La investidura de los cuerpos



La bibliografía filosófica contemporánea nos señala la necesidad de realizar una “historia de los cuerpos” que indague la manera en que estos se materializan a través de vestiduras e investiduras. Las voces de estos textos nos remiten a las formas en que los cuerpos son configurados en una materialidad que opera a través del poder.


El concepto de poder es en las sociedades modernas uno de los temas centrales de reflexión. Entendido en las primeras reflexiones sociológicas, por ejemplo con Weber, en términos de dominación, represión y coerción, ha sido objeto a lo largo del siglo XX de múltiples redefiniciones que han ido encontrando nuevas maneras de entender y de ejercer el poder. Así, con el tiempo la atención se ha ido centrando más y más en el poder como ejercicio de persuasión. Es bastante claro este aspecto si lo relacionamos con la ideología, la propaganda, el adoctrinamiento y conceptos más amplios como el de hegemonía de Gramsci, o el de legitimación de Habermas. El giro lingüístico y los estudios postestructuralistas de Foucault han llevado posteriormente la atención a un nivel más profundo (y también más difuso) de poder como discurso, conocimiento y verdad. Todas estas perspectivas presentan un aspecto común, que podemos decir que es la dinámica del poder sobre el deseo, incidiendo así en el aspecto de seducción y en los elementos “mentales” del poder.


Estas dinámicas están de una manera obvia en los mecanismos del mercado y el consumo, aunque también de manera cada vez más clara los encontramos en el espacio político. El poder opera entonces tanto a nivel simbólico (y por tanto discursivo), como a nivel de lo imaginario; pero también a nivel de lo inconsciente y subliminal (y por tanto no-discursivo). El poder conlleva unos rituales de seducción, de invocación e incluso de dominio o monitorización que reafirman el orden establecido a todos los niveles: político, económico, social y cultural. La subversión de esos órdenes, por la misma naturaleza del poder que estamos definiendo va a ser muy difícil; ya que al haber implicados elementos subliminales, actuando a través de la seducción y el deseo, nos enfrentamos ante pulsiones difícilmente objetivables y controlables por voluntad del sujeto.


Es en esta dinámica donde se ha situado en las dos últimas décadas la reflexión sobre el cuerpo. El cuerpo como "sitio" de confluencia de discursos de poder. Con las aportaciones constructivistas de Michel Foucault (1999) aprendemos que el cuerpo es un locus a través del cual se ejercen las relaciones de poder. Ahora bien, como la teoría feminista ha señalado de manera relevante, el cuerpo no es sólo ese sitio de formación de poderes de control y dominación, sino que también puede ser significado como sitio de resistencia y subversión.


La significación de un cuerpo se desencadena a partir de lo que se han convertido en las categorías básicas de la identidad: sexo, género, raza. Con el sexo se impone normalmente la primera división a un ser humano, y sobre ella se empieza a construir la diferencia sexual. Base inequívoca del patriarcado, esta diferencia sirve como punto de partida de construcción de la categoría de género. Las diferencias de sexo y de género inscritas en el cuerpo se convierten así en el primer pilar y a la vez en el último reducto del patriarcado. Perder el entramado de significaciones vinculadas al cuerpo categorizado primordialmente por la diferencia sexual dicotómica masculino/femenino implicará una masiva reorganización de lo simbólico que eventualmente se podrá traducir como el final del patriarcado.


Precisamente por ello los diferentes feminismos han sido pioneros en interesarse en cuestiones relacionadas en cómo los cuerpos se construyen, y cómo eso tiene mucho que ver con coordenadas que van más allá de lo material. La razón de la importancia en deconstruir esta mascarada traducida normalmente en esencialismos biologicistas reside principalmente en el hecho de que el cuerpo constituye la base sobre la que se construye la subjetividad y la identidad. Así, nuevos modelos de corporalidad supondrán nuevas subjetividades.


Cada cuerpo está construido a base de procesos de transgresión y acoplamiento. La subjetividad depende precisamente de la contestación y/o la afirmación de los límites que los discursos y normas sociales imponen. Las teorías feministas sobre el cuerpo han incidido recientemente en el potencial de constituirse como sujeto a través de la desestabilización continua de los estándares de normativización social que actúan principalmente a través del cuerpo. El concepto de "performatividad" que utiliza la teórica norteamericana Judith Butler señala precisamente la capacidad que tenemos en cada gesto y emisión de accionar nuestra propia identidad, a través sobre todo de la corporalidad que somos.1


NOTAS:


1 El término inglés performativity se puede traducir por "realizatividad", ya que atiende al significado del verbo inglés perform, que se puede traducir por "realizar". Sin embargo dentro de la literatura feminista de los últimos tres o cuatro años, y debido a la recepción y traducción de los nuevos avances en teoría feminista anglosajona, se traduce performativity por performatividad, lo cual aun siendo un neologismo es comúnmente aceptado en la actualidad.



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