RESEÑA

Por: Marta J. Martín González*


Estudia el cuerpo como núcleo donde todo se intercambia. Nacimiento y muerte como relación social. Para nosotros, el cuerpo como entidad anatómica, como lugar donde surge la singularidad de cada individuo. Para los antiguos, el cuerpo se enfoca desde la óptica de cuerpo comunitario. El cuerpo traduce un orden simbólico en otro. El canibalismo para los primitivos es una señal de respeto, significa asumir y reabsorber en el seno de la sociedad a los muertos. Platón cree en la verdad, verdad que sólo el alma liberada del cuerpo puede alcanzar; de aquí surge la distancia máxima entre cuerpo y libertad. Todo lo positivo está en el cielo, sede de la totalidad de los valores, y lo negativo está en la tierra, donde la materia es impedimento para la adquisición de la verdad. El dios del cuerpo para el cristianismo es el diablo con cuernos. El cristianismo no hace otra cosa que recorrer el camino trazado con anterioridad por Sócrates y Platón, es la cárcel, pues nos impide llegar a la verdad. A pesar de Aristóteles, Occidente no dudará en seguir el camino trazado por Platón, cuya antropología, profundamente hostil a los valores del cuerpo, no tardará en capturar aquella otra fuente del pensamiento occidental constituida por la tradición bíblica que, en toda su historia, había sido siempre fiel a la visión unitaria del hombre, que no contempla la división entre alma y cuerpo, por el simple motivo que esta tradición no disponía de un concepto de alma como entidad autónoma y separable. La tradición judeocristiana ignora el dualismo griego entre cuerpo y alma.


Para el hombre del Antiguo Testamento, la carne es positiva o negativa según sea su fidelidad o infidelidad a la alianza con Dios. Es ésta la relación que decide el sentido de la carne. Esta ruptura de la alianza es la esencia del pecado, y desde este planteamiento la idea de pecado empieza a asociarse con la carne, no porque la carne sea mala, como se pensaba en el mundo griego, sino porque la tradición del Antiguo Testamento había hecho de la carne el símbolo de la pretensión humana de autonomía e independencia con respecto a Dios. Perdida la esperanza de la resolución pura y simple de la muerte a través de la subida inmediata al cielo. El cristianismo colocó la eternidad diferida como base de su economía política de la salvación universal mediante la acumulación de obras y de bien con balance final y equivalencias. Pero precisamente aquí es donde se interrumpe el intercambio simbólico y se empieza el proceso de acumulación, la muerte de «gran enemiga» se transforma en la gran aliada del «Viviente» (Dios) pasa más allá de la muerte y aparece como umbral del juicio. Para Cartesio, el cuerpo no se corresponde esencialmente con la existencia. Con esta afirmación, Cartesio no intentaba significar una separación entre mente y cuerpo, sino sólo la posibilidad conceptual de la separación.


También para Locke, la división entre mente y cuerpo impide cualquier salida al mundo; esta situación no cambia con Berkeley ni con Hume. En la actualidad, para nosotros, la ciencia equivale a lo real. El mundo en sí constituido por la ciencia a través de sus operaciones lógicas, sigue siendo siempre un mundo que la humanidad en un determinado momento de la historia ha construido para sí y, por lo tanto, en el para sí hay que encontrar el sentido de todos los posicionamientos teóricos, incluido el científico, que se pone, por su naturaleza, como búsqueda del en sí. La verdad del mundo de la vida está en la experiencia, que, a diferencia de la experiencia científica, es sólo una abstracción. La medicina garantiza a cada uno el llegar al final de su capital biológico. El «derecho» a una muerte natural es también un «deber».


La muerte es para la medicina un hecho absoluto a partir del cual no existe ya ni vida ni enfermedad. No es ya un símbolo, sino la disyunción entre el tiempo patológico, nombre con el que la medicina denomina a la vida, y el tiempo cadavérico donde no existe una vida amenazada por la enfermedad. La economía política nació el día en el que comenzó a acumularse el excedente de producción que los primitivos destruían en el plotác para conjurar lo que ellos consideraban que era la parte maldita, es decir, aquellos bienes que, sustraídos al intercambio simbólico, perdían su ambivalencia para acumular progresivamente valor. Del intercambio simbólico se pasó al valor de cambio.



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