hipster de la fotografía licenciosa del siglo diecinueve. Un snobismo pornográfico que, más que proponer una alternativa ante sus versiones más extremas, recicla sus victorianos orígenes fotográficos, aderezándolos con modificaciones corporales, buen gusto y buenos modales.


Parafraseando a McLuhan, el tatuaje es el masaje, el pornograma por excelencia del universo escópico del porno alternativo. Es decir, si los subgéneros del porno responden a la iteración obsesiva de una práctica sexual o parafilia en la determinación de los límites de su universo discursivo, pareciera que el altporn prescinde alegremente de lo sexual, haciendo de la modificación corporal la zona erógena por excelencia, la fuente de todo placer visual, bajo una lógica de la distinción que es, más que nada, una cuestión de piel, de ornamentación corporal.


Esta desnudez segunda -puntuada por tinta, metal y tintes de cabello- es modelada, dócilmente, a partir de la actualización de una reserva de gestos, poses y posturas provenientes de las convenciones representacionales del pin-up y de la fotografía cheesecake. El aggiornamento alternativo de estas formas fuertemente codificadas de imaginería erótica se remonta, al menos, a la fotogenia de Bettie Page durante la década de los cincuenta, así como a su renacimiento, como objeto de culto, de la mano de figuras como Dita Von Teese, desde inicios de los noventa. Esta sensibilidad retro y salvajemente citacional parece dejar poco espacio para la experimentación, produciendo, en cambio, un erotismo bastante derivativo, afectado y previsible, en la mejor tradición de la feminidad como mascarada: una sensualidad fríamente calculada a través de gestos estereotipados, poses repetidas hasta la náusea, lánguidas miradas a la cámara, formas de coquetería peligrosamente cercanas a lo cursi, en fin, pura performatividad fotográfica. Quizás ahí radique el encanto, un poco ingénuo e infantil, de las Suicide Girls.


A estas alturas, cabría preguntarse qué hay de alternativo en este universo imagístico que constituye, querámoslo o no, el objeto visual paradigmático del altporn, su figura más canónica hasta la fecha. No demasiado. No hay muchas diferencias, en términos representacionales, entre una playmate y una suicidegirl, aparte de una serie de significantes de lo alternativo inscritos en el cuerpo de la segunda. Más que una ruptura, creo que existe una línea de continuidad, parecidos de familia más que evidentes, entre las formas más amables de pornografía softcore y el porno alternativo, al menos, en sus encarnaciones más populares y estandarizadas.


Por otra parte, en el terreno de la representación sexualmente explícita y de la imagen movimiento -en películas de directores como Eon Mckai, Joanna Angel, Lew Xypher, Kimberly Kane y Rob Rotten, por ejemplo-, el altporn tampoco planteará diferencias significativas con respecto a su contraparte mainstream. Más allá del look alternativo de la mayoría de sus actrices y, en menor medida, de sus actores, algunos efectos de edición, ciertas dosis de narrativa más o menos afortunadas y algunas secuencias de enlace visualmente atractivas e interesantes, los números sexuales son tratados, en términos fílmicos, de manera bastante convencional, respondiendo a las fórmulas genéricas del canon pornográfico (frecuentes meat shots poco imaginativos, largas secuencias sin editar y los infaltables money shots, forman parte, lamentablemente, de su reducido léxico visual). Ante este panorama, un poco desolador, quizás debamos explorar otros gradientes de lo alternativo al interior del dispositivo pornográfico, cartografiar otras variables de intensidad, ya no cosméticas sino estéticas.


3.


Las propuestas cinematográficas de los pornógrafos JacktheZipper y Andrew Blake constituyen un buen punto de partida a la hora de intentar visualizar las potencialidades de una pornografía de otro modo. A pesar de sus diferencias, ambos directores comparten, además de una amistad, una misma fascinación por la experimentación formal, sus películas, pornográficas por donde se las mire, insuflan, sin embargo, una bocanada de aire fresco sobre nuestros viciados placeres escópicos, constituyendo, quizás, la prefiguración de inéditas estrategias representacionales, esbozando, tal vez, las condiciones de posibilidad para la emergencia de nuevas líneas de visibilidad al interior del dispositivo pornográfico.


Con una docena de películas, grabadas en el transcurso de diez años, el corpus videográfico del director neoyorquino JacktheZipper podría considerarse como uno de los discursos fundacionales del altporn, una referencia obligada en la genealogía de la pornografía alternativa, aún por escribirse. StuntGirl (2004), su opera prima, así como Stuntgirl 2 (2004), Squealer (2005), Blacklight Beauty (2006), Razördolls (2006), Fuck the World (2008), King Cobra (2008), Live New Girls (2008), Enter the PeepShow (2009), Xero (2010), Cannibal Queen (2011) y Killers (2013), constituyen ejemplos puntuales, casos clínicos, de una suerte de paradoja pornográfica: las formas representacionales (composición, ritmo, estilo) importan tanto como el contenido representacional (sexo explícito).


El signo pornográfico exhibe, simultáneamente y en un delicado equilibrio, tanto su materialidad significante como sus significados de rigueur. En este preciso punto, en esta visibilización de la dimensión significante de la visualidad pornográfica, radica la radicalidad de lo alternativo. O, para decirlo de una forma salvajemente semiológica, la pornografía alternativa será una práctica significante, es decir, estética, o no será.


Hagamos, entonces, un breve esbozo de algunos rasgos que configuran la fisionomía de un estilo, ciertos signos que evocan una estética particular, a través de una serie de efectos asociados a un nombre propio, o en este caso, a un seudónimo, JacktheZipper. En principio, una sofisticación y complejidad visual apabullante -considerando la ausencia de imaginación que caracteriza a buena parte de los pornógrafos-, altos valores de producción y una cuidada posproducción, bandas sonoras muy por encima de los estándares del género, montajes vertiginosos contrapunteados con largos planos secuencia, una diégesis mínima pero efectiva, interesantes secuencias de enlace y un tratamiento bastante creativo de los números sexuales, tomas en picado y contrapicado así como encuadres bastante inusuales en el registro pornográfico, efectos visuales como la cámara lenta o la aceleración, imágenes levemente distorsionadas gracias al uso de objetivos gran angulares, colores saturados, secuencias en blanco y negro, monocromías y una iluminación exquisita y variada - que abandona, por momentos, la luz blanda y explora el abanico de posibilidades de la luz dura, el contraluz, la oscuridad y el claroscuro, recursos prácticamente ausentes en la representación pornográfica-, son algunos de los signos de su estética alternativa.


En un apresurado ejercicio de pornografía comparada, no sería difícil encontrar en el trabajo de JacktheZipper ciertas resonancias del estilo punk rock del fotógrafo Bob Coulter, una de las figuras más representativas del altporn. O bien, cierta afinidad electiva con el glamour erótico de Andrew Blake, considerado por algunos críticos como “el Helmut Newton del porno”, sobretodo, a la luz de algunas de sus películas más recientes: Aria (2001), Justine (2002), Dollhouse (2003), Flirts (2005), House Pets (2008), Paid Companions (2008), Voyeur Within (2009) y Sex Dolls (2010), por nombrar algunas. Mismas que podrían leerse, también, como expresiones de esta estética alternativa, muy en sintonía con las estrategias metapornográficas, preciosistas y estetizantes, del fotógrafo Tony Ward, en particular, aquellas publicadas en sus libros Orgasm y Orgasm XL, del 2000 y del 2002, respectivamente.


Obviamente, esta suerte de enmarcado de la estética alternativa, a partir de un puñado de pornógrafos y algunas prácticas significantes que podemos asociar a ellos, no sería posible sin la puesta en marcha, en su sentido foucaultiano, de la función autor, sin los efectos de sentido propios de lo que podríamos llamar estilo. Quizás, la pornografía alternativa, tal como hoy la conocemos, no sea más que una coartada teórica que nos permitirácartografiar, en un futuro no muy lejano, el espacio visual de un nuevo subgénero pornográfico, probablemente, mucho más interesante, a pesar de su carácter subversivo y peligrosamente oximorónico: la pornografía de autor.



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*AUTOR: Universidad Autónoma de Querétaro, México - Facultad de Bellas Artes - Coordinador del Cuerpo Académico Estudios Visuales / gimenezgattofabian@gmail.com - fabiangimenezgatto.blogspot.com


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