La memoria de una mujer está en su cuerpo.

El cuerpo es el abismo, la transparencia atravesada de palabras el delirio amarillo, la mirada mirada.

De la vida a la muerte corremos como un sueño en tanto, cae la rosa.

La arboleda vigila el cielo mientras los mares bajan a costas desiertas. Nosotras estamos en este incesante navegar del cuerpo, en esta obstinación.

Desde el cuerpo soñamos el relámpago, la tierra de abajo convulsionándose las máscaras de diosas, el follaje de los párpados.

Las palomas transitan bajo la piel del mediodía y hunden sus alas en la entraña.

Sumergidas en el cuerpo atisbamos el ahogo del horizonte.

Duele en el cuerpo la cicatriz de la luz, las fieras dormidas, los frutos del fuego y de las lágrimas, las mañanas amanecidas de domingos, el rostro de quien va.

La única memoria que tenemos es el cuerpo.

El grito, el diente, el aullido otean su guarida. No hay nada fuera, ni el invisible pájaro ni la despeñada aurora.

Ceñidas por el cuerpo el tiempo se colma y se vacía.

Tenemos las hijas entre los brazos y un minuto después, la luna fría.

Abrimos los ojos, ampliamos los oídos, extendemos las manos.

Somos el cuerpo y su barullo, el baile desnudo del polvo que somos.

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