In this talk, one of the most respected professors of our time - Brigitte Baptiste - speaks about the development of gender identity and her vision of biodiversity, contemplating how the notions of body and life can coexist. Publicado 28 de enero de 2013

 

'Colombia tiene que salir del clóset': Brigitte Baptiste

Esta profunda entrevista ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2016.


A la directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt le gusta jugar a ser otros. Para el Salón del Ocio y la Fantasía de 2015, una reunión de fanáticos de los videojuegos y la ciencia ficción, fue el personaje de animación japonesa Rangiku Matsumoto, con una peluca naranja que la hacía visible a varios metros de distancia, un kimono negro de batalla y un escote pronunciado. No tiene problema en posar como una dama de otra época –de pelo corto, perlas, sombrero de encaje– o como una pelirroja coqueta, con pelo de fuego.


Quienes han trabajado con ella –en la Universidad Javeriana, donde dio clases de ecología durante más de veinte años; en el Instituto Humboldt, que dirige desde el 2011 cuando fue elegida entre varios candidatos– dicen que es una voz líder en biodiversidad porque no es una ambientalista dogmática, por su capacidad para explicar las necesidades del país de manera clara. En una sociedad tan conservadora como la colombiana, aseguran, es excepcional que una figura como Brigitte –que además llegó a dirigir el instituto por concurso, sin rosca, sin capital político, por meritocracia– sea la voz de la institucionalidad.


Brigitte Baptiste es transgénero. Ella misma escogió su primer nombre –en un homenaje a Brigitte Bardot– cuando a los 35 años decidió que el cuerpo con el que había nacido no era el que quería.


“Ser transgénero es ser capaz de moverse a través del género sin quedar atrapada ni anclada en ningún estereotipo ni en un rol definitivo. Es ser capaz de explorar y construir el equilibrio entre lo femenino y lo masculino, y moverse entre las dos definiciones y hacia los lados. Es no limitarse a nada; no asumir ninguna relación obligatoria entre género, preferencia sexual e, incluso, cuerpo”, dice Brigitte con toda la paciencia del mundo, como quien ha dado la respuesta una y mil veces con la convicción de que es necesario que al que pregunte le quede claro. Como si una buena explicación se transformara en una pequeña victoria.


Desde julio de este año, Luis Guillermo Baptiste, el nombre que aparecía en todos sus documentos de identidad, desapareció. Hoy, su cédula la identifica como Brigitte, colombiana, mujer. Hace diez años se puso senos, porque son un símbolo indispensable de su feminidad, porque son una expresión pública y erótica de su identidad.


Cuando se pasea por su barrio, casi siempre con una falda corta y medias de colores, la reconocen: los niños la llaman de lejos, sus vecinos la saludan, le preguntan por la salud de su mamá y ella, con su voz profunda, pregunta por las vidas de ellos, por sus huertas, por sus estudios. Por ese mismo barrio, la Soledad, un barrio bogotanísimo como ella, que parece un campo de guerra por el eterno arreglo de varios andenes, la piropean los maestros de obra: “Mira, para ti que te gustan los camiones con el bómper grande”, le dice uno a otro. Ella solo se ríe, dice que hay que tener correa, que le encanta el ingenio siempre y cuando no haya agresión.


Es bióloga de la Universidad Javeriana, pero antes hizo algunos semestres de Arquitectura y pensó en estudiar Agronomía. “Pero uno a los 16 años no sabe nada”. Antes de eso, entre el colegio y la universidad, trató de irse a Canadá, para estar sola, para tratar de entender cómo era eso de querer ser mujer, sentirse femenina, pero haber nacido en el cuerpo de un hombre. Estuvo de malas: no consiguió becas, siempre obtenía un segundo lugar.


Luego, por fin, con una beca de la Comisión Fulbright, en 1992 se marchó a la Florida a hacer una maestría. En ese entonces no era todavía Brigitte, estaba casada con una mujer –cumpliendo con todos los roles de hombre, sí, su pareja no estaba enterada del secreto de su entonces marido– y aprovechaba los tiempos a solas para pasearse por librerías feministas y leer sobre temas de género, en busca de alguna respuesta. Ya antes había leído los informes de Masters y Johnson y el de Shere Hite sobre la sexualidad femenina.


La mujer que logró reescribirse a sí misma es, por supuesto, fanática de la ciencia ficción: William Gibson, Asimov; leía todas las antologías que publicaba la editorial Bruguera y que conseguía baratas en la calle 19. “Me liberaban. Como vivía en el clóset, quería vivir en otro mundo”. Le encanta Viaje a las estrellas, sobre todo la nueva generación, y dice que soñaba con ser la comandante Deanna Troi. Es fanática de la obra cinematográfica de los hermanos Wachowski –Lana Wachowski, que nació siendo Larry, pasó por el mismo proceso de transformación de Brigitte– y la atrapó la serie Sense 8, aunque poco tiempo le queda para ver televisión.


La literatura de fantasía no le gusta, le parece tonta y sin sentido. “Lo que leen mis hijas me saca la piedra”, y sin duda habla de las sagas de vampiros y Los juegos del hambre. Sus hijas son dos: Candelaria, de 14 años, y Juana Pasión, de 12. Dice con orgullo que uno de sus mayores legados es haberlas liberado de la religión, de haberlas dejado crecer sin dogmas. Dios le parece una idea insensata.


Vive con ellas y la madre de ambas, Adriana, con quien está en una relación desde 1998, cuando decidió que la vida era mejor vivirla como Brigitte. También viven con Galileo, un gato de veinte años, que de viejo se puso exigente y solo come jamón.


Se levanta todos los días a las cuatro de la mañana porque es la hora en la que puede pensar en silencio y escribir. Tiene una columna quincenal en el periódico La República y un blog en la página del Humboldt. Dice que su hobby ahora es trabajar, porque no para: durante la semana puede viajar hasta tres veces a diferentes rincones del país, reunirse con la Andi por horas y, si es el caso, viajar al extranjero para hablar sobre biodiversidad o problemáticas de género. Desde este año hace parte, a nombre de Latinoamérica y el Caribe, del panel de 25 expertos globales de la Plataforma de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES). También está a medio camino de un doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona; lo empezó en 2001, pero se atravesó la vida: nació su primera hija y se acabó la plata de la beca con la que se fue.


Eso sí, cuando está en Bogotá hace hasta lo imposible por llegar a eso de las siete de la noche a la casa para prepararles la comida a sus tres mujeres.


En Brigitte también se contienen las herencias francesa y catalana. Su abuela la influenció mucho por su personalidad festiva, por ser crítica del clero, por su capacidad de ver la humanidad con ironía y de burlarse de la sociedad colombiana, sobre todo de la conservadora. “Se torcía de la risa”, dice, y es claro que a ella también le causa gracia.


Su rostro es fuerte, con carácter. En su piel se ve el paso del tiempo y su sonrisa es de esas que iluminan todo el rostro. Usa las uñas largas y tiene las manos muy gruesas. Ha tenido el pelo rojo y naranja, pero en este momento, a sus 52 años, lo tiene rubio cenizo y hasta los hombros. Casi siempre usa faldas, “porque estuve 35 años usando pantalones, ¡ya no más!”. Tiene dos tatuajes que representan lo femenino: una sirena, en su brazo izquierdo, y una Venus, como la de Botticelli, en la espalda. Siempre dibujó, pero ahora no se siente capaz de ilustrar el tercer tatuaje que tiene en mente: una escena con Eva y Lilith, las mujeres primigenias, saliendo del agua.


Le gustan las mujeres andróginas y está encantada con la fotografía de Serena Williams que hizo Annie Leibovitz para el calendario de Pirelli de 2016.


En el campo le dicen don Brigitte, y a veces por teléfono también. Le está prohibido bailar porque no tiene nada de ritmo, pero le encanta ir a conciertos de metal y hacer headbanging. Sin embargo, en su casa prima la música que oyen sus hijas adolescentes.


Dice que está completamente metida en las redes sociales y hace poco añadió a su biografía de Twitter las palabras Cyborg wannabe, porque cree que la continuidad de lo humano está atada a la tecnología, y que nuestras identidades virtuales van a ser cada vez más reales y más tangibles. “Probablemente no alcance a transformarme en una identidad virtual consciente, pero que va a llegar es indudable”.


¿Cómo es esa historia de un sostén que compró en el Only?


Eso fue como a los 16 o 17 años, ya en la universidad. Me armé de valor y con toda la adrenalina entré al Only y compré un sostén. Cuando llegué a la casa dije “lo logré”, y veo que tiene dos copas derechas. ¿Yo cómo iba a reclamar? Una situación macondiana.


¿Qué hizo con el sostén?


Lo usé, por supuesto, era blanco, sencillo, totalmente normal, era la gran conquista, mi gran felicidad.


¿Cuándo dijo en público que quería ser mujer?


En la universidad, en una capacitación para ser maestros que daba una sicóloga, ella nos dijo: “Para poder enseñar uno tiene que abrir caminos, ustedes tienen que ser capaces de preguntarse cuáles han sido los caminos que han recorrido y hacia dónde quisieran ir. ¿Por qué están aquí? ¿Hacia dónde van?”. Al final dijo: “Bueno, ahora ustedes digan: si no estuviesen acá, ¿qué hubiesen querido ser?”. Y yo abrí la ronda y dije: “Yo hubiera querido ser mujer”.


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@Brigittelgb @inst_humboldt @instituto.humboldt http://www.humboldt.org.co/


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